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nº 69, mayo 2026
x Lorena Vizcaíno Fernández[1]

Graciela Gómez Palacios es una psicóloga social y militante comunitaria. En esta charla, recorre su historia como quien hilvana memoria, lucha y ternura. Desde una infancia marcada por la solidaridad hasta décadas de trabajo barrial en Piedras Blancas, el barrio que adoptó y que la adoptó.
En su voz se revela cómo la comunidad organizada puede sostener, transformar y también interpelar al Estado. Entre aprendizajes, dolores y conquistas colectivas, pone en el centro a las infancias, a las mujeres y a esos saberes que nacen en el barrio y muchas veces quedan fuera de los márgenes institucionales. Una conversación íntima sobre el compromiso, los límites del rol profesional y la esperanza persistente de construir vidas más justas.
Una infancia marcada por la solidaridad
GGP.- Soy hija de una lavandera, planchadora y empleada doméstica y de un guarda de ómnibus.
Mi madre era una persona de un carácter a veces un poco difícil por su historia de vida, pero era una mujer de un gran corazón. A quien llegaba a mi casa, inmediatamente se le hacía la pregunta “¿comiste m’ijo?” o “¿comiste m’ija?”. Ella recibió en su casa personas de diferentes nacionalidades como si fueran hijos ─casi todos eran varones por eso digo “como hijos”─ y sin preguntar mucho. Algunas de esas personas tenían compromisos políticos fuera del país, algunos eran cubanos, otros venezolanos. Estoy hablando de fines de los 50 y comienzos de los años 60, Era un momento para Uruguay y para América Latina de nacimiento de diferentes movimientos políticos que luego resultaron en revoluciones. Ella los recibía y los protegía. Mi mamá había hecho la primaria, nada más.
Y mi padre era un hombre que había hecho la primaria, era hijo de una madre viuda con varios hijos, y no había podido seguir estudiando. Aprendió el oficio de escobero en su adolescencia. Era un gran lector, un grandísimo lector. Guarda de ómnibus, el que vendía los boletos, de pie, luego sentado gracias a la lucha sindical. Afiliado al Sindicato de CUTCSA (Compañía Uruguaya de Transportes Colectivos Sociedad Anónima), fue fundador de la Cooperativa del Transporte, una cooperativa de consumo de los trabajadores del transporte. A mi casa llegaba un camión con productos de la cooperativa. También fue miembro fundador de la Cooperativa de vivienda de CUTCSA. Todo eso conformó un conjunto de valores que me acompañaron durante todas mis actividades y trayectorias. La solidaridad y la comunidad, lo comunitario está de repente en esas raíces. Y sí, seguramente que lo que vivimos en las infancias nos va marcando un caminito. O sea que, capaz, todo eso sembró semillas.
Una madre adolescente llega a la Universidad
GGP.- Yo me recibí tarde, en el 86, un poco por mi trayectoria de vida, fui madre en el 71, cuando aún no se hablaba de maternidad adolescente, eso felizmente ha surgido después.
Fui mamá con 17 años, mamá soltera por decisiones y circunstancias de vida. Tuve el enorme paraguas de mi familia, para poder estudiar y hacer la crianza de mi primer hijo, sin ellos seguramente no hubiera sido posible. Después llegó un compañero de vida, que hoy me sigue acompañando, y me impulsó a seguir estudiando.
Me recibí después de haber nacido mi segundo hijo y mientras yo me iba a estudiar, el papá le daba la mema.
LVF.- Fue hace cuarenta años ¿no era muy común esto no?
No, incluso tengo una anécdota muy singular. Una vez mi compañero tuvo que llevar al niño a la pediatra, al Centro de Salud Nro. 6, que estaba en la calle 8 de Octubre de Montevideo, nos atendíamos por Asignaciones Familiares (institución de seguridad social, que daba una prestación de dinero mensual por niño, y exigía controles de salud) y la doctora lo destrató, no entendía que un padre llevara un bebé al control. Yo he sido un poco rupturista, casi siempre.
Cuando terminé mi formación como psicóloga ─en ese momento era Escuela de Psicología, no era facultad─ transité una etapa más freudiana, más psicoanalítica, pero no me completaba, sentía que me faltaba algo. Lo he revisado a lo largo de mi trayectoria profesional y he vuelto a pensar que la terapia individual tiene lo suyo y acompaña al individuo, para que luego su mejora personal pueda mejorar su entorno, su familia o su comunidad. Porque si el individuo mejora, puede mejorar su entorno.
Pero no me cerraba todavía, entonces hice una formación en psicología social, en la escuela Pichón Rivière, que también era incipiente en Uruguay. Y bueno ahí me sentí un poquito mejor, por lo menos más conforme con lo que yo sentía que debía hacer.
LVF.- ¿Qué sentías que debías hacer?
GGP.- Siempre he tratado de curarme del pecado de la omnipotencia. Creo que lo he logrado un poco, porque cuando una adquiere un saber, se siente que está como por encima de todo, “ahora ya sé, tengo este saber, tengo estas herramientas, y ya voy a poder con todo”.
Fui parte de la primera generación de gente que, en el año 80, no provenía de familia universitaria, yo era la hija de una empleada doméstica y un guarda de ómnibus.
LVF.- ¿Qué sensación recordás al empezar la universidad? ¿Qué significó a nivel familiar?
