El mundo es lo que los hombres hablan entre sí

x Hctor Massa[1]

- El mundo es lo que los hombres hablan entre sí, eso es lo que decías ayer y que en ello consistía la profesión de fe común a
ciertas formas de idealismo y de pragmatismo. Y añadías, claro, que enseguida nos asalta un ejército de preguntas. ¿Será posible que ese cuerpo celeste, muchas de cuyas características conozco y me sorprenden, sea el resultado de una conversación que por atinada que fuere jamás podría sorprenderme de la misma manera? ¿Nos referimos a las características del cuerpo, a él mismo, o a ambos? ¿Diríamos de este vegetal, de este modo de producción de bienes o incluso de este corpus de normas jurídicas que solo disponen de la realidad que les otorga el discurso de los hombres? ¿No hay actos y cosas de los cuales decimos que son reales justamente porque preceden a cualquier conversación o no pueden explicarse por entero en ninguna conversación humana? ¿Y no consiste el espíritu del pragmatismo en un esfuerzo por subordinar el lenguaje a la acción de acuerdo con una jerarquía evidente de eficacias?

. Sí, te lo concedo. Y aún podrías agregar no sé cuántas preguntas y reparos. No obstante hay algo tan simplificante y rectilíneo en eso de las cosas, las sociedades y los mismos hombres se hacen en acuerdos y contratos por cuya eficacia todos ellos van siendo lo que son, que me es penoso renunciar a la posible verdad de lo que sería la más humana de las verdades: el mundo es lo que los hombres hablan entre sí.

- Pero si aceptaras hasta el fin tus intenciones deberías poder afirmar que todo lo que es tiene la naturaleza de un contrato por el cual el hombre se refleja, como si fuera otro que él mismo, en eso que asumiría casi todas las obligaciones del contrato y entre las cuales está la mismísima de existir. ¡Extraños pensamientos estos donde hasta la propia condición humana depende a la vez de producir un contrato y someterse ilimitadamente a su fuerza contractual! ¿Y dirías también, por ejemplo, que las leyes del movimiento de los cuerpos derivan de esa “fuerza contractual”? ¿Qué aquí, como en todo, esas leyes son cristalizaciones momentáneas de la interminable conversación entre los hombres? Puedo aceptar para  tu aparente beneficio que solo alcanzamos a conocerlas porque hemos conversado sobre ellas. Pero las distintas especies de movimiento son absolutamente más originarias que cualquier conversación sobre el movimiento.   

. Veo que persistes en separar fenómenos o apariencias de sus comportamientos sistemáticos – comportamientos estos que solo existen como tales en cuanto registros conservados en cierto tipo de conversación. O acaso creas que hay sustancias o cosas ultradiscursivas sobre las cuales conversamos. Y ahora te pregunto: ¿qué otra cosa es el movimiento sino las leyes que describen el movimiento? Y si me respondieras que aun desconociendo esas leyes distinguimos sin esfuerzo y respecto de algún sistema de coordenadas entre el estado de movimiento y el de reposo de un cuerpo te diré simplemente que hablamos de otra cosa. “Te diré simplemente que hablamos de otra cosa” ¿no es esto una variante del precepto de que el mundo es lo que los hombres acuerdan entre sí? Porque ahora no tenemos un mundo, tenemos una discusión que una vez resuelta mostrará no solo lo que tú llamarías un acuerdo sobre algo: mostrará que vivimos en el mismo mundo y que ese mundo no es otra cosa que el acuerdo en que vivimos.

- No estoy seguro de entenderte y creo que a ti mismo se te escapan las consecuencias de lo que dices.

. Es completamente posible. Pero aún cuando admita toda la oscuridad que quieras en los detalles, digo algo que cualquiera está en condiciones de testimoniar. Digo, finalmente, que cuando los hombres hablan entre sí de acuerdo con todos los modos documentados de lo útil, lo irónico y hasta de lo trivial o lo sublime (y necesariamente deben hacerlo si en efecto se comportan de modo congruente con el documento que da fe de que son hombres), lo que hablan no consiste simplemente en un examen pacífico y acumulativo de enunciados, confirmados o no, por lo que tú llamarías quizá la “realidad”. Que la gramática de ese intercambio, de más en más indiferente a la fidelidad sensible de las representaciones intercambiadas, exige controles sintácticos crecientes – y que esa exigencia creadora de sus propios criterios de eficacia es lo que por otro nombre se llama el poder, el verdadero regente de lo que los hombres hablan entre sí.

