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nº 67, diciembre 2025

¿Una contrarrevolución en marcha?

Primera parte: Perspectivas democratizadoras

x Rodrigo Arocena

 


Imagen del autor, fuente: Wikipedia

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La restauración del poder imperial de Estados Unidos y el avance de las derechas extremas convergen desde que Trump inició su segunda presidencia. A escala del mundo, esos procesos impulsan el autoritarismo y se oponen a las luchas por la sostenibilidad ambiental y la inclusión social. En tal panorama, aquí se presenta un planteo que puede resumirse mediante tres afirmaciones esquemáticas e interconectadas: (i) la tarea más urgente del presente es la defensa de (los precarios niveles realmente existentes) de la democracia; (ii) esa tarea será poco viable si no se combina con la democratización, entendida como expansión de la democracia, bajo formas conocidas y también nuevas; (iii) la democratización debe priorizar la mejora de las condiciones de vida de la gente más desfavorecida, por motivos tanto éticos como estratégicos.

Para elaborar ese planteo, en la sección 1, se caracteriza el embate reaccionario en América y Europa. En la 2, se discuten los factores que motorizan a las nuevas derechas. En la 3, se consideran facetas de la evolución a escala global. En la 4, se intenta una conceptualización de ciertas dinámicas del poder y del significado de la democratización. Con tales elementos, como conclusión se formulan algunas sugerencias para combinar la defensa de la democracia con su expansión.

 

1. La reacción en América y Europa

Trump y Milei afirman que pretenden llevar a sus respectivos países a situaciones similares a las de comienzos del siglo pasado. Vale la pena pues comparar la situación que se vivía en América y Europa hacia 1900 con la de cien años después: es difícil negar que se registran progresos significativos, que incluyen un apreciable grado de democratización. En 2000 las condiciones materiales de vida eran, en términos comparativos, superiores. Se vivía por lo general vidas más largas, la salud y el acceso a la educación eran considerablemente mejores. Los Estados de Bienestar mostraban niveles distintos, grandes carencias y aún retrocesos; en 1900 apenas si existían. Las “democracias representativas”, con voto universal y defectos pequeños o grandes, constituían la mayoría de los regímenes políticos en 2000; ello no era ni por asomo así al despuntar el siglo pasado, cuando además eran bastante menores las limitaciones del poder estatal y la vigencia de derechos y libertades. Nada lo muestra mejor que la revolución antipatriarcal, sin duda aún inconclusa y apenas incipiente en varios ámbitos, pero que en conjunto ha trastocado el panorama social de América y Europa. La comparación propuesta evidencia, además, una cierta afirmación de la racionalidad secular, que erosionó el influjo de las iglesias en los Estados y en la educación, amplió los márgenes del pluralismo y favoreció tanto el avance del conocimiento científico como su contribución a la mejora de la calidad de vida. En esta perspectiva, se fue expandiendo la preocupación por el daño a la biosfera causado por la actividad humana y, con altibajos, esa preocupación fue impulsando políticas de protección al ambiente.

Las nuevas derechas proponen, ante progresos trabajosos y parciales como los anotados, rápidos y drásticos retrocesos. En materia de derechos y libertades, desde el comienzo de su segundo gobierno, Trump ha marcado el rumbo; busca avasallar al Poder Judicial y concentrar el poder en el Ejecutivo; el tratamiento ostentosamente cruel de los inmigrantes anticipa lo que puede suceder con los opositores. Por su parte, Bolsonaro, Milei y los suyos reivindican a las dictaduras militares. La nostalgia de la violencia aflora. Se ha dicho que, como mínimo, la democracia es un régimen tal que el gobierno puede perder las elecciones. Para evitarlo, Trump y Bolsonaro impulsaron desde la presidencia golpes de Estado. Marchan hacia el autoritarismo. Milei sostiene que la justicia social es una aberración y se esfuerza por desmantelar el Estado de Bienestar. Lo mismo hace Trump, que ha designado como sus adversarios predilectos a las políticas para la diversidad, la igualdad y la inclusión. El integrismo sectario, impulsado por redes religiosas fuertemente organizadas, deteriora al pluralismo y alimenta los ataques a la ciencia. Uno de los ejemplos más tremendos es la nueva política de salud de Estados Unidos. El racionalismo secular en su conjunto está bajo fuego. Las nuevas derechas abjuran de las ciencias de la ecología y del clima, y cancelan las políticas ambientales. La reacción implacable contra los programas feministas y de la diversidad sexual caracteriza a esas derechas. Procuran cortar desde la raíz la incipiente revolución sexual.