GGP.- A nivel familiar había una apuesta importante en mí, porque yo cursé la primaria con muy buenas notas, era abanderada. Pero luego, cuando eso se cortó con mi maternidad ─que de alguna manera fue un choque importante para la familia─, si bien hubo todo el apoyo, esperaban otra cosa de Graciela.
Entonces cuando se completó ese ciclo que esperaban, fue realmente muy bueno para ellos y muy bueno para mí. Poder devolver, de algún modo, algunas de esas expectativas que estaban puestas en mí y de mías propias.
Porque en algún momento también yo tuve esas expectativas, a los 16 o 17 años, y yo misma me las trunqué, junto con otro, no solo yo. Pero luego poder rehacerme, no sola, porque tampoco fue sola, debo mucho a mi familia y a mi compañero. Aunque no sea una deuda sino, simplemente, agradecimiento.
Yo soy medio atrevida, no conozco algunos cánones establecidos. No me hacía mucha mella no tener ni la misma ropa ni los mismos recursos económicos que otros ─tenía los mismos recursos intelectuales ya que habíamos recibido todos los mismos elementos─ así que me importaba tres pepinos no tener o tener menos.
Aunque, luego, en la inserción laboral, el no tener mayores respaldos de conocidos o contactos, sí era una diferencia. Pero tampoco los busqué, nunca los busqué. Ni en ese momento ni después. Nunca he buscado respaldo ni político, ni económico, simplemente me he limitado a hacer lo que sabía, lo que podía y lo que creía que debía.
Me ha guiado una frase. El psicólogo social Eduardo Pavlovsky tiene un artículo, donde dice, “¿Qué hacemos con lo que sabemos?”[2]
Creo que todos los que tenemos la posibilidad de adquirir saberes académicos, tecnológicos, en el área que sea, debemos plantearnos hacia dónde caminamos y qué hacemos con ese saber, y a partir de eso empiezo a buscar dónde insertarme laboralmente.
LVF.- Hasta ese momento, ¿qué hacías? ¿Cómo te ganabas la vida?
GGP.- Ayudé a mi madre en sus limpiezas, trabajé de dependienta de almacén, dependienta de panadería, de empleada doméstica, de obrera de fábrica en el área de perfumería, en fábrica de cerámica, de telefonista.
También fui encuestadora, como ya tenía cierta calificación educativa, tuve una posibilidad de un empleo un poquito mejor. Esa experiencia me sirvió también porque me puso en contacto con mucha gente, con muchas realidades.
LVF.- Y para la psicóloga social ¿Qué llegó primero?
GGP.- Empecé a capacitarme un poquito más en algún área. En ese momento había unas capacitaciones de prevención de VIH-SIDA. Hice esa capacitación a cargo del Instituto de Investigación y Desarrollo (IDES), y luego se me brindó una oportunidad laboral, dando talleres de prevención en VIH-SIDA. Era un momento en que VIH-SIDA era lo peorcito que le podía pasar a la humanidad. Entonces las campañas eran fuertes, estamos hablando de los años 90. Después de haber hecho la capacitación y de vernos accionar se nos ofreció la posibilidad de empezar a acompañar a los docentes y luego de dirigir los talleres a la comunidad en general. Recuerdo haber ido, por ejemplo, a Nueva Helvecia, a Artigas, a Tacuarembó y a varios lugares de Montevideo. También en esos talleres tuve oportunidad de conocer y trabajar en el año 1994 con la organización AMEPU (Asociación de Meretrices Profesionales del Uruguay) que se veía enfrentada a las dificultades en relación con el tema del VIH.
A su vez, en esos años, había ingresado por concurso de méritos a Enseñanza Secundaria. En los liceos todavía no existía lo que luego fueron los equipos multidisciplinarios. En ese momento era un programa que tomaba a psicólogos para dar lo que se llamaba Área IV o “dificultades múltiples”.
LVF.- ¿Era destinada para “los complicados”?
GGP.- Si, era para los “complicados”. Se esperaba que como psicólogos pudiéramos más, y se esperaba que fuera desde el área educativa. Ahí tuve que ponerme a leer y a capacitarme en el enfoque educativo.
Pero desde la institución se esperaba otra cosa. Se esperaba que el psicólogo actuara como tal con los alumnos. Entonces había unos “crujidos” terribles entre lo que esperaba Secundaria y lo que esperaba la dirección o los profesores del liceo. Y los alumnos, ni hablar, no sabían ni lo que esperaban ni a lo que venían. Como les decían que era psicóloga, la respuesta era un “yo no estoy loco”, eso era lo primerito que surgía.
Ahora ya no, con los años hemos transitado mucho por suerte y ya cuando te dicen de “ir al psicólogo”, ya no surge tanto. Pero igual surge.
LVF.- Una primera experiencia laboral pero en una institución tan grande y compleja como lo es el sistema educativo ¿Cuánto tiempo estuviste en ese rol?
GGP.- Hasta el 2000 estuve en Área IV. En ese tiempo el sistema educativo había cambiado un poquito los formatos, las necesidades habían obligado a mirar la realidad de la sociedad, de los alumnos y de los liceos de otra manera. Allí surge lo que empiezan a llamarse “equipos multidisciplinarios” que de acuerdo a los requerimientos del cargo se debía trabajar con alumnos, docentes y familias. En veinte horas semanales. ¿Una pavadita no? Fui nombrada ese año para el equipo multidisciplinario en el Liceo 40, en el barrio Peñarol de Montevideo.

