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nº 69, abril 2026

“Un mundo nuevo está naciendo”: Rebecca Solnit destaca la “revolución lenta” que la extrema derecha no puede tolerar [1]

x Zoe Williams[2]

 


Imagen de la autora, Fuente: The Guardian


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Es fácil centrarse en los autoritarios y sus pequeñas victorias. Pero si ampliamos la perspectiva, el panorama es más alentador, afirma la mujer que popularizó el término mansplaining, ya sea en el feminismo, el medio ambiente o los derechos civiles.
Cuando hablo con Rebecca Solnit[3] ella está radiante, y no logro entender de inmediato por qué. Su nuevo libro, The Beginning Comes After the End, Granta Books, (El principio llega después del fin: Notas sobre un mundo en cambio), irrumpe con un optimismo pragmático, es cierto. Escribe con un tono que invita a la reflexión y a no desanimarse. Pero no es por eso que sonríe: es porque Andrew Mountbatten-Windsor acaba de ser arrestado. “¿Por qué el Reino Unido está haciendo lo que Estados Unidos debería estar haciendo? ¿Por qué ahora? ¡Wow!”.

Esta «risita feminista» (como ella la llama) sobre el príncipe (británico) caído en desgracia encaja a la perfección con la estilo de la escritora que prácticamente inventó el término mansplaining. Una historia realmente hilarante sobre un hombre que le explicaba a ella el libro que ella había escrito en una fiesta se convirtió en el ensayo viral Los hombres me explican cosas en 2008, y luego en una crítica feroz y controlada del patriarcado en un libro del mismo nombre en 2014.
El arresto de Mountbatten-Windsor también, de forma tangencial, ilustra el punto central de su nuevo libro: sí, estamos viviendo una revolución política, pero no es la que tú piensas. No es la vertiginosa carrera hacia la necropolítica fascista con la que despertamos cada día, con atrocidades que estallan constantemente y que siempre exigen nuestra atención. En cambio, es la lenta revolución que se viene dando desde los años 50, cambios sísmicos en nuestras actitudes hacia todo, desde el género y la raza hasta la sexualidad, la ciencia y el clima. Cada batalla que libramos se construye sobre una victoria anterior. Un gobierno puede quitarte tus derechos, pero nadie puede quitarte tu fe en ellos. Los primeros puntales de defensa contra el fascismo son la memoria y la historia.
“A menudo me siento como una tortuga en una fiesta de insectos efímeros (que viven menos de un día)”, dice, en una videollamada desde San Francisco. “La gente no recuerda el pasado…parecen vivir en un presente perpetuo. Y a algunos les resulta reconfortante, la idea de que nada va a cambiar jamás. A otros les desespera, porque nada va a cambiar jamás. Quería, en este horrible momento, recordar a la gente que lo que la extrema derecha está haciendo a nivel mundial, pienso, es en gran medida una reacción violenta. Está naciendo un mundo nuevo, y básicamente están intentando abortarlo. Lo cual es un poco irónico, dadas sus posturas sobre el aborto”.
Solnit, de sesenta y cuatro años, hace referencia al filósofo político italiano Antonio Gramsci, quien vivía su propio interregno entre la muerte de lo viejo y el nacimiento de lo nuevo, cuando dijo en 1930: “El viejo mundo está muriendo, y el nuevo mundo lucha por nacer: ahora es el tiempo de los monstruos”. (“Monstruos” a veces se traduce como “síntomas mórbidos”). Al borde del fascismo y la guerra mundial, Gramsci no se equivocaba; supongo que lo que me inquieta es que la gente lo haya estado citando sin cesar desde la crisis financiera de 2008. En 2013, Michael Gove lo mencionaba como su inspiración en materia de educación [4] . ¿Acaso no necesitamos un nuevo teórico, junto con nuevas teorías, para afrontar el hecho de que situar esta época como un tiempo de monstruos no parece neutralizarlos ni frenar su éxito?

Ella estará de acuerdo en que estos tiempos, al menos en Estados Unidos, no tienen precedentes. Dice: “Incluso durante la guerra civil, cuando corríamos el riesgo de perder varios estados debido a su repugnante compromiso con la esclavitud, el gobierno federal no era corrupto ni obsceno. Actualmente, padecemos, esencialmente, un trastorno autoinmune. Lo primero que hay que decir es que la presidencia de Donald Trump no refleja realmente lo que el pueblo estadounidense desea”.