En suma, ante una parcial pero real democratización de América y Europa por comparación a 1900, el trumpismo constituye una contrarrevolución. Durante el último siglo largo, en cinco aspectos - democracia política, secularización pluralista, protección social, retroceso del patriarcado y preocupación ambiental - a lo largo de trayectorias muy conflictivas y con frecuentes retrocesos, los avances han sido significativos. La contrarrevolución en curso apunta a erosionar esos logros o simplemente a eliminarlos. Cómo afrontarla constituye el problema político central del presente. Quizás se constituya en el punto de partida de un nuevo ciclo de militancia progresista.

 

2. Sobre los motores de las nuevas derechas

La reacción que avanza en América y Europa es muy fuerte; hace falta comprender por qué. Como contribución a esa tarea, se esboza aquí una visión tentativa y sumaria de los motores político-ideológicos entretejidos que impulsan a las nuevas derechas extremas y a sus formulaciones usualmente exacerbadas, de los procesos que las alimentan y de los blancos contra los que apuntan.
En el Oeste de los países centrales, la reacción contra el debilitamiento de su poderío alimenta nacionalismos –ejemplificados por el MAGA trumpista– que las nuevas derechas exacerban, manipulando prejuicios raciales y culturales. El chovinismo y el rechazo a la inmigración se estimulan mutuamente y adversan la institucionalidad supranacional. El gobierno de Estados Unidos invoca el nacionalismo para denunciar la globalización y defender una fuerte política proteccionista, que a su entender llevaría a la reindustrialización del país.
Las nuevas derechas avanzan de la mano del “backlash” contra la revolución sexual y en defensa de la familia patriarcal, alimentado en especial por fundamentalismos cristianos de índole integrista. Es una reacción específicamente dirigida contra el movimiento más democratizador de por lo menos el último medio siglo largo, el feminismo, y más en general contra la tolerancia plural en materia de valores y comportamientos.

Ascienden políticas e ideologías que promueven el autoritarismo. Ante la multiplicación de reivindicaciones de movimientos sociales e identitarios, apuntan a concentrar y expandir el poder para restablecer el orden y aún las jerarquías de otra época. Se alimentan del pensamiento conservador y las tradiciones asociadas. En América Latina en especial, el autoritarismo cobra fuerza como respuesta a la inseguridad y la violencia ligadas a la fragmentación de la sociedad y al poder del crimen organizado. Las “políticas de mano dura” reciben apoyos importantes y van socavando el Estado de derecho.

En Estados Unidos y también en Europa ha cobrado vigor el antielitismo. Lo manifiestan especialmente sectores perdedores de la globalización basada en el conocimiento. Se oponen a la libre circulación de productos y personas; rechazan a la inmigración, al cosmopolitismo y al multiculturalismo, a los ordenamientos supranacionales. Son particularmente receptivos a las prédicas contra las élites altamente educadas y meritocráticas, cuyo desprecio frecuente mucho resienten y de cuyas reivindicaciones de la ciencia como fundamento de las políticas desconfían. Esta corriente, en tanto expresión de grupos postergados, puede entrar en colisión con la política interna neoliberal del gobierno trumpista.

En América y Europa crece el antiambientalismo, definido por su oposición a un gran movimiento supranacional que plantea transformaciones sociales muy profundas e integrales, impulsa regulaciones múltiples que afectan a variados intereses materiales, y reivindica el valor de la ciencia. Ese rechazo confluye con diversas tradiciones conservadoras enfrentadas al racionalismo secular que es un cimiento de la democracia.

En Estados Unidos se expande el tecno-libertarianismo; se basa en el poder económico de las grandes empresas que usan conocimiento científico de vanguardia, levanta una ideología de progreso vertebrado por la tecnología sin cortapisas, e impulsa la desregulación interna y externa de la innovación. Alimenta en especial el propósito de agrietar a la Unión Europea, la cual ha opuesto ciertas barreras a las grandes empresas digitales. La reivindicación del capitalismo sin regulaciones estatales motiva su confluencia con las nuevas derechas, la que apunta a una drástica reducción y reconversión del Estado. Para impulsarla se combina “moto sierra” contra las políticas sociales e Inteligencia Artificial, expulsando funcionarios públicos y multiplicando el papel de los algoritmos.
En general, característica mayor de las nuevas derechas es el individualismo exacerbado. Reivindica la libertad personal como valor por encima de cualquier otro y como vía para mejorar la propia situación. Se la invoca para propiciar un capitalismo libre de toda regulación, donde las asimetrías de poder no sean paliadas por el Estado, que debe abandonar toda preocupación por la justicia social y concentrarse en el ejercicio de la autoridad.