Llavero del Liceo 40, barrio Peñarol, donde estaban los principales talleres y viviendas de ferroviarios del Uruguay
Debíamos presentar cada año un proyecto de trabajo y una evaluación del año para ser renovadas en el cargo. En ese año eran dos los liceos que tenían equipo multidisciplinario, era una experiencia en desarrollo de la cual fuimos precursoras.
Tuve la buenaventura de trabajar en equipo con Alba Scaldaferri, una “asistente social” ─porque en ese momento quienes eran “asistentes sociales” se siguen percibiendo así, aunque haya cambiado el título a “trabajadoras sociales”─ con una mirada comunitaria como la mía, compartíamos la visión de la comunidad educativa. Por eso fue una buena aventura, porque fue una aventura realmente muy buena.
En ese Liceo había una directora receptiva que permitió trabajar, y un equipo docente donde había algunos con resistencia y otros muy afines.
Recuerdo hasta ahora, el taller de presentación que hicimos con Alba, al equipo docente y lo que dibujamos para presentar en ese momento ─no había computadora─ así que hacíamos papelógrafos, que son un trozo de papel bastante largo ─de un metro aproximadamente─ donde se escribía o dibujaba lo que se quería presentar. Lo primero que dibujamos nosotras, fue una galera, una varita mágica y un conejo saliendo. Y le pusimos una cruz arriba como diciendo, “no somos magas”. No venimos a hacer magia, no podemos.
El hambre y un Plan Alimentario Liceal
LVF.- ¿Sabían lo que podía venir?
GGP.- Claro. Ya en el año 2000 se presentaban situaciones difíciles en los barrios, en las comunidades educativas, en los lugares. Porque vamos a no sorprendernos,
fue hace veintiséis años y estas realidades que hoy tenemos de violencia en niños y jóvenes, en las clases, la violencia de las familias hacia los docentes, en la escuela o en el liceo, no nacieron en el 2026.
Un ejemplo, las adscriptas y docentes veían a alumnos/as que se dormían en la clase o estaban de muy mal humor y era: “¡Derivarlos a la psicóloga ya!”
En las entrevistas que hacíamos en dupla con la asistente social surge el tema del hambre. Propusimos dar un desayuno o almuerzo, según el horario y la propuesta fue bien recibida por la dirección y la cantina del liceo que era quien debía dar ese apoyo.
Pero no había un lugar físico adecuado para que los alumnos comieran, si bien los docentes prestaban sus horas gratuitamente para acompañarlos, comer en el mostrador de la cantina les daba vergüenza porque otros compañeros les decían “comeguiso”, entonces por un periodo convertimos al laboratorio de química en comedor. Se mantuvo un tiempo esta experiencia y no continuó por todas las dificultades que implicaba. Era entre el 2000 y el 2002, con crisis mediante.
Ahí es cuando me pregunto ¿cuando se está planteando una reforma educativa y la reducción de la pobreza, será posible en el 2026 blindar las infancias y adolescencias? ¿que se instrumente un Plan Alimentario Liceal? Tener un espacio de comedor en los liceos con personal que lo atienda y por supuesto alimentos ¿Cuánto puede costar ese plan? Yo no lo sé, no soy economista pero invito a quienes están diseñando presupuestos hoy a pensarlo. Y una vez costeados, a buscar su financiamiento para ejecutarlo.
Hace veintiséis años ya se esperaba que cuando llegaran la psicóloga y la asistente social a un liceo, todos los problemas iban a desaparecer. Por eso fue esto de “no venimos a hacer magia”, venimos a apoyar, venimos a aprender junto con ustedes. Porque además ese programa de equipos multidisciplinarios recién arrancaba.
Trabajé hasta el 2008 en el Liceo 40. Tuve muy buenas experiencias y muchos dolores también.
Como buenas, hubo mucha receptividad de parte de casi todos los docentes, buena comunicación. Como mi compañera de equipo, la asistente social, también tenía una visión comunitaria, nos sumamos a lo que se empezaba a gestar como Grupo de Apoyo a Peñarol (GAP), que lo integraban también dos escuelas y algunas policlínicas de la zona, como la Policlínica Zully Sánchez.
Desde el 2001 nosotras ya estábamos en comunicación con las escuelas y tratando de que el tránsito del sexto año escolar a primero de liceo se hicieran de una manera más amable para los alumnos y las alumnas. Hablamos con las maestras de sexto y logramos que los alumnos de la escuela vinieran a conocer el liceo. También pudimos hacer charlas en la escuela donde, tanto algunos profesores del liceo como nosotras, fuimos a contarles cómo iba a ser el liceo y todo lo que cambiaba en su dinámica. Eso fue impresionante. La verdad que fue muy bueno.
También hubo momentos muy dolorosos, nos tocó vivir una situación realmente terrible para el liceo, donde fallecieron tres alumnos en un paseo, de una manera accidental, en el río Santa Lucía. En ese momento hubo que dar apoyo a los profesores, a las familias, a las clases, a las alumnas. Fue muy doloroso.
Por eso digo siempre que mi tránsito por el Liceo 40 fue maravilloso y de muchísimo aprendizaje en un aspecto y en el otro, tanto en lo muy bueno como malo. Porque luego de ese suceso, quedé signada para la coordinación de los equipos multidisciplinarios, porque tiempo después se repitió un suceso similar en el liceo de La Paz y me llamaron para asignarme unas horas allí para apoyar en esa otra situación tan dolorosa.
