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nº 69, abril 2026

¿Qué nos ha dado Cuba? [1]

x Gregory Randall[2]

 

Imagen del autor, fuente: UNI Radio UdelaR

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Somos hijos de la Revolución cubana. Algunos por haber nacido allí, empujados nuestros padres por los avatares de la historia. Otros por adopción, porque nos recibieron y nos lo dieron todo, como si fuéramos de la familia. Muchos más, en todo el mundo, porque esa revolución marcó nuestro tiempo, nos mostró un camino y una esperanza, nos permitió imaginar un futuro por el que tantos lucharon y no pocos murieron.

Así que vengo acá a hablar en mi condición de hijo. Sin idealizaciones y con gratitud. Conozco Cuba. Me formó. Me enseñó que para ser coherentes hay que ser honestos. Tuve la suerte enorme de vivir allí durante aquellos años en que su pueblo construía una sociedad más justa, un país donde los niños nacieran para ser felices, como se decía entonces. No era fácil. Las escaseces eran enormes. Las agresiones del imperio, constantes. Junto a la pasión y las maravillas, los errores y los horrores de una revolución verdadera estaban presentes cada día. Conocimos la experiencia alegre y profundamente transformadora de la escuela en el campo y la frustración ante la mediocridad humana. Vivimos el compañerismo cultivado con esmero que nos hizo mejores personas, y los actos de repudio que nos mancillaron. Vivimos sus intentos por construir un camino hacia el desarrollo y sus limitaciones para lograrlo. Algunas veces por su condición de pequeña isla bloqueada, otras por dogmatismos o por limitar el florecimiento de un pensamiento crítico totalmente libre.

Cuba siempre fue una fortaleza sitiada, y en esas condiciones tuvo que vivir todos estos años. No sabemos lo que podría haber sido, es el producto de sus circunstancias. Los que vivimos allí sabemos que no era perfecta. ¿Cuántas veces escuchamos a Fidel, con su retórica extraordinaria, reconocer tantos errores? ¿Cuántas hacer el ejercicio de buscar entre todos un camino en medio de lo desconocido? Vivir la revolución cubana nos permitió entender que ningún camino está trazado. Que la revolución es una búsqueda llena de dificultades.

No pocos procesos genuinamente revolucionarios se han extraviado en los vericuetos de esa búsqueda. Sentimos que Cuba, a pesar de lo que ha cambiado el mundo y ella misma, conserva muchos aspectos sustantivos de aquello que nos hizo vibrar entonces. Cuba demostró que era posible tomar el cielo por asalto. Que era posible derrocar a un tirano brutal, pararse firme ante los yanquis e iniciar una verdadera revolución a solo 90 millas del imperio. Los símbolos importan y mucho. Ese ejemplo no se lo perdonan a Cuba.

No solo importaba ganar el poder. Era necesario proponerse construir una sociedad mejor. A pesar de las enormes dificultades, los primeros treinta años de la Revolución cubana fueron de mejoras sustantivas en la vida de su gente. Creció la economía y se construyó una sociedad igualitaria. A la campaña de la alfabetización le siguió una enorme ola de gente estudiando, de todas las edades, que hizo de ese pueblo uno de los más educados del mundo. La salud se convirtió efectivamente en un derecho, los médicos de familia llegaron a todos lados. Cuando yo tenía diez años, en el internado, los dentistas nos curaban las caries gratuitamente a todos. La esperanza de vida creció y la mortalidad infantil disminuyó. La revolución fue también una sociedad que se llenó de cultura en todas sus formas: desde siempre, la música lo inunda todo en ese país, pero apareció la nueva trova, florecieron el cine, el ballet, la danza, el teatro, la pintura, la poesía.

Luego vino el derrumbe de la Unión Soviética y el periodo especial. El mundo ha cambiado mucho. Lo que parecía posible se ha vuelto casi una quimera. El pensamiento único invadió el mundo, y el neoliberalismo se metió en los poros de la gente. El fracaso de las experiencias de transformación revolucionaria del siglo XX ha sido un golpe formidable para nuestros sueños. No hemos sido capaces de analizar a fondo lo que pasó desde una posición de izquierda. Esos fracasos también fueron nuestros. Nos falta pensamiento riguroso. Necesitamos una nueva síntesis teórica.