 

3. Regresión global

Los Objetivos del Desarrollo Sostenible para 2030 aprobados en 2015, sin desmedro de carencias e hipocresías, reflejaban cierto optimismo. Hablar de desarrollo social y ambiental tenía no poco sentido. Diez años después, pese a la mejora más o menos continua que muestran varios indicadores de la situación de la gente, se registraba más bien una inversión de tendencias. Un fundado pesimismo tiñe toda la reflexión acerca del progreso. El avance de la crisis ecológica resulta drásticamente acelerado por la cancelación de las políticas ambientales impulsada por las nuevas derechas extremas, las que niegan el impacto del accionar humano en la degradación de la biosfera. Esas derechas profundizan la desigualdad, cancelando políticas inclusivas, reivindicando la irrestricta libertad individual para disponer de lo que cada uno posee y reforzando la desregulación del capitalismo.

Se camina hacia el autoritarismo, como lo evidencia el desempeño del actual gobierno de Estados Unidos. A escala internacional, con protagonismo mayor, pero por cierto no único de ese gobierno, se erosiona la cooperación y se afirma la coacción como principal herramienta geopolítica.   
Los procesos anotados tienen una presencia en el mundo que precede y excede a la contrarrevolución que sacude a Europa y América. Es notoria la intervención coactiva de las potencias mayores más allá de sus fronteras, con la invasión rusa a Ucrania como ejemplo señalado; la agresividad del gobierno israelí ha provocado una catástrofe humanitaria. El autoritarismo se expande o consolida en gran parte del mundo, con China como caso más gravitante. La desigualdad tiende a incrementarse en general, impulsada en particular por el creciente papel económico y social del conocimiento avanzado, que habitualmente privilegia a los ya privilegiados. La sostenibilidad ambiental suele ser postergada, respecto a las metas de crecimiento económico, por muy diversos gobiernos.

En el contexto esbozado, se afirman las principales configuraciones de poder de esta época, basadas en Estados Unidos y China. Son alianzas de los gobiernos administrativa y militarmente más fuertes con las empresas tecnológicamente más innovativas de sus respectivos países. Constituyen variantes autoritarias y nacionalistas del capitalismo basado en el conocimiento de punta. Avanzan a caballo de una “revolución dentro de la revolución”, la emergencia de la Inteligencia Artificial, que parece desbordar todo lo registrado hasta ahora a partir de la Revolución de las Tecnologías de la Información y la Comunicación.
Son hoy pequeños los espacios donde se puede contribuir a la construcción de vidas valiosas, muy limitados los márgenes de autonomía para defenderlos y ampliarlos. Las derechas acumulan gran poder económico, político e ideológico. No será sencillo avanzar sin una renovación profunda de las ideas, las prácticas y los protagonismos colectivos. Algo así no aparece en el orden del día; sólo cobrará fuerza en el marco de la activación ciudadana en defensa de la democracia. Convendría combinar la máxima amplitud para impulsar esa defensa con la tenaz construcción a largo plazo de propuestas consistentes e innovadoras en distintos terrenos. Se trata de conjugar pragmatismo con renovación: sin lo primero, nos barrerá el vendaval reaccionario; sin lo segundo, el progresismo tenderá a la marginalidad.

 

4. Relaciones de poder y democratización

Para avanzar en la reflexión conviene precisar el ángulo desde el cual se mira a la realidad. Conocerla en profundidad no nos ha sido concedido a los seres humanos. Su complejidad parece tal que sólo es posible aspirar a comprender o iluminar aspectos parciales, desde miradas que focalizan la atención en algunos pocos elementos presuntamente relevantes, dejando a todo lo demás en la sombra o al menos en la penumbra.

Aquí se trabaja en la perspectiva de las teorías sociales que procuran comprender las dinámicas de la historia atendiendo primordialmente a los fines que mueven a los seres humanos, a los medios que ponen en juego para alcanzarlos, y a las relaciones de poder que así se forjan. Entre los móviles de la conducta humana suelen destacarse los intereses materiales, las pulsiones y las pasiones ligadas a las formas de reconocimiento. Cabe pues esperar que las relaciones de poder realmente existentes impliquen grandes cuotas de conflictividad y aun la centralidad de la dominación y la explotación de personas y grupos por otros.