Ahora con infancias y adolescencias
LVF.- Con esa mirada comunitaria que siempre tuviste, y que construiste también, de habitar ciertos lugares y no otros, ¿cómo llega Piedras Blancas a tu vida y tu vínculo con las infancias que ha sido algo tan importante en tu vida profesional?
GGP.- En el 94 yo me mudé con mi familia a Piedras Blancas, un barrio suburbano de Montevideo, con pocos servicios, con muchas carencias de todo tipo. Pero de todas maneras para mí fue maravilloso.
Ya allí, un día en una actividad de uno de mis hijos, conversando con las mamás, conocí a una compañera y actualmente amiga de vida, Pelusa Alfaro, que llevaba también a sus hijos. Pelusa vivía desde su infancia en Piedras Blancas, conocía y conoce muchísimo el barrio, y tenía también inquietudes respecto a lo que pasaba en el barrio.
Luego, se sumaron con otras personas que tenían esas mismas inquietudes y llegamos a unir varias voluntades que hicieron surgir una Organización No Gubernamental (ONG) que se denominó Investigación y Proyectos (INPRO- estilo de vida).
Al comienzo, esa ONG no tenía ninguna financiación, ni religiosa, ni política ni institucional, solo la buena voluntad y el gran corazón de todos lo que la integramos. Mucho de lo que hice, lo hice gracias a los compañeros y compañeras que me acompañaron y agradezco mucho eso.
Empezamos a ver qué hacíamos. La gran preocupación de todos eran las situaciones que se veían vivir en Piedras Blancas. Porque no era lo que es hoy, había una clase media y había varios bolsones de pobreza preexistentes que aumentaron luego con migraciones de otros barrios.
La preocupación de los amigos y compañeros de la ONG era mejorar las condiciones de vida de todos los habitantes de la zona, no solo de los que estaban en condiciones de pobreza. Éramos también muy soñadores y muy ambiciosos, pensando que podíamos hacer varias cosas por el barrio.
Se hicieron muchas, como uno de los primeros centros Centro de Atención a la Infancia y Familia (CAIF) Los fueguitos, financiado por el Instituto Nacional del Menor (INAME)[3] fue administrado por INPRO, creo que era el segundo que hubo en el barrio, que quedaba en Camino Repetto y Francisca Barroso. Ese CAIF fue nuestro primer paso.
Pero aspirábamos a hacer un Centro de Referencia para infancias, que prosiguiera la etapa de CAIF y atendiera a niños de más de 5 años. Estuvimos varios meses elaborando el proyecto para presentar al INAME. Trabajamos mucho, muchas noches escribiendo, discutiendo, qué era lo que queríamos.
En principio fue un Centro de Referencia Familiar, porque pensábamos en las familias. Pensábamos que si bien el niño podía ser el foco y el emergente de problemáticas, había que atender a la familia en todas sus necesidades. Nos aprobaron el proyecto, pero no teníamos lugar físico.
LVF.- Pequeño problema
GGP.- Éramos un Centro sin centro. Tuvimos ofrecimientos de inmuebles desocupados de gente conocida, incluso de una ex maestra de la zona. Pero justo ahí nos enteramos que había una casa que antes fue hogar del INAME que dejó de funcionar y estaba desocupada.
Entonces pedimos esa casa en comodato. Pasaron varios meses entre tratativas, trámites y papeleos, pero finalmente, tuvimos casa.
Una casa pelada, sin muebles, sin cocina, sin nada. Y nosotros, grandes soñadores, pretendíamos atender a las familias. Gracias a un equipo impresionante de gente, que trajo garrafa, ollas, sillas, una mesa y empezamos a funcionar.
Allí fui la coordinadora del Centro, porque INAME exigía a alguien con título universitario para poder hacer la coordinación. Fueron tiempos de mucho esfuerzo, porque ya trabajaba en Peñarol y en Piedras Blancas. Iba de mañana al liceo y de tarde al Centro de Referencia Familiar.
El Centro funcionó un año, no mucho más. Porque el INAME creó luego Centros de referencia familiar. Entonces no podía haber una entidad privada que tuviera el mismo nombre que las oficiales que la siguieron. Entonces allí empezamos a preguntarnos ¿Y qué somos? ¿qué no somos? ¿qué haremos? ¿podemos? Entonces nos decidimos por un “Club de niños”.
Convenio del INAME con INPRO, Foto de Lorena Vizcaíno Fernández
LVF.- Nace el Club de Niños “Acuarela”
Al igual que como en el Centro de Referencia Familiar, el Club de Niños también atendió la pobreza. Esta pobreza que tenemos hoy y que decimos que nos avergüenza y a la que hay que erradicar, no surge ahora. No se trata de señalar responsables, no tengo la capacidad, pero creo que las políticas públicas aplicadas a las infancias y a las adolescencias han sido dispersas, no han sido suficientes y hoy nos encontramos con cifras terribles.
Se habla de darle un énfasis ahora, pero ya hubo énfasis. En el Club de niños, por ejemplo, existió lo que se llamaba el Proyecto 300, se llamaba así porque era para trescientos niños de todo el Uruguay. Pensemos cuántos niños había en el Uruguay de esa época y en lo terrible que era para quienes estábamos trabajando en las instituciones, elegir entre los treinta niños, de un Club de niños que tenía ese cupo, quién se merecía recibir unos vales, que eran unos tickets, de los que en esa época INAME no exigía contraprestación.