El sistema en que vivimos crea desigualdades cada vez mayores y empuja a una crisis climática que amenaza la vida en el planeta. El capitalismo no solo es injusto e inhumano, es insostenible. Creo que buena parte de la humanidad se da cuenta de ello. Pero tenemos un enorme problema para luchar eficazmente contra ese sistema degradante y criminal: nuestra dificultad para pensar un futuro distinto.

En aquellos años había una consigna: “El futuro pertenece por entero al socialismo, al capitalismo pertenece la crisis y la derrota”. Hemos aprendido que esa idea era falsa. Como eran falsas las ideas que hablaban de un proceso de avance lineal y de una sociedad comunista definitiva. Las revoluciones son procesos sociales vivos: nacen, crecen, se desarrollan, mueren. Lo que es cierto es que, en el devenir de la historia, cada proceso revolucionario aporta algo. La revolución francesa, apenas doce años después de proclamar «libertad, igualdad y fraternidad», entronizaba a Napoleón. La revolución bolchevique, que estremeció y transformó el mundo, pocos años después, con Stalin, empezaba el camino que la llevó a su fin. La revolución española, ese maravilloso experimento social cuyo impacto aún sentimos, duró apenas unos tres años y fue ahogada en sangre por el franquismo y el fascismo. Cuba sigue allí, luego de más de sesenta y siete años.

Sabemos que la Cuba de hoy no es la que vivimos entonces. Es un pequeño país, una nuez que flota en un océano borrascoso. Pero a pesar de todo nos ha dado mucho. Nos mostró que una revolución tiene que poner en el centro las necesidades de la gente y una agenda humanista. Nos mostró que la revolución es cosa seria, pero no está reñida con la alegría y la belleza. Nos mostró el valor del coraje, de la dignidad, de los principios.

Uno de los más bellos legados de la Revolución cubana es su generosidad. No creo que exista pueblo más generoso en el mundo. Ellos le llamaban solidaridad, internacionalismo. Yo creo que es una mezcla muy especial entre la agenda humanista de la revolución y el espíritu alegre, sencillo y profundamente bueno de su gente. Es una generosidad que no conoce límites ni condicionamientos ideológicos.

Durante el gobierno de Allende yo era un niño en Cuba y viví, con todos, la esperanza de que ese intento de revolución pacífica fuera exitoso. Cuando el paro patronal amenazó la distribución de alimentos en Chile, el pueblo cubano mandó un barco cargado de azúcar. Cada familia dejó de percibir una libra de su ración mensual. Ese gesto no era baladí. En esa época todo era escaso. Cuando llegué en el 69, una vecina nos abrió su despensa vacía. Tenía un letrero que decía: vacío pero con dignidad. Durante todo un año, en el internado, comí cada almuerzo y cada cena el mismo menú: arroz, chicharros y pescado.

Para resolver su enorme problema habitacional los cubanos construían edificios de unos veinticuatro apartamentos, pequeños pero funcionales. Los construía una brigada de empleados de un centro de trabajo y luego se repartían los apartamentos entre los que participaban en el esfuerzo colectivo. Así florecieron muchos barrios de las llamadas microbrigadas.

Cuando las dictaduras empezaron a azolar el continente y llegaron miles de refugiados Bolivianos, Uruguayos, Chilenos, Argentinos, Brasileños, fueron recibidos como familia. Los cubanos compartieron con nosotros todo lo que tenían. Decidieron dar un apartamento de cada uno de esos edificios a una familia de refugiados latinoamericanos. ¿Cuántos de ustedes vivieron en Alamar? Es difícil imaginar gesto de desprendimiento como ese. Muchos de ellos vivían hacinados o en edificios semiderruidos en Centro Habana y esperaban esa vivienda hacía tiempo. El gesto cobra otra dimensión hoy, cuando los inmigrantes son vistos en tantos lados como amenaza. Poca gente recuerda que cientos de miles de cubanos fueron a Angola a defender su independencia y pelear por ella. La batalla de Cuito Canavale fue definitoria para la independencia de Namibia y el fin del Apartheid en Sudáfrica. Nelson Mandela fue muy claro en reconocerlo y agradecer ese gesto desinteresado. Allí murieron más de dos mil quinientos cubanos.