La distribución del poder resulta más o menos estabilizada mediante las instituciones predominantes. En general, las instituciones son las “reglas de juego” en cierta área, vale decir, las reglas formales o informales que enmarcan su funcionamiento. A escala mundial la economía actual se rige ante todo por las instituciones propias del capitalismo, la propiedad privada, los mercados, el trabajo asalariado y la producción de bienes y servicios para obtener ganancias. Esta es la estructura básica del poder en esta época. Por cierto, no todo se reduce a ella: ciertas dinámicas políticas, militares e ideológicas tienen enorme gravitación.
El poder del capitalismo se registraba de una manera u otra en casi todo el globo terráqueo en 1900; tras un siglo de grandes mutaciones, no había casi otra cosa que capitalismo en 2000. A comienzos de este siglo se asumía en Occidente que esa institucionalidad económica global sería acompañada, en lo político e ideológico, por la globalización de la democracia liberal al estilo de Estados Unidos y Europa Occidental. Hasta ahora lo que viene sucediendo apunta en una dirección muy distinta.
El capitalismo realmente existente en gran parte del mundo va adoptando formas diversas del nacionalismo autoritario. Ello sucede en China con inmensa influencia para el resto del planeta, también en Rusia, y en varios otros países. El trumpismo es, entre otras cosas, la forma específica en que ese fenómeno cobra fuerza en Europa y América.

En suma: se van afirmando configuraciones de poder económicamente capitalistas, políticamente autoritarias e ideológicamente nacionalistas. Las más poderosas tienen como base tecnológica la CTI (ciencia, tecnología e innovación) de punta y, en particular, los oligopolios digitales que manejan la emergencia de la IA.
Los capitalismos autoritarios y nacionalistas muestran al presente trayectorias distintas en lo tecnológico y lo económico. Sin desmedro de sus diferencias, tienden en general a endurecer las estructuras de dominación y explotación. Estas han evolucionado a lo largo de la historia, habitualmente manteniendo su centralidad incluso en el curso de cambios significativos, pero también mostrando grietas a través de las cuales sectores más o menos postergados impulsaron alternativas mejores para mucha gente. Progresos de ese tenor han tenido lugar sobre todo en la historia contemporánea. Intentar captar algo de sus dinámicas debiera contribuir a comprender las posibilidades de erosión en las estructuras de poder capitalistas, autoritarias y nacionalistas que hoy extienden su larga sombra por el mundo.
Grietas en las estructuras de dominación pueden surgir a partir de cambios en las interacciones entre tecnología y organización social, las que suelen ser claves mayores del poder. Algunos historiadores hablan de “el hierro metal democrático” para referirse a las consecuencias del surgimiento, tres milenios atrás, de la tecnología que permitió usar un metal más accesible y eficiente que los empleados hasta entonces. Utilizándolo, ciertos sectores de pequeños campesinos lograron ampliar su poder económico y algunas infanterías plebeyas afirmaron su poder militar ante los carros de guerra aristocráticos; consiguientemente, los ciudadanos pobres consiguieron mayor influencia política en ciudades-Estado como las de la Grecia clásica. En alguna medida el poder se desconcentró y cobró fuerza un cierto protagonismo de sectores habitualmente postergados.
Las influencias mutuas entre innovación tecnológica y poder social dibujan una cuestión cambiante, abierta y muy actual. Hace pocas décadas solía argumentarse que la irrupción de internet y de las tecnologías de la información en general constituían un cambio democrático, favorable incluso para las revoluciones populares. Hoy se registra una tendencia contraria: las tecnologías de la información y la comunicación expanden el poder de control y vigilancia de grandes empresas y Estados; en Estados Unidos las cúpulas del capitalismo digital se integran al trumpismo. La dinámica predominante de la Inteligencia Artificial refuerza esa tendencia, aunque reconocidos estudiosos como Daron Acemoglu sostienen que, en la materia, otras evoluciones son posibles.
Las interacciones entre fuerzas productivas y relaciones sociales fueron teorizadas por Marx a partir del estudio de la Revolución Industrial que se inició en Gran Bretaña durante el siglo XVIII. Dos clases, el empresariado y el proletariado industrial, ascendieron al primer plano del accionar colectivo. El poder económico del empresariado industrial le permitió disputar la primacía política de la aristocracia terrateniente. El gobierno fue dejando de ser cosa reservada sólo al juego de pequeñas élites. Los trabajadores, a medida que se fueron organizando, cobraron mayor peso en las decisiones acerca de grandes cuestiones, como las políticas proteccionistas o su erradicación, los derechos a la sindicalización, el alcance de las libertades públicas, la expansión del sufragio, la legislación fabril, la protección a la gente más desvalida. Los partidos se ampliaron y los sectores populares cobraron mayor protagonismo en la política. Hacia 1900 en Gran Bretaña el poder estaba menos concentrado y el nivel de vida era en promedio mayor que un siglo antes.
Cuando el poder se desconcentra y divide, a veces se abren oportunidades para expandir y profundizar la democracia, que es a lo que cabe llamar democratización. Puede ser difícil entender en qué consisten exactamente los procesos de ese tipo, pero suele ser bastante fácil captar los que apuntan en sentido contrario, como la “des-democratización” que se ha empezado a vivir en USA a partir de la concentración del poder en el titular de la Presidencia. En todo caso, se trata en general de una cuestión complicada y polémica; tiene que ver con la interpretación de las dinámicas históricas, con la valoración ética de las alternativas enfrentadas, con la elaboración de propuestas viables y deseables. Vale la pena pues precisar, aunque sea tentativamente, en qué sentido se habla aquí de democratización.