Gran discusión dentro del equipo, si teníamos que exigirlas o no. He encontrado en algunas carpetas que tengo por ahí, apuntes de las reuniones de equipo, las discusiones que teníamos, si era con o sin contraprestación, como la asistencia al Club de Niños y a la escuela.
Luego de mucha discusión, definimos no exigir contraprestación. Se trataba de hablar con la familia y decirle: “mira, tú vas a recibir esto y te vamos a pedir que cuando compres nos traigas el ticket, o comprobante de la compra. Eso sí lo pedía INAME, habiendo artículos que no se podían comprar, tenían que ser alimentos o artículos de higiene.
Siempre interpela y es muy discutible que sea una institución le administre la plata a la familia. Si yo como coordinadora de un proyecto puedo decirle “¿cómo tú compraste cigarros?, ¡Ay que horrible!, le estás sacando la leche a tus niños”. Por eso siempre digo, que en este tipo de trabajo siempre tenemos que pensar, cómo debemos ser y actuar.
Esas experiencias me enseñaron muchísimo, tanto en estos trabajos como en el apoyo comunitario que hice en la Comuna Mujer del Centro Comunal Nº10 de la Intendencia de Montevideo (barrios Piedras Blancas, Manga y Toledo Chico).
Acuarela, Foto de Lorena Vizcaíno Fernández
Aprendí tolerancia, a no juzgar, a comprender otras necesidades que no eran las
mías. Hice varios posgrados ahí. Pero principalmente, aprendí que aquellos llamados “sin recursos" tienen muchos recursos, diferentes a los que podemos tener nosotros, los que vivimos una vida en la que abrimos la canilla y tenemos agua, o apretamos un botón y tenemos luz, que tenemos el dinero para comprar, más o menos, nuestros alimentos.
Desde el lenguaje profesional se hablaba de las personas “sin recursos”, y no señor, no es que no tengan recursos. Tienen otros recursos y transitan la vida y las dificultades de formas diferentes a como lo hacemos los que tenemos unos recursos económicos más, pero tal vez de pronto no tenemos los recursos de fortaleza psicológicos y emocionales que tienen esos que llamamos “sin recursos”.
Todo este tránsito por diferentes lugares de la profesión, tanto con las infancias y adolescencias como con las mujeres en la Comuna Mujer me brindaron muchas satisfacciones y muchas angustias que traté por mucho de no permearlos a mi vida familiar, pero que era imposible que no se no se reflejaran allí. Seguramente mis hijos y mi compañero, hayan tenido que sufrir o bancarme tristezas, mal humores, angustias. Y mi cuerpo también tuvo que bancar, pero bueno, acá estoy y, al mismo tiempo, que me siento muy satisfecha de ese recorrido estoy también muy insatisfecha, porque me siguen doliendo las infancias vulneradas y la inacción de los actores políticos públicos y privados también.
Red de Infancia y Adolescencia
LVF.- ¿Esa inacción, que tampoco es de ahora, fue lo que los hizo juntarse y armar una red barrial para buscar respuestas conjuntas?
GGP.- Sí, a partir de los años 2000 fundamos la Red de Infancia y Adolescencia de Piedras Blancas y Manga, cuando otras ONGs y otros actores comenzaron a trabajar en la zona. Algunas de las que recuerdo como fundadores de la Red fueron la ONG INPRO con el Club de Niños Acuarela, el CAIF Los Fueguitos, la Asociación Cristiana de Jóvenes (ACJ) con la Casa Joven de Piedras Blancas y Gurises Unidos, que funda el programa Calle y un programa de acompañamiento conocido como La cabaña de Manga, que empieza a trabajar en las vivencias que aparecían en la calle.
Empezaron a hacerse más visibles situaciones de niños, niñas y adolescentes que trabajaban en la calle vendiendo caramelos, vendiendo droga y vendiendo su cuerpo también, porque ya había situaciones de explotación sexual infantil y adolescente en la zona. Estoy hablando del año 2000, en pleno advenimiento de la crisis económica.
Luego también se integran a la Red centros educativos formales como la Escuela Nº 66, Escuela Nº 119, Escuela Nº 299, el Liceo Nº 39, la Universidad del Trabajo del Uruguay (UTU) de Piedras Blancas y la Policía Comunitaria.
En esta red organizada, al principio todas nuestras horas de trabajo eran honorarias. En ese entonces, los formularios con los cuales las instituciones estatales evaluaban los proyectos, como lo era el INAME, en nuestro caso del Club de Niños, contenían muchos ítems pero ninguno de ellos refería a la participación comunitaria. Fue gracias a que la participación en redes comunitarias se empezó a señalar en los informes de la asistente social Raquel Arellano del Club de Niños Acuarela, y de otras instituciones participantes, que el INAME comenzó a contemplar el ítem de participación comunitaria en sus evaluaciones. O sea que, ¿cuánto hace el movimiento de bases o el movimiento de los actores sociales comunitarios para ayudar a que desde las instituciones haya movimientos que empiecen a mirar también a lo comunitario y no solo al niño como si estuviese aislado? Felizmente la Red de Infancia y Adolescencia sigue funcionando. Me congratulo de ello.
Comuna Mujer
Acceso al local de la Comuna Mujer del 10 en la calle Capitán Tula esquina Belloni, Foto de la entrevistada
LVF.- Mencionaste a la Comuna Mujer Nro.10 ¿cómo empieza el trabajo con las mujeres de tu barrio? ¿Cómo entra esa militancia feminista a tu vida?