- ¿De modo que el sitio del poder consiste en la sintaxis de nuestras conversaciones? Por ese camino podrías decir que los obedientes obedecen doblegados por la fuerza de alguna sintaxis, que los oprimidos lo están por la sintaxis, o que los seres deformados y maltratados padecen los efectos de la sintaxis. Cuando el poder es infinitamente más inmediato y concreto que cualquier gramática, para no hablar otra vez de tu sintaxis.

. Ya veo que terminarás acusándome de posmoderno o, si tal cosa existiera, de algo todavía peor. Pero en contra de tus opiniones de una cosa estoy seguro y es de que el poder, pudiendo ser inmediato en sus efectos, es la cosa más abstracta del mundo y consiste justamente en cierto enlace – en apariencia indestructible –
entre la inmediatez que él crea y su avidez de abstracción. El poder se encapulla como una larva propulsiva y violenta en el pensamiento abstracto, en las dicotomías impasibles entre el ver y la acción, en los procedimientos civilizatorios que pretenden encauzar el flujo autónomo de las imágenes, sometiéndolo a la sintaxis conceptual. El poder hace del sueño y de los sueños que no sueñan con él un pecado irredimible, la falta inexcusable contra el Espíritu Santo que él encarna ahora en la tierra después de haberlo expulsado de su lugar en el Cielo. Y finalmente y sobre todo, el poder acecha expectante a las espaciadas realizaciones del bien, porque es en las realizaciones óptimas donde encuentra – al infiltrarse en ellas – el más poderoso nutriente de su proliferación.

- ¿Debo pensar entonces que mejor sería volver al estado de pura naturaleza, abandonar cualquier propósito humano y descender a ese pozo de quietismo desde donde mirarías, desde tu pozo – telescopio, cómo todo lo que parece sustancia se transforma en relaciones eficaces actuadas por el invisible, por el poder?

. No, ciertamente. En primer lugar, porque todas esas propuestas forman parte de uno de los programas alternativos del poder. Y después, porque nadie, si es hombre y aun queriéndolo, puede desde él mismo aniquilar todos sus propósitos humanos. No hablemos ya de ese estado tuyo de primera naturaleza que más bien parece el lugar imaginario donde la conversación entre los hombres, depurada de culpa, cree merecer la inocencia que nunca tuvo.

- Hagamos que en esto lleves toda la razón. Sin embargo, lo que dices me parece mezquino y palabrero comparado con el hecho de que en casi toda relación personal y en toda sociedad conocida los poderosos oprimen a los débiles, los ricos a los pobres, los voluntariosos a los indecisos, los seductores a los seducidos y casi todos los inteligentes a los no tan inteligentes
¿Dirías que esta opresión universal es el contrato asimétrico producido por una especie de conversación entre el opresor y el oprimido?

. No es una especie de conversación: es la conversación. Esa misma cuya gramática se vuelve de más en más incomprensible para el oprimido, aunque la conversación sea para él terriblemente expresiva. Así procede la figura dinámica, flexible, pero finalmente unitaria de la dominación, a saber, creando para los oprimidos una naturaleza incomprensible o inaveriguable – a la vez que englobante – y para los opresores, el arte que dirige en secreto esa naturaleza. Los oprimidos viven en suspenso y finalmente triturados por tal naturaleza; los opresores saben a veces que ella es la objetivación del arte de oprimir. La materia o el contenido que te complaces en llamar la realidad es el significado disponible del cual echa mano y se adueña del poder.

- En contrapunto con lo que piensas, yo podría decir que el contenido indisponible – como significado o como cualquier otra cosa disponible – es justamente la realidad en serio. Que la realidad es el medio donde podemos hacer algunas cosas porque no podemos hacer otras en absoluto. Y si pudiéramos hacer estas últimas, no podríamos hacer las primeras y si pudiéramos hacer ambas, ya no habría realidad.