En realidad, eso no es lo primero que dice Solnit en su libro. Comienza citando una ceremonia, en octubre de 2024, en la que cuatrocientos sesenta y seis acres de tierras (algo menos de doscientas hectáreas –ed.) aptas para ganadería al norte de San Francisco fueron devueltos a los Indios Federados de Graton Rancheria, para que los cuidaran a perpetuidad. Esta restitución fue el fruto de una campaña de resistencia, activismo, poesía y memoria que se había mantenido desde que los colonos blancos se apoderaron de la tierra en el siglo XIX. La líder espiritual y soñadora Essie Parrish, de la tribu Kashaya Pomo, profetizó en la década de 1950 que “algún día los blancos vendrían a nosotros para aprender a cuidar la tierra”. En los años 70 y 80, Solnit fue activista, habiendo crecido en la región: “Soy judía católica irlandesa rusa; como pueden ver, soy muy pálida, pero bromeo diciendo que no llevamos siendo blancos tanto tiempo”. Su familia era bastante izquierdista, pero el compromiso de Solnit con el activismo indígena estaba casi más arraigado geográficamente que por herencia. “Al crecer en ese pueblo, sentí que algo faltaba. Había habido una enorme presencia indígena; esas personas seguían allí, pero habían sido prácticamente borradas del mapa”.
Los movimientos ecologistas, conservacionistas, antinucleares, por los derechos civiles y anticoloniales intersectaron y convergieron  para generar un cambio que habría parecido imposible no solo diez años antes, ni siquiera un año antes. «Lo que también me impactó de mi infancia», dice Solnit, “es que la historia de los pueblos indígenas siempre se contaba como una historia terminada. Habían ocurrido cosas malas, muy lamentables, pero todo había terminado. Podíamos hablar de los pueblos indígenas casi exclusivamente en pasado”. Si el cliché es que la historia la hacen quienes se hacen presentes, Solnit lo complejiza y lo amplía: el cambio lo hacen quienes se niegan a olvidar.

“Una idea fundamental que planteo en el libro”, afirma, “es que la concepción del ascenso del hombre, su separación de la naturaleza, su inevitable progreso hacia la supremacía del capitalismo industrializado, hacia esa versión suprema de sí mismo, es un extraño desvío de la manera en que la mayoría de la gente, a lo largo de la mayor parte de la historia, ha concebido la naturaleza y nuestro lugar en ella”. El error de ese desvío puede manifestarse en la destrucción ambiental, en una epidemia de soledad o en el flagelo de la rapacidad corporativa, pero, una vez que la imaginación despierta a esta realidad, dice Solnit, “el cambio es profundo y trascendental”.

Conciencia de clase, conciencia ambiental: algunas cosas no se pueden extinguir una vez que han cobrado vida. “Los lobbistas de los combustibles fósiles no pueden deshacerlo. Putin, Trump y ese idiota de Argentina (Javier Milei) no pueden deshacerlo. Están intentando rebobinar la videocassettera del pasado, la que les parece el momento tecnológico ideal en la historia. En esencia, si escuchan con atención, nos están diciendo: ‘Ustedes son muy poderosos. Han cambiado el mundo profundamente con su trabajo ambiental y climático, el feminismo, los derechos LGBTQ+, el impulso general contra el autoritarismo en busca de rendición de cuentas e igualdad. Todo eso está conectado’. Estos enemigos nos evalúan con precisión, incluso cuando nosotros mismos no lo creemos”.

Solnit cita al teólogo estadounidense Walter Brueggemann, quien dijo: “La esperanza nace de la memoria”. “Se puede invertir esa idea y decir que la desesperación surge del olvido. Si olvidamos que todo lo bueno que tenemos es el resultado de una lucha heroica, por supuesto que caeremos en la desesperación. Pero el derecho de las mujeres a ser tratadas como personas, a tener voz y a participar en la vida pública y cívica es el resultado de una lucha heroica. La igualdad racial, lejos de ser perfectamente alcanzada, pero en la medida en que se ha logrado, es el resultado de una lucha heroica. En lo que respecta al medio ambiente, a menudo nuestras victorias parecen insignificantes: el río que no fue represado o que ya no está contaminado, el bosque que no fue talado, las especies que no se extinguieron. No se ven, pero fueron el resultado de una lucha heroica, y saber eso es saber que tenemos un poder inmenso. Estas cosas dependían de que estuviéramos presentes, de que hiciéramos el trabajo. Tenemos que seguir estando presentes y seguir trabajando”.
“Este libro fue escrito con prisa y quizás no sea el más elegante”, dice Solnit, sin parecer preocupada en absoluto. No creo que parezca apresurado, por si sirve de algo, pero lo que subraya, con un tono modesto y pausado, es que los insectos efímeros, al menos las progresistas, necesitan empezar a tratar su propia historia con más respeto. Cuando las fuerzas destructivas marcan la agenda política —cuando tu gobierno persigue a tus vecinos, cuando zonas de Oriente Medio arden— es imposible no hablar de ello. Pero si no recuerdas al mismo tiempo la creatividad en la política, las victorias, te resignarás a la idea de que las cosas solo pueden empeorar.