El poder fuerte y concentrado favorece la dominación ejercida por unos pocos y la explotación de muchos. En una primera aproximación la democracia, o demo poder, es lo contrario. Se trata de que más gente participe en la adopción de decisiones, porque ello se entiende legítimo y porque podría ser una vía para que las decisiones en cuestión beneficien a las mayorías o aún a todos, a lo que cabe llamar demo beneficio. No se asume que exista una estructura institucional óptima que asegure el cumplimiento, integral y permanente, de semejantes metas. La reflexión y la historia sugieren que la democracia total no puede existir, pero que es muy importante si hay mucha, poca o ninguna democracia. La que pueda realmente existir será siempre parcial y precaria, necesitada de expansión a terrenos nuevos y de profundización en muchos aspectos, aunque sólo sea para preservarla evitando que se reseque. Por todo ello, corresponde prestar gran atención a los significados, las modalidades y las posibilidades de la democratización.

El problema que se plantea es buscar alternativas a la concentración del poder, a la dominación arbitraria por minorías o por ciertos grupos en desmedro de otros, a la explotación de las mayorías o de cualquier conjunto de seres humanos. En ese entendido, democratizar significa apuntar a: (1) limitar y desconcentrar el poder; (2) afianzar y extender derechos y libertades; (3) profundizar la participación igualitaria de todos en la resolución de lo que a todos atañe; (4) promover resoluciones y maneras de implementarlas que mejoren las condiciones de vida, beneficiando en especial a los sectores más postergados. Los cuatro puntos merecen similar atención.

Democratizar es tan difícil, entre otros motivos, porque sólo esfuerzos combinados en las cuatro modalidades recién destacadas de la democratización ofrecen perspectivas sólidas de progresar en todas. En especial, las influencias mutuas entre demo poder y demo beneficio son profundas, pero en absoluto sencillas. Puede haber cierta cuota de demo beneficio con poco demo poder, como destacan los conservadores, pero ello es más bien improbable y en todo caso limitado. A la inversa, un problema mayor para los democratizadores es que el demo poder de por sí no garantiza el demo beneficio. Y cuando este no se afianza, aquel tiende a debilitarse.
La cuestión de la democracia surgió en el ámbito de la política. Pero no se limita a esa esfera. La democratización, en el sentido recién esbozado, es cuestión que se plantea también en otros ámbitos, como los de la economía y el trabajo, los ámbitos familiares o la educación. Lo que al respecto suceda en cada uno de ellos incide de una manera u otra en los demás. Por ejemplo, en los países capitalistas prósperos y aparentemente estables de la segunda mitad del siglo XX se observó que la falta de democracia en la economía influía negativamente sobre la democracia en la política. A comienzos del siglo XXI, particularmente en Estados Unidos, esa influencia estaba convirtiendo a la democracia representativa más bien en plutocracia, gobierno de la riqueza, en un contexto de desigualdad al alza. La irrupción del trumpismo y de las nuevas derechas ahonda la des-democratización y la extiende a otros ámbitos.

