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nº 67, diciembre 2025

La tercera ola

(Introducción del libro y comentario del editor de librevista al final)

x Alvin Toffler[1]


Utopía según propuestas de Robert Owen. Fuente: Wikipedia

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Para Heidi
Cuyos argumentos persuasivos me ayudaron a decidir la escritura de
La Tercera Ola. Su duro y tenaz criticismo de mis ideas y su profesionalismo como editora están reflejados en cada página.
Sus contribuciones a este libro se extienden más allá de lo que se esperaría de un colega, una compañía intelectual, amiga, amante y esposa.

¿Hemos venido aquí para reír o para llorar?
¿Estamos muriendo, o estamos naciendo?
Carlos Fuentes, en Terra nostra

 

Introducción

En una época en que los terroristas practican juegos de muerte con rehenes; cuando las monedas caen entre rumores de una Tercera Guerra Mundial, arden las Embajadas y tropas invasoras agreden el suelo de numerosos países, nosotros contemplamos, horrorizados, los titulares de los periódicos. El precio del oro —ese sensible barómetro del miedo— bate todos los récords. Tiemblan los Bancos. La inflación se dispara, incontrolada. Y los Gobiernos del mundo quedan reducidos a la parálisis o la imbecilidad.
Ante todo esto, un apretado coro de Casandras llena el aire con sus agoreros cantos. El hombre de la calle dice que el mundo “se ha vuelto loco”, mientras que el experto señala todas las tendencias que conducen a la catástrofe.
Este libro presenta una perspectiva completamente distinta.
Sostiene que el mundo no se ha extraviado en la insania y que, de hecho, bajo el tumulto y el ruido de acontecimientos aparentemente desprovistos de sentido, yace una sorprendente pauta, potencialmente llena de esperanza. Este libro versa sobre esa pauta y esa esperanza.
La tercera ola es para los que creen que la historia humana, lejos de concluir, no ha hecho sino empezar.

Una poderosa marea se está alzando hoy sobre gran parte del mundo, creando un nuevo, y a menudo bizarro entorno en el que trabajar, jugar, casarse, criar hijos o retirarse. En ese desconcertante contexto, los hombres de negocios nadan contra corrientes económicas sumamente erráticas; los políticos ven a sus posiciones ir arriba y abajo; universidades, hospitales y otras instituciones luchan desesperadamente contra la inflación. Los sistemas de valores se resquebrajan y hunden, mientras los botes salvavidas de la familia, la Iglesia y el Estado, se balancean a impulsos de tremendas sacudidas.

Al contemplar estos violentos cambios, podemos considerarlos como pruebas aisladas de inestabilidad, derrumbe y desastre. Pero si retrocedemos para disponer de mayor perspectiva, acaban evidenciándose varias cosas que, de otro modo, pasan inadvertidas.
Para empezar, muchos de los cambios actuales no son independientes entre sí. No son fruto del azar. Por ejemplo, la quiebra de la familia nuclear, la crisis mundial de la energía, la difusión de cultos y de la televisión por cable, el incremento del horario flexible y los nuevos conjuntos de beneficios marginales, la aparición de movimientos separatistas desde Quebec hasta Córcega, tal vez parezcan acontecimientos aislados. Sin embargo, lo cierto es lo contrario. Estos y muchos otros acontecimientos o tendencias aparentemente inconexos se hallan relacionados entre sí. Son aspectos de un fenómeno mucho más amplio: la muerte del industrialismo y el nacimiento de una nueva civilización.
Si los consideramos como cambios aislados y dejamos que se nos escape su más amplio significado, no es posible planear una respuesta coherente y eficaz a los mismos. Como individuos, nuestras decisiones personales carecen de objetivo o se hallan impregnadas de un carácter autocancelador. Como gobiernos, vamos dando tumbos de crisis a programas salvadores, avanzando a bandazos en el futuro, sin plan, sin esperanza, sin visión.
Al carecer de un conjunto de herramientas sistemáticas para comprender el choque de fuerzas que se produce en el mundo actual, somos como los tripulantes de un barco atrapado en una tempestad y tratando de navegar sin brújula ni mapa por entre peligrosos arrecifes. En una cultura de especialidades enfrentadas, ahogada bajo datos fragmentados y analiticidad, la síntesis no es solamente útil, es crucial.

Por esta razón, La tercera ola es un libro de síntesis a gran escala. Describe la vieja civilización, en la que muchos de nosotros hemos crecido, y presenta una comprensiva imagen de la nueva civilización que se está gestando entre nosotros.
Es tan profundamente revolucionaria esta nueva civilización, que cuestiona las viejas presuposiciones. Las viejas formas de pensar, las viejas fórmulas, dogmas e ideologías, por más queribles o útiles que hayan sido en el pasado, no se adecuan ya a los hechos. El mundo que está rápidamente emergiendo del choque de nuevos valores y tecnologías, nuevas relaciones geopolíticas, nuevos estilos de vida y modos de comunicación, exige ideas y analogías, clasificaciones y conceptos completamente nuevos. No podemos encerrar el mundo embrionario de mañana en los esquemas convencionales de ayer. Y tampoco son apropiadas las actitudes o posturas ortodoxas.