GGP.- Capaz que tiene que ver con mi historia personal de madre adolescente. Que luego de varios años repienso, después de terapias lo reveo y veo que fui una adolescente vulnerada que debió ser apoyada y que fue apoyada por su familia totalmente, pero también en esa historia hubo un varón que no se hizo cargo de nada. Seguramente tiene que ver con eso.
Hay también una anécdota que me marcó y fue una conversación con una vecina que había tenido que ir a abortar a Río Branco. Mientras nuestros hijos jugaban, le pregunté qué le pasaba y me cuenta esa historia, yo le cuento una situación mía similar, todo medio entre líneas, era la época del aborto clandestino. No existía aún la ley de interrupción voluntaria del embarazo. El IVE. Porque no tenemos que decir más “Ley de aborto”, tenemos que decir: “Interrupción Voluntaria del Embarazo”.
Yo escribí acerca de esto en un artículo de Librevista. Cuando las mujeres íbamos a abortar no sabíamos siquiera si volvíamos a nuestro hogar. Si el médico iba preso, íbamos presas las mujeres que estábamos en ese momento en la clínica. O sea que cuando una se despedía de sus hijos ─si ya los tenía─, de su compañero, o de su mamá, le decía “chau”, no sabía si volvía, porque además también podías morirte. Además de tener que pagar muchísimo dinero, corrías todos esos riesgos.
LVF.- Ese acompañamiento que fue más allá de la Graciela psicóloga, implicó un acompañamiento desde lo humano, desde una Graciela mujer, dispuesta a apoyar a otras mujeres ¿no?
GGP.- Sí. Era la suma de muchas cosas. Por un lado mii experiencia personal sumada a esa conversación que me sacudió. Por otro, el acercamiento a las vidas difíciles de algunas mujeres por su actividad en los talleres de prevención en VIH, más todas las situaciones que se me planteaban en el Club de Niños de violencias en los hogares y con las mamás casi siempre solas y a cargo de todo.
También realicé una formación como Educadora Sexual que me puso en contacto con formas de violencia, sobre todo hacia mujeres.
Todo eso junto, en un contexto donde se daba una apertura de los centros comunales a la comunidad, en un momento político donde se llamaba fuertemente a los vecinos a la participación.
Otra vez me dije “a ver Graciela, otra vez, ¿qué hacemos con lo que sabemos? Tenés algunas herramientas”.
LVF.- En este caso era además de con lo que sabemos, qué hacemos con lo que somos.
GGP.- Era mente, cuerpo y corazón. Entonces allá marché hacia el Centro Comunal. Encontré a Adriana Aguete, una asistente social receptiva que me escuchó y me dijo que había algunas otras mujeres que también estaban pensando en hacer algo.
No estábamos solo las mujeres. Era muy efervescente el momento. Había vecinos y vecinas pensando en cultura, en ambiente y en qué se podía hacer por el barrio.
Uno de esos vecinos era el Pãe Armando Ayala, que tenía un predicamento importante en la zona y convocaba a vecinos y vecinas por su carisma y por su religiosidad y tenía muchos vínculos en el barrio. Él también se puso a conversar con las mujeres y a preguntarse “¿y qué hacemos?”.
En la Intendencia de Montevideo estaba la lo que se llamaba Secretaría de la Mujer, y desde allí se estaba pensando en diseñar planes. Ya se había inaugurado el programa Comuna Mujer.
Entonces pensamos con otras vecinas en contar con ese programa en el barrio. Recuerdo a Margarita, Pelusa, Nilda, Sandra, Margot. Todas mujeres de diferentes edades, de distintos lugares del barrio y de diversas orientaciones político partidarias. Pero a todas nos preocupaba la situación de las mujeres, las violencias y la pobreza de las mujeres.
Junto con la asistente social del Centro Comunal, Adriana, que nos escuchó, nos acompañó y nos ayudó, preparamos un documento para presentar en la Secretaría de la Mujer de la Intendencia y de allí salió el proyecto inicial de la Comuna Mujer del Zonal 10, una de las dos primeras.
La fundamentación del proyecto de las Comunas Mujer es la atención a las mujeres que padecen violencia de género. Pero que, para que existiera, tenía que haber un grupo de mujeres referentes que apoyaran el servicio. Esa era la condición.
En principio el proyecto fue aprobado y la atención era solo asesoría legal. Era un convenio con asociaciones civiles privadas a las cuales la Intendencia pagaba. Quien empezó el proyecto en la zona fue el Instituto Mujer y Sociedad, que, además de la asesoría legal a las mujeres víctimas de violencia, brindó tanto al grupo de mujeres referentes como a otras vecinas una capacitación sobre la ley de violencia doméstica, sobre cómo acompañar.
Pero claro, una cosa es que te digan y otra es lo que pasa al estar ahí cuando una mujer llegaba a la hora de la atención con los ojos morados. ¿Y vos ahí qué hacías? Y bueno, la escuchabas, tratabas de entender qué le pasaba en ese momento.
Creo que quienes atendíamos a veces éramos todavía un poco rígidas y pese a que ya dije que aprendí a no juzgar, tampoco era tan fácil no hacerlo. Pero bueno, de todas maneras ahí empezamos entre todas a sostener a estas mujeres.
Aprendimos que llorar juntas a veces ayudaba y a veces no, que a veces había que tener cuidado con lo que se les preguntaba o con lo que se le respondía, teníamos que actuar con mucho cuidado. Fue un enorme aprendizaje también.
