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nº 68, febrero 2026
Ver Primera parte: Perspectivas democratizadoras
x Rodrigo Arocena

Imagen del autor, fuente: Wikipedia
Las derechas extremas avanzan en América y Europa mientras, a escala del mundo, el imperio contraataca. Trump representa y encabeza la confluencia de ambos procesos. Están en cuestión avances parciales pero sustanciales en materia de libertades, derechos y justicia social que, sin desmedro de frecuentes retrocesos, representan el fruto de un siglo largo de luchas progresistas. En nuestra región y más allá, se alza el espectro de una contrarrevolución antidemocrática. En un texto anterior se discutió sumariamente la posibilidad de enfrentarla defendiendo y profundizando la democracia. Aquí, de manera autocontenida, se discute la posible contribución de las izquierdas a esa resistencia democratizadora, a partir de su reformulación ideológica y propositiva.
Disparidades de poder
Un factor relevante del acontecer contemporáneo es el notable incremento en las disparidades de poder. El poder de un cierto grupo es la medida en que logra satisfacer sus aspiraciones mediante el control del entorno natural y social. Se basa en las capacidades para coordinar actividades humanas y para manejar técnicas. Así, la organización, la tecnología y las interacciones entre una y otra son fuentes fundamentales del poder.
La interacción entre organización capitalista de la producción y tecnología manufacturera basada en la maquinaria dio lugar al capitalismo industrial, que fue durante los siglos XIX y XX la principal configuración de poder a escala mundial. Ella generó niveles sin precedentes de producción material y prosperidad, de potencial militar destructor, de concentración del poder global en una pequeña región del planeta, y de deterioro ecológico. La población se incrementó rápidamente; más personas vivieron vidas en promedio más largas. Hacia el final del período indicado, las actividades humanas estaban afectando significativamente a la biósfera. El mayor problema que hoy tiene la Humanidad, la insostenibilidad ambiental, se había tornado evidente.
Desde hace aproximadamente medio siglo, el capitalismo industrial en los países tecnológicamente más poderosos se ha venido convirtiendo en capitalismo sustentado en la ciencia y la tecnología de punta. Hoy, las economías más dinámicas se basan en el conocimiento y son motorizadas por la innovación. Esa transformación ha dado lugar a una notable expansión y diversificación de la producción y el consumo de bienes y servicios, de las capacidades militares destructivas, y también de la problemática ambiental y climática.
El tránsito de las sociedades capitalistas industriales a las sociedades capitalistas basadas en el conocimiento –que está en curso en algunas regiones del planeta, pero no en la mayoría –ha sido causa mayor de una notable reconfiguración del poder. La producción en general pasó a depender menos de las materias primas y del trabajo no calificado, y más de la capacidad empresarial para impulsar innovación tecnológica y organizacional. La industria manufacturera tradicional perdió posiciones; el número de sus trabajadores tendió a disminuir y sus sindicatos se debilitaron ante el empresariado. Los países que habían construido una base industrial sin mayor capacidad de innovación se vieron afectados, como lo mostró la decadencia acelerada del socialismo de Estado. Las personas sin formación terciaria sufrieron a menudo difíciles condiciones laborales. El debilitamiento del Trabajo frente al Capital ligado al Conocimiento constituyó un factor central del avance del neoliberalismo, del retroceso del Estado, y también de las ideas y las políticas de tipo socialdemócrata. Los partidos políticos de base trabajadora vieron cómo esta se achicaba y se encontraron con crecientes dificultades objetivas para respaldar al Estado de Bienestar. La distribución de los beneficios del crecimiento económico se fue haciendo más desigual. Durante la revolución de las TIC, las interacciones entre tecnología y organización gestaron una acelerada expansión de la producción material, de la insostenibilidad ambiental y de la desigualdad social.
El mundo del Trabajo se ha fragmentado; sectores más o menos ligados a él respaldan a las derechas extremas que están tomando posesión del Estado, atizando al autoritarismo y configurando una alianza de las cúpulas técnico-económicas y políticas que pone a su servicio el redoblado auge del poder del Conocimiento.