. ¿Y en qué mejoraría la situación de los oprimidos y explotados esa realidad tuya? ¿No ves acaso que el hombre vive siempre en relación con lo disponible y como un disponible entre otros? Que esa disponibilidad deba tener límites es parte de la autonomía y salvaguarda del poder en componendas incesantes con lo ineluctable. Porque finalmente, sí, y nadie los conoce mejor que el poder, aunque esconda ese conocimiento a los oprimidos e incluso a los opresores. En cuanto a ti, desconfía de los que dicen que el poder es un medio, porque siempre y en todos los casos él es el fin de sí mismo, esa alianza complaciente entre un desasosiego que inventa límites allí donde podría no haberlos y un sueño que quisiera derogar los límites ineluctables, los del tiempo, el espacio, la muerte.

- Si el poder es la alianza que dices entre una realidad y un sueño, entonces él mismo reconoce límites a su eficacia. Y bastará con negarnos a los sueños que él sueña para que comience a desordenarse. Y como el desorden del poder fisura el orden conceptual y desconecta las cosas inmediatas de los signos que pretendían representarlas, esa desconexión – digo – permitirá el libre aflujo de las imágenes ahora sepultadas debajo de los monumentos de la abstracción. Y no me importa que ese ingrediente sea “desordenado”, porque el que así lo califica no es otra cosa que el poder.

. Y ahora llega mi vez de preguntarte si con esas metáforas piensas dar de comer a los hambrientos, curar a los curables, o liberarnos de esas y otras desgracias que el poder nos inflige. Porque cuando él sueña, no por ello pierde realidad eficaz y aún pudiera ser que la acrecentara. Y después, porque esa conexión entre signos y cosas – ciertamente la operación por excelencia del poder – no es desconectable sino a título individual y allí coincide en parte con el famoso “desorden de los sentidos”. Desde el punto de vista del poder, la función principal de los signos no es representar sino más bien rehacer la fidelidad de la representación a las cosas significadas. Y si algo representan es la voluntad de terminar con la representación y sobre todo con la autonomía expresiva de la representación. Pensar sobre el poder en términos demasiado metafóricos es un error en el cual yo también incurro y al cual él mismo nos induce, siendo que por su índole es esencialmente metonímico. Más en general, te digo que el exceso de metáforas me disgusta porque culmina adormeciendo fácilmente la justa ira del pensamiento.

- Permíteme introducir una variante en tus consideraciones y acaso también en tu disgusto. No hablé de símbolos, sino de una liberación de las imágenes ahora desactivadas por la omnipotencia conceptual del poder. Un símbolo – es decir el componente de un mito posible – es también una explicación, una fuerza persuasiva semejante a la de un argumento y que solo puede existir en cierta cultura, primitiva o no, pero ya fuertemente articulada por el trabajo de la dominación.  Cuando hablo de imágenes, en cambio, me refiero a representaciones no asociadas necesariamente a un código cultural que las descifre, a “grumos de vida” (como dice Andrey Tarkovsky) que, no estando gobernados por ningún concepto ya capturado por el poder, parecen comportamientos en la existencia de conceptos irrealizados o irrealizables por los sistemas del poder. Todos los seres sensibles producen y reciben esa clase de comportamientos y, aunque hay grumos de vida que son horribles o nos lo parecen, ese horror es en todo caso una parte natural de la existencia y no el horror sobrenatural del poder. Y bien, los comportamientos desdeñados por el poder son los únicos que podrían hacernos ver el mundo como el trasfondo ultracontractual de todo acuerdo donde el mundo aparezca ordenado y construido como si fuera un contrato. La dominación posee la noción del bien, pero no puede producir actos buenos, posee la noción de justicia, pero no es justa, la de la belleza (o algo así) y puede entonces producir arte, aunque carece de la ingenuidad necesaria para crear obras perfectamente bellas. Pero por sobre todo esto el poder tiene la noción de sí mismo y no puede dejar de realizarla: he aquí su verdadero límite, he aquí la interfaz peculiar donde el poder queda apresado en el instante en el cual se vuelve irreconciliable hasta consigo mismo y se desdobla entonces como poder del poder.