Los cubanos lucharon en Argelia, en el Congo, en Bolivia, en tantos lugares. Pero su internacionalismo no fue solo armado. Cuba recibe cada año a miles de jóvenes, en especial del tercer mundo, para estudiar medicina o cine. Cuando Chernóbil, recibió a más de diez mil niños rusos y ucranianos para curarlos en Tarará de los efectos de la radiación. Miles y miles de médicos, técnicos y enfermeros cubanos han trabajado en más de ciento sesenta países. A veces en los lugares más recónditos, desde Pakistán y Haití destruidos por sendos terremotos, hasta los confines más pobres de nuestra América. En Uruguay, el Hospital de Ojos José Martí ha devuelto la vista gratuitamente a miles de los más humildes ciudadanos de este país. La gente que ha entrado en contacto con los cubanos en cada una de esas gestas se encuentra personas buenas, sencillas, alegres, que practican la medicina con el corazón.

Hay algo profundo de la revolución que late en cada uno de esos gestos y que los cubanos llevan consigo a todos lados. Una forma de ser que pone al ser humano en el centro de todo. Ese es un legado que ha sobrevivido a las crisis y a las dificultades. Y vaya si es valioso... Más valioso aún en una época en que el lucro y el egoísmo se intentan imponer como valores supremos.

El mundo que enfrentamos es brutal y peligroso. Las desigualdades son abismales. El 10 % más rico concentra el 75 % de la riqueza, mientras la mitad más pobre posee solo el 2 %. La crisis climática se acelera. No hay manera de defender este sistema injusto e insostenible sin pasar a otra etapa más represiva. El sistema de reglas posterior a la Segunda Guerra Mundial no existe más. El imperio se comporta como un matón. Siempre lo hizo, pero hoy ni siquiera intenta camuflarlo. El genocidio de Israel y Estados Unidos en Gaza es el comienzo de una nueva era. Con la mayor impunidad, el imperialismo yanqui secuestra y asesina presidentes, bombardea, aterroriza pueblos enteros. Trump es el líder de un proceso autoritario de extrema derecha que abarca amplias zonas del mundo. En nuestro continente tenemos a Bolsonaro, a Bukele, a Kast, a Milei, a tantos criminales empoderados.

Hoy están asfixiando a Cuba. Hace tres meses que no entra petróleo. Los apagones duran más de veinticuatro horas y están en peligro la salud, la educación, la vida misma de su pueblo. Son tiempos muy difíciles. Cada año, en la ONU, una abrumadora mayoría de gobiernos del mundo vota contra el bloqueo. Pero hoy nadie se atreve a enviar petróleo. La cobardía reina. Los estadistas parecen no existir. Cuando los gobiernos abandonan, son los pueblos los que tienen que actuar. ¡Exijamos una actitud digna y coherente, que no se quede en palabras!

Defender hoy a Cuba no es solo un acto de elemental humanidad, no es solo agradecer la generosidad de su pueblo. Es también defender nuestra independencia y soberanía. Es parte de la lucha contra el neofascismo. Nadie crea que se puede enfrentar el fascismo mirando para el costado y pasando desapercibido. No nos queda otra que luchar. Por el futuro del mundo, por nuestros hijos y nietos.

Hay que defender a Cuba con los ojos abiertos, sin idealismos ni ingenuidades. Cuba es un pueblo hermano. Cuba es un símbolo. Cuba es una enseñanza. Cuando nos movilizamos contra su asfixia también estamos defendiendo el derecho de nuestros pueblos a su independencia y estamos siendo humanos.

Hoy, cuando el egoísmo parece dominar el mundo, ser solidarios, ser buenos es un acto militante. Hoy ser simplemente humanos es un acto revolucionario.
Defender a Cuba es defender a la humanidad.║

 

 


[1] Discurso pronunciado en el Paraninfo de la Universidad de la República, Uruguay, el 18 de marzo de 2026, revisado por el autor.


[2] Profesor del Instituto de Ingenieria Eléctrica, Facultad de Ingeniería, UdelaR.

 

 

 

Palabras clave:

Gregory Randall
Cuba

 

 

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