Dado el avance de las vías autoritarias para manejar la sociedad capitalista del conocimiento, y en medio de la conflictividad al alza, parece difícil que se registre un avance general de la calidad de vida material y espiritual como el que, por ejemplo, se asocia a la idea de desarrollo inclusivo y sostenible. Pero, ante las tendencias dominantes, habrá seguramente resistencias, tal vez se constituyan algunas zonas de cierta autonomía, y no es a priori imposible que se vayan gestando intersticialmente transformaciones deseables más o menos nuevas.
En la configuración del poder recién esbozada es que corresponde plantear la cuestión de las perspectivas de las izquierdas.
Sobre el protagonismo de los postergados
La pirámide del poder se ha estirado. El cambio tecnológico, que la IA encabeza, beneficia sobre todo a las cúpulas de ciertas grandes organizaciones verticalmente conducidas, algunos Estados y un puñado de empresas. El vértice de la pirámide ha subido mucho. La democracia retrocede. ¿Qué querrán y qué podrán hacer los sectores más o menos desfavorecidos? El protagonismo de los postergados, siempre limitado y a menudo muy escaso, es problema históricamente recurrente. Sus períodos de auge han dado lugar a avances sociales significativos y a la mayor incidencia política de las izquierdas. Sus posibilidades parecen muy reducidas en las configuraciones de poder que se van afirmando a partir de las interacciones contemporáneas entre Conocimiento, Capital y Estado.
La cuestión desborda a las izquierdas y concierne a todas las posturas progresistas que de alguna manera se asocien al Desarrollo como Libertad, en el sentido de Amartya Sen. Se caracteriza por considerar a la gente no como pacientes sino como agentes. Si las configuraciones dominantes de poder limitan a muy poca gente las posibilidades de ser agentes, entonces sólo minorías dispondrán de libertades y capacidades para vivir vidas que consideren valiosas.
En la sociedad capitalista del conocimiento, la posición de clase se define más que nunca por la propiedad y por la formación. Esa sociedad tiende a fomentar el deterioro ambiental y climático Impulsa una gran expansión de la prosperidad material y su muy desigual distribución, la multiplicación de formas de entretenimiento, y la afirmación de la vigilancia y el control desde los vértices del Capital y el Estado.
En los territorios donde el control sea menos rígido, seguirá habiendo movilizaciones de protesta. El quid de la cuestión es si ese protagonismo “reactivo”, de cuestionamiento al orden existente, puede convertirse en protagonismo “proactivo”, capaz de al menos iniciar la construcción de un orden diferente. Cuando no es así, como en la dramática historia de Chile a partir de la insurrección de fines de 2019, decepción y reacción entreveradas pueden ser el legado.
Democratización del conocimiento y agencias populares
En una era de inmenso poder basado en el conocimiento, sin su democratización el protagonismo de los postergados puede ser importante en lo reactivo y lo reivindicativo, pero difícilmente logre cambios deseables grandes, interconectados y duraderos.
Los actores populares transformadores tendrán que estar organizados. Tal vez puedan surgir en el mundo del Trabajo, amparados por la tradición sindical e insertos en instituciones significativas. Thomas Piketty insiste en la importancia de la cogestión de los trabajadores en regiones germanas y escandinavas. ¿Se podrá en semejante contexto impulsar procesos de calificación de alto nivel que respalden a la vez la mejora de la producción y el alza de la incidencia de los trabajadores?
En las empresas públicas uruguayas, no sería imposible que grupos de funcionarios se organizaran para impulsar progresos que tengan que ver tanto con la gestión como con la calificación. Una conducción progresista y con visión de largo plazo de dichas empresas apuntaría a que fueran, además, laboratorios y aulas. Si algo así emerge, no sería desatendido por la sociedad y podría llegar a ser removedor.