Hoy las Comunas Mujer siguen funcionando. Aunque ya no hay vecinas en la puerta, ahora hay una recepcionista con sueldo. Pero durante muchos años, tanto en la Comuna Mujer del 10 como en las otras Comunas, las mujeres referentes hicimos trabajo honorario, con todo el corazón. No es un reproche, simplemente es como sucedió.
Otra de las cosas que surgió, hablando con las abogadas que estaban en ese entonces, era que nosotras podíamos conversar con la mujer y darle un apoyo pero que ella precisaba otras cosas, y eso también lo veían las abogadas.
Aprovechamos que todas las Comunas éramos recibidas en la Secretaría de la Mujer, para poder trasladar esa demanda. Cinco años después se integró una asistente social al equipo de atención y posteriormente se integró también una psicóloga. Aquí una vez más sucede lo que mencionaba antes: la visión comunitaria de las vecinas y también de las profesionales que estaban actuando.
Entendimos que la intervención de las vecinas no era suficiente para esas mujeres, lo hacíamos como podíamos. Y después así quedábamos, porque toda esa angustia se nos quedaba en nosotras, lo conversábamos entre nosotras y con Adriana durante muchos años, luego con la trabajadora social Miriam Lautaret durante otros años. Pero bueno el objetivo de que había que apoyar a esas mujeres de otra manera se consiguió. Ahí reafirmamos como la visión desde el territorio, desde lo comunitario, construye las políticas públicas. No digo que sea exclusivo, pero nos retroalimentamos, así debería ser.
El Grupo de Mujeres del Zonal 10
Parte del grupo de Mujeres del 10, Foto de la entrevistada
LVF.- En ese marco del apoyo en la Comuna, empiezan también a pasar otras cosas. Unas cuantas vecinas, entre ellas vos, conformaron el Grupo de mujeres de la zona 10. En esos encuentros de mujeres, empezaron a pasar otras cosas, había otras inquietudes, otras batallas que dar, y estaba la necesidad de canalizar todo eso que ustedes veían en el acompañamiento ¿Cómo viviste esa etapa?
GGP.- Queríamos más. Queríamos que nos escucharan, que nos vieran, hacernos visibles. Entonces empezamos a hacer. Organizamos charlas y talleres en otros lugares del barrio (por ejemplo uno de prevención de VIH que hicimos en la Biblioteca Batlle y Ordóñez). Aprovechamos el recurso de la radio comunitaria Del Carmen 105.3 FM y empezamos a contar con un espacio radial que mantuvimos durante dos años con Alba Jesús y otras compañeras. Un desafío terrible lo de la radio, porque ninguna sabía hablarle a un micrófono, pero nos acompañaron la becaria de Comunicación del Centro Comunal Lorena Vizcaíno y Miriam Lautaret. Aprendimos con ellas a hablarle al micrófono, a manejar una computadora, a planificar qué decirle a los vecinos y a las vecinas que escuchaban la radio. Hicimos hasta una intervención pública en el medio de Piedras Blancas para el 25 de noviembre para visibilizar la problemática de violencia de género.
LVF.- Después de pasar por todos estos lugares ¿Qué desafíos crees que empezaron a tener los grupos de vecinos, y los espacios comunitarios, una vez que el Estado fue tomando sus ideas e institucionalizando un montón de espacios a nivel comunitario?
GGP.- Los desafíos, me parece, son la escucha, la interrelación y los recursos económicos.
A veces creo que, aún con la importancia que se le ha dado a lo comunitario, a los movimientos sociales, a los movimientos de mujeres, a los movimientos ambientales, aún es difícil traspasar algunas barreras burocráticas e institucionales. Aún sigue pesando el título. Aún sigue pesando el que tengas un currículum.
Un ejemplo, en el mismo local hay un equipo psicosocial y jurídico, y también conviven talleres que brindan diferentes mujeres para las vecinas del barrio. Todas esas mujeres tienen su saber.
Las talleristas tienen el saber que necesitan para llevar adelante un espacio de yoga, de fabricación de artesanías en vidrio, cuero, cartones, maderas, de cuidado de la salud física, de prevención de violencias obstétricas, de crochet o de zumba, que involucran muchas mujeres del barrio. Imagínate entonces ¿cuánto se amplifica también desde allí? Muchísimo.
Taller de zumba y Taller de crochet de la Comuna Mujer del 10 (2024)
Entonces, ese es un desafío. La escucha y el intercambio entre actores
comunitarios y la llamada “academia” o lo “técnico”. Hay otras instituciones en el barrio donde esos saberes conviven, por ejemplo, el SACUDE (Salud, Cultura y Deporte, centro comunitario de la zona de Gruta de Lourdes), el de Casavalle, en donde hay diferentes actividades y propuestas que no son solo institucionales.
Hay vecinos proponiendo la escucha y la retribución paga para algunos de los actores comunitarios que no son ni profesores, ni psicólogos sino que tienen otros saberes importantes para la comunidad, y esto no quiere decir que va a dejar de existir lo voluntario.
El otro desafío son los recursos económicos. Como ya dije, en el 2000 llegan a Piedras Blancas varias asociaciones civiles con la intención de mejorar la calidad de vida de niños, niñas y adolescentes de la zona. Y hoy, veintiséis años después, estamos igual o peor.
LVF.- ¿Cómo hacemos entonces?