. Bueno, bueno, ya veo que terminarás pidiendo que volvamos a los pequeños municipios, a la más indispensable microeconomía y a la vida poética ¿Y qué hará con los pobres y explotados tu exhortación a volvernos a la Edad de Oro? Sin embargo, algo de lo que dices, característicamente ineficaz como ocurre con casi todas las buenas intenciones, me parece que tiene cierta dignidad. En cuanto a mí, solo dispongo de un fármaco débil contra el poder y además errático en sus efectos. Es cierto que la dominación acrecienta su potencia en las sociedades globales o demasiado globalizadas. Pero siempre habrá hombres que en el vilo de no sé cuál sobresalto dediquen toda su energía no a la justicia genérica, por ejemplo, sino a aliviar el dolor de seres sensibles y cuyo sufrimiento los vuelve concretos a más no poder. Reconozco que esto de los seres sensibles me condena a incontables perplejidades porque no sé si estaría obligado a gastar tiempo en aliviar los dolores de las cucarachas y las moscas, por no hablar del virus Ebola, que a lo mejor también es sensible. Ya ves que apenas intentas hacer algo que te parece bueno viene el poder revestido de sensatez y te chista para que te detengas. Por el momento permitiremos a esos hombres que se ocupen de los animales humanos y de algunos otros próximos a los humanos.

- ¿Quién te obliga y quiénes son los que permiten?

. Te dije que solo disponía de un fármaco vacilante. Habrás oído además que el sueño de la razón engendra monstruos. Y es verdad, pero muchas veces su vigilia también. Cuidémonos entonces de ambos y ¡adiós!

 

[1] El profesor Héctor Massa (1927-1999) ocupó la cátedra de Filosofía Teórica y dirigió diversos seminarios en la vieja Facultad de Humanidades y Ciencias de la Universidad de la República. Este diálogo filosófico fue publicado por primera vez en librevista Nº 17, primavera-verano de 1997, en la colección Ensayoteca.
Me propongo presentar en esta nota al pie algo (salteable por completo) que tal vez sea una ayuda para la lectura de este diálogo. Con mi interpretación incluída, sin remedio. 1. El interlocutor (·) sostiene la postura de que la(s) visión(es) y estado del mundo en un momento determinado, son el resultado de una conversación que mantienen los humanos. Literalmente, dice que “el mundo” es el resultado de conversaciones y puestas de acuerdo que terminan en contratos. 2. El interlocutor (-) responde con un ejemplo, afirmando que el movimiento (o la realidad) es más original que las leyes del movimiento que puedan acordar los hombres, aunque tiene dudas acerca de si entiende bien. 3. (·) introduce al poder, dice que lo que hablan los hombres no es simplemente buscar confirmación o no de la “realidad”, sino que el poder tiene exigencias, controla la sintaxis de la conversación, es el “regente” de lo que los hombres hablan entre sí. El poder “es la cosa más abstracta del mundo”, se “encapulla” en el pensamiento abstracto sometiéndolo al concepto, en “dicotomías entre el ver y la acción” y se infiltra en las “realizaciones óptimas” para proliferarse. 4. (-) habla de los opresores y oprimidos y se pregunta si la opresión es el resultado de una conversación. 5. (·) insiste que sí, y le dice que la “materia o el contenido que te complaces en llamar la realidad” es “el significado disponible” de lo que “se adueña el poder”. 6. Acercándose, (-) habla de “la realidad en serio indisponible” y (·) responde que “el hombre vive siempre en relación con lo disponible y él mismo como disponible”, y que esa disponibilidad está recortada por el poder, que esconde ese conocimiento a los oprimidos e incluso a los opresores. 7. (-) propone negarse a soñar los sueños del poder y desordenarlo fisurando el orden conceptual que éste prefiere y (·) le dice que esas metáforas no lastiman al poder, y agrega que esa “conexión entre signos y cosas” es la operación por excelencia del poder, a quien le interesa “rehacer la fidelidad de la representación a las cosas significadas”, “terminando con la autonomía expresiva de la representación”. 8. (-) insiste en realizar “comportamientos desdeñados por el poder”, que serían “los únicos que podrían hacernos ver al mundo como el trasfondo ultracontractual de todo acuerdo”, recibiendo la respuesta de que ello supone proponer un retorno  a la Edad de Oro de los pequeños municipios, reconociéndole buena intención y dignidad al planteo, aunque ineficaz. 9. Admitiendo que dispone solo de “un fármaco débil y  errático contra el poder”, (·) piensa que siempre habrá hombres que dediquen concretamente sus vidas a aliviar el dolor de seres sensibles, y no a la “justicia genérica”. Luego, cerrando el diálogo y ante una última pregunta, comenta que “el sueño de la razón engendra monstruos.. y muchas veces su vigilia también”. (Nota del Editor)

 

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