En casi todas partes la enseñanza está en discusión, sobre todo a nivel de la educación media. La irrupción de la IA multiplica interrogantes. Las maneras de interesar al estudiantado, las orientaciones y las prioridades de la enseñanza, el papel y las modalidades de la evaluación figuran entre los puntos centrales de las polémicas en curso. Las opciones tendrán que forjarse en la diversidad y la experimentación de alternativas. La conducción de los sistemas de educación pública podría abrir espacios para que colectivos docentes ensayen posibilidades variadas en distintos lugares, deseablemente en colaboración con las familias del estudiantado y con el entramado social en el que se inserta cada establecimiento. Aquí, como en toda la cuestión de la democratización del conocimiento, el aprendizaje permanente es clave insoslayable.
El ambientalismo vive una instancia difícil, pues sus preocupaciones se justifican más que nunca pero su respaldo social tiende a debilitarse mientras se radicaliza el cuestionamiento que reciben desde las derechas. Quizás surjan nuevas respuestas a estos desafíos, que incluyan alianzas más estrechas con los mundos del conocimiento, apuntando a prácticas productivas sostenibles financiera y ecológicamente.
Las formas en que grupos organizados, como las asociaciones de familiares de pacientes de ciertas enfermedades, inciden en la investigación y las políticas de salud, son muchas y relevantes. En este terreno, varios actores populares pueden cobrar mayor incidencia, especialmente si se afirma la prioridad de la atención primaria de salud.
Los ejemplos pueden multiplicarse. Sugieren que, sin ignorar al escenario dominante de agudas asimetrías tecnológicas y organizacionales, hay posibilidades no sólo de impulsar resistencias sino también de construir espacios de cierta autonomía y de impulsar algunas transformaciones significativas. Ello tiene que ver tanto con cultivar libertades para vivir ─aquí y ahora─ vidas valiosas como con construir capacidades para abrir nuevas sendas, que vayan más allá de repetir lo ya intentado y ayuden a no resignarse a la ausencia de alternativas.
Acerca de los móviles y los principios
¿Podrá la agencia proactiva de sectores postergados ir más allá de las anécdotas? Hay que tener en cuenta no sólo las dinámicas de poder sino también los móviles que impulsan a los seres humanos. Dentro de su complejidad cambiante, se les puede sintetizar aludiendo a los intereses y las pasiones. Se trata de los intereses materiales, en particular individuales. Las pasiones tienen que ver con los sentimientos y las aspiraciones sociales, en especial de reconocimiento.
El neoliberalismo considera que las personas persiguen ante todo su bienestar material individual de manera calculada.
El marxismo considera que son los intereses materiales propios de cada clase social los principales determinantes de lo que la gente hace. Son móviles que pueden tener mucha incidencia en lo que hacen los sectores postergados; propician sus protagonismos de carácter reactivo y reivindicativo; pero no aseguran la continuidad e intensidad de los esfuerzos vinculados. ¿En qué medida estimulan acciones transformadoras?
Fomentarlas requiere un mínimo enfoque normativo. Se puede tomar como punto de partida la “regla de oro” que dice: “trata a los otros como quieres que te traten a ti”. Apunta a la ética de la reciprocidad. Conduce a reivindicar igual libertad para toda la gente. Abre caminos a la solidaridad. Esos valores fueron proclamados por la izquierda que nacía, durante la Revolución Francesa, con su triple consigna definitoria: libertad, igualdad, fraternidad. Fue recogida por la Declaración Internacional de Derechos Humanos que afirma los derechos a la libertad y la igualdad junto con el deber de la fraternidad.
¿En qué medida un enfoque semejante es compatible con la búsqueda de la felicidad tal cual la gente quiere? Ella se centra a menudo en competencias entre individuos, por intereses materiales, reconocimientos, influencias. Las posibilidades de las izquierdas tendrán pues no poco que ver con las de diversificar o ampliar las fuentes de la felicidad. La Declaración de Independencia de Estados Unidos estableció en 1776 el derecho a la búsqueda de la felicidad. Ha sido entendido por lo general en clave individual, lo cual es válido pero insuficiente, incluso para mejorar la calidad de vida de cada persona. Un mundo donde cada uno persiga por su cuenta la propia felicidad se parece bastante al mundo de hoy, que asegura la infelicidad de muchos. Tiene pues notoria relevancia práctica la cuestión de si los esfuerzos en pro de las transformaciones, viables y deseables, pueden ser fuente de felicidad colectiva.