GGP.- Yo tengo algunas ideas de donde poder sacar esos recursos. No solo la pobreza ha crecido en Piedras Blancas, también hay un gran núcleo de gente con trabajo formal e informal de medianos recursos lo cual ha hecho crecer en forma exponencial los comercios. Comercios de gran superficie, de marcas que podés encontrar en los shopping y que venden muy bien en la zona, no son tontos, no van a venir a instalarse solo para que les roben, de lo que tanto se quejan. Algo ganarán. Hay que ver los días de cobro de jubilaciones, de asignaciones y tarjetas sociales en los comercios llenos. Así que perfectamente podríamos pedirles que devuelvan parte de lo que ganan gracias a la gente del barrio, para contribuir a mejorarlo. ¿O es muy loco lo mío?
Piedras Blancas ha crecido demográficamente de manera exponencial. Digo Piedras Blancas porque es lo que conozco, pero sé que no es sólo allí. Esos que llamamos pobres, son los que sustentan demográficamente a nuestro país, donde las mujeres tienen más de un hijo. Y un país que no crece demográficamente tiende a desaparecer.
Porque si nos quedamos todos los viejitos vamos a terminar como los pueblos de España, que son cuarenta y están pidiendo gente. Y ese pueblo se murió porque los cuarenta no pueden sustentarlo y al final el pueblo se cierra, así como se cierran acá escuelas porque no se anotan niños. Pero eso no pasa en Piedras Blancas. Las escuelas están superpobladas, no están dando abasto.
Entonces sería bueno volver a mapear la zona —Piedras Blancas, Manga, Toledo Chico—, y digo volver porque esto ya se ha hecho. Consultar a las organizaciones barriales, al Centro Comunal Zonal (CCZ) de la Intendencia, a las escuelas, liceos y policlínicas, para conocer la población y las necesidades reales. ¿Cuántos asentamientos hay? El CCZ lo sabe.
A partir de allí, ver cuántos niños, niñas y adolescentes hay y, tal vez, audazmente, pensar en una Renta Básica para ellos. Hacer números con datos concretos ayuda también a pensar las finanzas. No sé cuántos millones serían dentro del presupuesto nacional, pero sí sé que, cuando estas niñeces y adolescencias lleguen a la adultez, van a pesar mucho más sobre los planes asistenciales. Y si tristemente terminan llegando al sistema carcelario, el costo será aún mayor, económicamente y también en nuestras conciencias.
¿Cuántas escuelas más se necesitan para que aprendan mejor? ¿Otra UTU? ¿Liceos de tiempo completo de una vez? ¿Comedores? Hay que hacer las cuentas junto con la gente que conoce el barrio, ver cuánto cuesta y después buscar las formas de financiación. No podemos seguir esperando veintiséis años más.
Por eso hablo de la escucha. De la escucha y de puesta en práctica. Porque hay que hablar y escribir, pero luego hay que accionar.
LVF.- Para cerrar, hablamos de tristezas y dolores, pero ¿cuál es el respiro que te lleva a tener ganas de seguir sumando esfuerzos para que la comunidad esté presente en los espacios? ¿Es Graciela la soñadora que sigue estando ahí?
GGP.- Antes decía que la Red de Infancia y adolescencia sigue funcionando, sigue estando ahí, eso para mí es una gratificación impresionante. El Club de Niños sigue funcionando. Está ahí y estoy en comunicación con ellos, me comentan cosas, me invitan a ir. La Comuna Mujer también sigue funcionando.
De izquierda a derecha, Graciela Gómez Palacios, Pelusa Alfaro y Marisa Silva.
En la pared, placa “A las Comuneras por su lucha de veinticinco años”, Foto en un 8 de marzo (2022).
Me impulsa también el sueño de que sigan mejorando, de apoyar de la manera que pueda, mientras pueda. A veces puedo menos, a veces puedo más. Pero me encanta.
Cuando hago retrospectiva me asusta un poco el haber tenido poder, de pronto un poder que pudo haber torcido vidas. Eso me asusta un poco porque cuando estás en esos lugares, a veces una decisión o una palabra puede hacer cambiar los rumbos de las vidas, y eso me asusta un poco. Pero, tengo algunos vislumbres de buenas vidas de algunos. Sé que algunos niños y adolescentes han tenido buenas vidas. Me siguen impulsando los sueños de mejores vidas. Y no solo para mí, pero sobre todo en una mejor vida para todos. Me siguen doliendo las infancias, sobre todo las infancias y las adolescencias sufrientes. ¿Por qué un adolescente quiere ser un animal? ¿Es tan mala la humanidad que un adolescente quiere ser un animal? No puede ser, no puede estar pasando.
De todas maneras me pregunto ¿Qué le pasó o qué podemos hacer? Sigo pensando en qué puedo hacer. Se ve que no me curé de la omnipotencia. ║
[1] Nacida en Piedras Blancas, barrio en el noroeste de Montevideo, en 1985. Licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de la República. Militante social y sindical.
[2] Eduardo Pavlovsky, ¿Qué hacemos con lo que sabemos? El problema del intelectual en Latinoamérica, https://milnovecientossesentayocho.blogspot.com/2015/02/coleccion-lo-grupal-que-hacemos-con-lo.html (abril 2026)
[3] Actualmente Instituto del Niño y Adolescente del Uruguay (INAU)
Palabras clave:
Graciela Gomez Palacios
Lorena Vizcaino Fernandez
Mujeres
Infancias
Adolescencias
www.librevista.com
nº 69, mayo 2026