 

Recapitulación: defender y expandir la democracia

En América y Europa, las democracias políticas más o menos limitadas pueden resquebrajarse rápidamente, en cuyo caso se hará mucho más difícil que hoy trabajar por la protección del ambiente y por una sociedad menos injusta. Hace falta combinar (i) la defensa de la democracia representativa y los niveles alcanzados en derechos y libertades con (ii) la búsqueda de caminos para profundizar la democracia y extenderla más allá de la política en sentido estricto. La reacción tiende a dominar la agenda y consigue amplio apoyo en sectores postergados. Para revertir tal proceso, hay que construir los cimientos ideológicos y políticos de la expansión de la democracia.

En el terreno de las ideas, las derechas extremas preconizan una concepción unilateral e individualista de la libertad. Sintonizan con el auge de las aspiraciones personales a ganar dinero que acompañan el dominio mundial del capitalismo. Adversan la concepción progresista que reivindica al mismo nivel la libertad, la igualdad y la fraternidad, o solidaridad, tal como lo establece la Declaración Internacional de los Derechos Humanos de 1948. En esta se apoyan la democracia y el avance contemporáneo, parcial pero significativo, de la diversidad, la equidad y la inclusión. Estas tres nociones son anatema para las derechas extremas. Al nivel de los valores, se despliega así entre una y otra concepción una contraposición profunda en la cual los progresismos parecen más bien a la defensiva.
El sociólogo argentino Pablo Semán habla del “individualismo mejorista” de muchas personas partidarias de la reacción, jóvenes en especial, que abjuran de la igualdad como ideal y aspiran a abrirse camino por sí solos, al margen del Estado de Bienestar. Por su parte, la conjunción de libertad, igualdad y fraternidad impulsa las políticas de la solidaridad. Ella puede ser más eficiente que el individualismo egoísta; sólo si lo es se frenará a la reacción. Quizás esta sea la cuestión primera.
Las derechas extremas cancelan las políticas ambientales e inclusivas. Si extienden y afirman su incidencia gubernamental, atizarán los incendios de la falta de sostenibilidad y la desigualdad que fragmenta a las sociedades. Cuentan con fuerte respaldo del poder económico, en especial de las cúpulas de las grandes empresas digitales que concentran buena parte del poder tecnológico. Han logrado construir sustancial poder político y lo usan, cuando llegan a gobernar, para concentrar la autoridad en el vértice del Estado y para recurrir al poder militar.

En ese panorama, la dimensión ideológica es clave, tanto para defender la legitimidad política de la democracia como para orientar acciones que democraticen el poder económico y el poder tecnológico. Frente al individualismo desenfrenado, y enfrentado a la investigación y las universidades, la solidaridad sustentada en la educación y el conocimiento puede ser considerablemente más eficiente.
Se trata de expandir las capacidades individuales y colectivas de las personas para poder ser agentes en la construcción de vidas valiosas. Se trata de priorizar la agencia de los sectores postergados y la atención a sus problemas, lo cual es genuinamente democratizador en tanto expande el poder del pueblo y limita el de las elites. En este sentido, la defensa y la ampliación de la democracia se conecta directamente con la expansión de las capacidades de la gente. Cabe pues hablar de la expansión democratizadora de las capacidades.

Lo anotado lleva a generalizar la formación avanzada y reorientar la ciencia, la tecnología y la innovación. Esa tiene que ser una clave, en particular, para afrontar la tensión decisiva para el futuro de la Humanidad que se plantea entre dos exigencias, la de producir lo que ayuda a vivir y la de proteger el ambiente. Las nuevas derechas ignoran la segunda y empujan hacia la catástrofe. Los gobiernos progresistas se debaten para atender a ambas exigencias. Al manejo de esa tensión, pueden contribuir políticas audaces que apuesten al conocimiento y a las altas calificaciones para producir mejor. Esto último debe significar, por un lado, atender más adecuadamente las necesidades de bienes y servicios fundamentales para la gente, y, por otro lado, proteger más el ambiente, repararlo y usar menos recursos no renovables. Se trata de cuestionar el consumismo y, a la vez, de impulsar una innovación frugal en lo que hace a los recursos y abundante tanto en capacidades como en compromiso social.

En suma, se trata de combinar la lucha por la democracia con la expansión democratizadora de las capacidades, individuales y colectivas. En la segunda parte de este ensayo, se examinarán las posibilidades de que las izquierdas hagan su imprescindible contribución a esa tarea.║

 

Palabras clave:

Rodrigo Arocena
Democracia
Derecha
Izquierda

 

 

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