Mucha gente se involucra en el accionar de izquierdas atraída por una cierta calidad espiritual de la vida militante y buscando cultivarla; las realidades de las luchas en torno al poder, grandes o más a menudo muy pequeñas, desengañan a unos cuantos y los llevan a apartarse o a adaptarse a comportamientos que inicialmente cuestionaban. De una manera u otra, el fin llega a justificar los medios; pero a poco andar el control sobre los medios pasa a ser la cuestión central, sobre todo cuando los fines se van desvaneciendo en la irrealidad. Así, cuando personas postergadas se acercan al poder, generalmente lo hacen en el curso del ascenso social individual. Ante el empuje de las extremas derechas, a las izquierdas se les hará muy cuesta arriba recobrar vigencia sin proyectos renovados, pero también si militar en ellas no ofrece reales posibilidades de vivir vidas que se sientan valiosas.
Para la política de la reforma permanente
En marcos relativamente democráticos, la política es ante todo competencia institucionalizada entre grupos por (fragmentos de) el poder del Estado, empezando por el acceso a cargos y la influencia en la asignación de recursos. Se supone que, si el desempeño de los cargos es adecuado y beneficioso el uso de los dineros públicos, los grupos involucrados serán respaldados en las elecciones.
Las transformaciones importantes, deseables y viables, difícilmente surgen de “la revolución” o de la competencia rutinaria entre grupos sino más bien de las militancias en pro de “la reforma permanente”, en tanto esfuerzos extraordinarios por impulsar, corregir y retomar una y otra vez cambios de envergadura. Sus posibilidades son variables y casi nunca demasiadas, aunque pueden crecer rápidamente en las etapas de cierta activación colectiva.
Impulsadas por movilizaciones de resistencia y reivindicación, las izquierdas suelen llegar al gobierno. Si se mantienen en marcos electorales y representativos, su accionar suele centrarse en la redistribución. En ciertos contextos donde confluyen izquierdas reivindicativas e izquierdas gobernantes, pueden ampliarse los espacios para reformas que incluyan modalidades proactivas y cooperativas de la agencia colectiva. Ello dependerá crucialmente de la expansión democratizadora de las capacidades para afrontar con orientación solidaria los grandes nudos problemáticos. Hará falta más imaginación y militancia. También se precisará eficacia para ir desempeorando situaciones negativas y, más aún, eficiencia, para hacerlo con un uso cuidadoso y frugal de los recursos disponibles. Se trata de conjugar pasión y razón. En suma, el “reformismo permanente” ha de tener como brújula la solidaridad eficiente.
Expandir las capacidades es clave para que la solidaridad pueda ser eficiente. Pero ello plantea un problema nada menor para las concepciones igualitarias, pues las personas tienen diferentes capacidades, por motivos que incluyen la dotación genética, el contexto socio cultural o el azar. La meritocracia tiende a atribuir mayores beneficios a las personas con mayores capacidades, lo cual no parece justo, puede ampliar las desigualdades y –como está a la vista– generar rechazos a la educación superior y a la ciencia. Por otra parte, una sociedad que quiera promover formas de vida valiosas debe reconocer a quienes se esfuerzan por contribuir al progreso colectivo. Así, en lo que hace a la distribución social de beneficios y deberes, parece razonable reformular con modesto realismo una tesis básica del pensamiento socialista: de cada cual, según sus capacidades; a cada cual, según sus esfuerzos por contribuir al bienestar colectivo, sus necesidades fundamentales y las posibilidades de la sociedad.