“Nada es inevitable”, dice Solnit. “Uso la palabra ‘evitable’ a menudo”. Es una idea conocida: que la extrema derecha crea caos para distraer y, por lo tanto, frustrar el cambio productivo, pero Solnit se detiene en los mecanismos: “El autoritarismo siempre ve los hechos y la verdad, transmitidos por el periodismo, la historia y la ciencia, como fuentes de poder rivales. Esos son elementos radicalmente democráticos”. Puedes ser rey o plebeyo, y las leyes de la gravedad siguen siendo las mismas. Por eso intentan socavarlas. La política del espectáculo caótico, la desinformación y la mentira descarada te obligan a intentar demostrar la gravedad sin cesar, desviando tus prioridades. El patrón es similar al de una relación abusiva: da igual lo que digas, y da igual si la gravedad existe o no. El objetivo es atraparte en ese compromiso para que se convierta en tu realidad.
“Algo que he estado diciendo desde que escribí Esperanza en la Oscuridad” (la influyente obra de Solnit de 2004 fue un canto al activismo y la esperanza) “es que el optimismo, el pesimismo —y podemos añadir el catastrofismo climático y el cinismo— presuponen que conocemos el futuro y, por lo tanto, que no se nos exige nada. Creo que el futuro es radicalmente incierto y, por lo tanto, se nos exige mucho”. No es información nueva, pero es inmensamente persuasiva, especialmente cuando Solnit elige al azar acontecimientos que habrían parecido “inconcebibles, insondables” hasta que sucedieron, desde el arresto y la desgracia de Epstein hasta el colapso de los regímenes totalitarios soviéticos. “Recuerdo haber charlado con un fotógrafo alemán en 1989; ambos pensábamos que el Muro de Berlín nos sobreviviría, que la Guerra Fría era permanente”, dice. “Ver el progreso del feminismo, estar en San Francisco para la primera gran explosión de la igualdad matrimonial, cuando miles de parejas llegaron a nuestro ayuntamiento, con alegría y asombro para casarse, ver la aprobación del tratado climático de París. Fui una de las activistas para detener el oleoducto Keystone XL, que habría transportado crudo contaminante desde Alberta hasta refinerías en Estados Unidos para su exportación. Luchamos durante doce años, mientras los escépticos se mantenían al margen y nos decían que estábamos equivocados y que nunca ganaríamos, y al final ganamos. El mundo en el que nací ya no existe”.
“Pienso mucho acerca del pesimismo climático generalizado, que abarca todo el espectro político y trasciende generaciones; hasta qué punto se siente más arraigado que la ansiedad y el pesimismo que se sentía ante la guerra nuclear de los años 80 –si esto se debe a que la crisis climática es objetivamente peor, o a que ha existido un interés autoritario encubierto por afianzar esa desesperación, porque hace que todos sean más dóciles. Es una pregunta sin respuesta: la crisis climática es objetivamente peor, hay más datos que lo demuestran, han ocurrido más eventos irreversibles y hay más fuerzas que la impulsan. Pero no lo sabíamos en los años 80; el ímpetu y la ambición comparativos de aquella época no pueden deberse lógicamente a que pensáramos: la aniquilación sería horrible, pero al menos no vamos camino de un aumento de 4°C».

Así pues, quizás la propagación del pesimismo ha sido un proyecto deliberado, pero si lo ha sido, no se puede capearlo solo. “Una de las cosas más bellas y profundas que he visto una y otra vez”, dice Solnit, “es que esos momentos de levantamientos, protestas contra la guerra, manifestaciones de No Kings (El No a los Reyes contra Trump) Occupy Wall Street (Ocupar Wall Street cuando la crisis del 2008), generan una sensación de poder y pertenencia transformadora. La solidaridad, el sentido de propósito y la interconexión son sumamente significativos”. En su libro Un paraíso construido en el infierno (2009), Solnit describe la intensidad de las comunidades forjadas por desastres naturales: el terremoto de San Francisco de 1906, la brutal explosión en Halifax, Nueva Escocia, en 1917, el terremoto de Ciudad de México de 1985, el huracán Katrina. Observa los mismos lazos inquebrantables que se forjan en el activismo: las amistades, la energía, la autoconciencia y la ambición que genera la acción política perduran para siempre; a menudo, definen la vida.
“Suelo citar a mi amigo Bill McKibben (el ambientalista). Estábamos sentados en un suelo de cemento en un espacio activista durante el proceso del Acuerdo de París sobre el clima (el Acuerdo de París se adoptó en 2015). Alguien se acercó y le hizo una pregunta que le hacen constantemente: ‘¿Qué es lo mejor que puedo hacer como individuo?’. Él respondió: ‘Deja de ser un individuo’. Puedes tener tu propia lista de música peculiar y tus propias técnicas de maquillaje de ojos, pero también tienes esa solidaridad. Cuando actúas, actúas con los demás”.║

 

 


[1] Publicación original en: https://www.theguardian.com/books/2026/mar/25/rebecca-solnit-slow-revolution-far-right-cannot-tolerate#Echobox=177443392 el 25 de marzo de 2026 (abril 2026) Traducción de librevista.


[2] Periodista de The Guardian https://www.theguardian.com/profile/zoewilliams (abril 2026)

 

 

 

Palabras clave:

Rebecca Solnit
Zoe Williams
Mundo nuevo

 

 

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