Explorando alternativas
En el Antropoceno hace falta producir y consumir de otra manera. Ello exige grandes cambios en el poder técnico-económico, político e ideológico. Para “desempeorar”, es imprescindible conjugar la defensa de los niveles existentes de derechos y libertades –en general, muy insuficientes– con propuestas renovadas, que atiendan ante todo a los problemas de los sectores más postergados y sugieran pautas alternativas a las dominantes.
La preocupación por proteger la democracia quizás inspire acciones renovadas para profundizarla y darle mayor sustancia. En tal dirección, varias metas han sido ampliamente discutidas. Por ejemplo: limitar el papel del dinero en la política; regular los medios y redes de comunicación; fomentar la transparencia de la gestión pública, en particular de las formas de acceder a cargos estatales; afirmar el respeto del Poder Ejecutivo a los Derechos Humanos y la independencia del Poder Judicial, etc. Las movilizaciones con propósitos semejantes podrían incluso ampliar espacios y modalidades de participación ciudadana.
Tal vez no se vuelvan a cometer los errores mayúsculos de contraponer democracia representativa y (formas de la) democracia directa, sino todo lo contrario. Es un hecho que mucha gente no se interesa por la política; hace falta insistir en que la democracia como conjunto de derechos no se sostiene si la ciudadanía no asume ciertos deberes, incluyendo el de votar. Para impulsar este último, hace falta que las instancias en las que se vota impliquen decisiones significativas en las que cada ciudadano pueda en alguna medida hacerse una idea propia de lo que está en juego. Por otra parte, alguna gente en ciertos períodos está dispuesta a participar activamente en la definición de opciones colectivas. Abrir espacios para iniciativas ciudadanas, deliberaciones propositivas, plebiscitos o diversos tipos de referéndum son vías para profundizar la democracia, que en una de sus dimensiones debe ser gobierno desde la discusión. Con diseños adecuados, procedimientos de ese tipo no tienen por qué afectar a la democracia representativa, salvo que se la entienda como periódica delegación de toda la política a los gobernantes sin otra participación de la ciudadanía que la elección de quienes gobiernan. La participación puede contribuir a que más gente capte mejor los problemas de todos, a enriquecer la gama de alternativas para solucionarlos, a que más personas se involucren en su implementación. Fomentar la participación es vía maestra de educación para el ejercicio de la ciudadanía y, por consiguiente, antídoto contra las demagogias simplificadoras y descalificantes, como las que practican las nuevas derechas extremas.
Hacen falta pragmatismos que combinen resistencias plurales a las derechas extremas con nuevos intentos de cambio, en la política y más allá, particularmente en la economía. Para ello no se pueden ignorar las lecciones de la experiencia. La supresión de las relaciones mercantiles ha generado dolorosos fracasos. Cuando el Estado no actúa como escudo de los débiles, la fragmentación social se multiplica. Una economía mínimamente eficaz no puede sino ser algún tipo de economía mixta. Se sabe que la democracia en la política se ve severamente limitada por la falta de democracia en la economía. Para esta última cuestión no parece existir una alternativa única que garantice resultados. No lo hace de por sí la propiedad estatal, o el cooperativismo y la economía social y solidaria, o la cogestión de los trabajadores en las empresas públicas y privadas. Ninguna de esas instituciones garantiza por sí sola democracia y eficacia. Pero cada una de ellas ofrece oportunidades que tal vez, ante el capitalismo descontrolado que las nuevas derechas impulsan, puedan combinarse entre sí para disminuir las asimetrías de poder y producir mejor en términos tanto sociales como ambientales.
Hacia la renovación de las políticas sociales
Cabe reiterar y profundizar algunos elementos del enfoque esbozado en este texto. Para enfrentar con perspectiva progresista a la contrarrevolución que acelera la marcha hacia varias catástrofes, hará falta afinar una visión realista. Los resultados del enfrentamiento tendrán que ver ante todo con la menor o mayor satisfacción de los intereses materiales. Los progresismos debieran al respecto prestar atención prioritaria a los sectores más postergados, por razones tanto éticas como estratégicas: lo primero porque sus principios apuntan a la igual libertad para todos; lo segundo porque está perdida de antemano la batalla si los de abajo no se oponen netamente a las extremas derechas, que no dejarán de contar con sólidos apoyos entre los sectores privilegiados y poderosos. Para afrontar problemas sociales que se multiplican y agravan, hay que lograr más eficacia con menores recursos, vale decir, ser cada vez más eficientes.
El neoliberalismo sostiene que la eficacia mayor para el conjunto de la sociedad se obtiene cuando cada individuo persigue su beneficio individual en el marco institucional de los mercados libres. Esa interpretación de la realidad respalda una concepción hipertrofiada y a la vez distorsionada de la libertad, que desprecia a la igualdad e ignora a la fraternidad; ahí está la médula de la ideología de las derechas extremas. Sólo se podrá derrotarla si las ideologías progresistas inspiran acciones en conjunto más eficientes. Así será si la preocupación por la igualdad rinde más que ignorarla, si en los hechos democracia rima con eficacia, si el individualismo egoísta resulta netamente menos eficaz que la opción de la cooperación entretejida con la reciprocidad. Esa opción es alimentada por, y a su vez alimenta a, la fraternidad, el principio que el movimiento obrero reformuló como solidaridad. Esquematizando al extremo, la cuestión está planteada en última instancia entre el individualismo neoliberal extremo y la solidaridad eficiente. Esta última puede ser una guía para la acción.
El enfoque de las capacidades lleva no sólo a realzar la centralidad de la educación sino además a concebirla en términos no de pujas competitivas sino de cooperación para los aprendizajes. Su expansión es necesaria, en particular, para multiplicar las capacidades de generar conocimiento y de usarlo en favor de la inclusión social y la sostenibilidad ambiental. En esta perspectiva, generalización de la educación permanente conectada con el trabajo y reorientación de las prioridades en ciencia tecnología e innovación constituyen pilares de la expansión democratizadora de las capacidades. Esta debe y puede ser una palanca para la solidaridad eficiente, por ejemplo, respecto a las maneras más adecuadas de afrontar la tensión fundamental entre protección ambiental y producción, a la revalorización del Trabajo, a la afirmación de las formas participativas y cooperativas de la economía.
La expansión democratizadora de las capacidades es seguramente imprescindible para enfrentar a la fragmentación social combinando mayor distribución con promoción de la agencia de los sectores postergados. Esa nunca fue tarea sencilla, y se ha vuelto especialmente difícil ante las tendencias contemporáneas hacia la concentración del poder. Aun así, hay que buscar alternativas para reforzar el protagonismo de los de abajo en general sin lo cual no se podrá revigorizar y hacer más eficiente al Estado de Bienestar. En ese marco la salud y la seguridad social serán cuestiones cada vez más desafiantes, por las tendencias al envejecimiento y por otros factores.
Hay bastante consenso en que mejorar la salud pública pasa por expandir la atención primaria de salud, lo cual requiere que la gente – sin paradojas – no se comporte sólo como pacientes sino como agentes capacitados para involucrarse en la protección y mejora de la salud propia y de su entorno. Quienes militan en estos terrenos suelen decir que en ellos se encuentran importantes oportunidades para ampliar los protagonismos.
Comprensiblemente, la discusión sobre la seguridad social ha prestado especial atención a la edad de la jubilación. Una sociedad que demande una contribución de cada uno según sus capacidades no puede reclamarle a una persona a la que sólo se le brindó capacitación para trabajos manuales pesados, que siga trabajando a una edad en que ello se vuelve penoso, pero que no lo es para otra persona que accedió a una formación terciaria. Ahora bien, para no cristalizar las diferencias generadas por el acceso diferencial a la enseñanza, para enriquecer las posibilidades ocupacionales de todos y también para que no colapsen los sistemas previsionales, conviene combinar educación y trabajo a lo largo de toda la vida activa de modo de ampliar las posibilidades y las ganas de seguir en actividad durante más años.
En muchos países como el nuestro constituye un escándalo ético la situación de parte considerable de la niñez y la adolescencia. Es también un grave problema político. Se ha señalado que el numeroso contingente de jóvenes muy pobres, desocupados y sin formación, constituye una suerte de ejército de reserva de la economía criminal. ¿No habría que priorizar la construcción de programas muy específicos para ellos que combinen educación y ocupación?
Las consideraciones de los párrafos precedentes parten de la idea de que el trabajo digno y creativo es un derecho de cada uno y un deber hacia la comunidad, una forma de realización personal que ha de ser el soporte principal de la cooperación para el bien común.
La cooperación solidaria y eficiente responde de alguna manera a ciertas motivaciones profundas de los seres humanos. Cabe esperar que se manifieste espontáneamente una y otra vez. Pero hay que impulsarla, trabajarla, organizarla. Esa es tarea de la militancia social y de la política pública de orientación progresista. Corresponde pensar en sentido muy amplio el campo de las militancias y las políticas. No hay un ámbito de la sociedad, o un actor colectivo, o una forma del poder, o una actividad, que sea de descartar cuando se trata de promover las resistencias a la reacción y las construcciones alternativas de orientación democratizadora. Hace falta entretejer discusiones plurales y prácticas concretas, de maneras que estimulen los compromisos colectivos. Hace falta actuar a los diferentes niveles de la sociedad, desde los más "micro", que a veces tienen carácter de intersticios o nichos en los que pueden nacer y crecer opciones renovadoras, hasta los más "macro", donde para enfrentar a los mayores poderes fácticos son necesarias grandes confluencias progresistas. La democratización y la solidaridad eficiente tienen que ser trabajadas en la familia, la convivencia cotidiana, la educación, la investigación, la innovación, la comunicación, la cultura, la economía, los servicios públicos, el Estado.
Recapitulación
Las relaciones de poder económico, político y militar difícilmente favorezcan a las izquierdas en el corto plazo o aún en el mediano. Pero esas relaciones tampoco las favorecían en sus tiempos fundacionales. Les abrió camino la sintonía grande de algunas de sus ideas cardinales con los intereses y las pasiones de sectores desfavorecidos, pero socialmente gravitantes. Se ha dicho que, en Europa y América, la rebeldía ha migrado de las izquierdas a las extremas derechas. Algo similar se puede afirmar respecto a la primacía en el campo de las ideas. Por caminos distintos se llega a conclusiones similares: si son desfavorables para las izquierdas las relaciones de poder económico y militar, y aún las de poder político, luce de sentido común prestar mayor atención a las de poder ideológico. Las ideas no gobiernan el comportamiento de los seres humanos, pero frecuentemente marcan las vías por las que transcurren las luchas entre distintos intereses y pueden sugerir propuestas viables y deseables. Sin recobrar la iniciativa en el campo de las ideas, las izquierdas no la tendrán en las dinámicas sociales.
Quizás, a lo largo de trayectorias variadas, se vayan configurando izquierdas democratizadoras de inspiración socialista. Parecen imprescindibles. Deberían ser: izquierdas democráticas, opuestas a todos los autoritarismos; con inspiración socialista, que conjuguen fraternidad con libertad e igualdad; con programa democratizador, que incluya al Conocimiento, para enfrentar un poco mejor al poder avasallante del Capital, reorientando al Estado y revitalizando al poder del Trabajo; con rumbo hacia la solidaridad eficiente.
Izquierdas de esa índole podrían ser protagonistas importantes de una doble estrategia democrática, que combine las más amplias confluencias antiautoritarias y en defensa de derechos y libertades con cambios democratizadores que puedan mejorar la situación de los sectores postergados y vincularlos en gran escala a la lucha contra las derechas extremas. ║
Palabras clave:
Rodrigo Arocena
Democracia
Derecha
Izquierda
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