Así, pues, a medida que la descripción de esta extraña nueva civilización vaya desplegándose en estas páginas, encontraremos razones para desafiar el pesimismo chic que tanto predomina hoy. La desesperación —vendedora y auto-complaciente— ha dominado la cultura durante una década o más. La tercera ola concluye que la desesperación no sólo es un pecado (como dijo creo que fue C. P. Snow), sino que, además, está injustificada.
No estoy bajo los efectos de ninguna ilusión como las que expresaba Pollyana (una niña optimista en la literatura y el cine del momento –ed.). No es preciso hoy en día insistir en los auténticos peligros a que nos enfrentamos —desde la aniquilación nuclear y el desastre ecológico, hasta el fanatismo racial o la violencia regional. Yo mismo he escrito acerca de esos peligros en el pasado y, sin duda, volveré a hacerlo. Guerra, cataclismo económico, desastre tecnológico a gran escala...cualquiera de estas cosas podría alterar la historia futura de manera catastrófica.
Sin embargo, al explorar las numerosas nuevas relaciones que están surgiendo —entre cambiantes pautas de energía y nuevas formas de vida familiar, o entre avanzados métodos manufactureros y el movimiento de autoayuda, por mencionar sólo unas
pocas—, descubrimos de pronto que muchas de las mismas condiciones que producen los más grandes peligros de hoy abren fascinantes potencialidades nuevas.
La tercera ola nos muestra esas nuevas potencialidades. Sostiene que, en medio de la ruina y decaecimiento, podemos encontrar ahora sorprendentes pruebas de nacimiento y vida. Demuestra claramente, y creo indiscutiblemente, que —con inteligencia y un poco de suerte— puede lograrse que la civilización que está surgiendo sea más sana, razonable y defendible, más decente y más democrática que ninguna que hayamos conocido jamás.
Si el razonamiento central de este libro es correcto, existen poderosas razones para un optimismo a largo plazo, aunque los años de transición inmediatamente venideros sean tormentosos y sometidos a crisis.

Mientras trabajaba en La tercera ola durante los últimos años, los asistentes a mis conferencias me preguntaron repetidamente acerca de las diferencias con mi anterior obra El shock del futuro.
Autores y lectores no ven de la misma manera a un libro. Yo considero La tercera ola radicalmente distinta de El shock del futuro, tanto por la forma como por su foco. En primer lugar, abarca una extensión de tiempo mucho mayor de pasado, además de futuro. Es más prescriptivo, su arquitectura es diferente. (El lector perceptivo advertirá que su estructura señala un reflejo de su metáfora central, el choque de olas).
Sustantivamente, las diferencias son aún más acusadas. El shock del futuro hacía hincapié en los costes personales y sociales del cambio. La tercera ola, aunque tomando nota de las dificultades de adaptación, enfatiza en los costos, igualmente importantes, de no hacer los cambios con la necesaria rapidez.
Además, mientras que en el libro anterior hablaba de la “prematura llegada del futuro”, no intentaba bosquejar en él la sociedad emergente del futuro en forma comprensiva o sistemática. El foco del libro eran los procesos del cambio, no la dirección del cambio.
En este libro las lentes se revierten. Me concentro menos en la aceleración como tal, y más en los destinos a los que nos lleva el cambio. Así, pues, una obra fija preferentemente su atención en el proceso, la otra, en la estructura. Por estas razones, ambos libros están destinados a conectarse, no como causa y consecuencia, sino como partes complementarias de un todo mucho mayor. Cada uno es muy diferente. Cada uno arroja luz sobre el otro.

Al intentar una síntesis tan amplia, se ha hecho preciso simplificar, generalizar y comprimir. (En otro caso, habría sido imposible abarcar tanto lapso de tiempo en un solo volumen). Como consecuencia, algunos historiadores tal vez puedan discrepar con la forma en que este libro divide la civilización en sólo tres partes, una fase agrícola de primera ola, una fase industrial de segunda ola y una fase de tercera ola, que ahora está empezando. Es fácil señalar que la civilización agrícola estuvo compuesta por culturas completamente distintas y que el industrialismo ha pasado en realidad por muchas fases sucesivas de desarrollo. Sería posible, sin duda, dividir el pasado (y el futuro) en 12, o 38, o 157 partes. Pero al hacerlo, perderíamos de vista las divisiones importantes entre una maraña de subdivisiones. O necesitaríamos toda una biblioteca, en lugar de un solo libro, para abarcar el mismo territorio. Para nuestros propósitos, las distinciones más sencillas son más útiles, aunque puedan ser más gruesas.

La amplia extensión de este libro requería también la utilización de otros atajos. Así, ocasionalmente cosifico la propia civilización, afirmando que la civilización de la primera ola o de la segunda ola “hizo” esto o aquello. Naturalmente, sé, y saben también los lectores, que las civilizaciones no hacen nada; todo lo hace la gente. Pero atribuir de vez en cuando esto o aquello a una civilización, ahorra tiempo y aliento.
Similarmente, los lectores inteligentes comprenden que nadie ─historiador o futurista, planificador, astrólogo o evangelizador— “conoce” ni puede “conocer” el futuro. Cuando digo que algo “sucederá”, doy por supuesto que el lector aplicará el apropiado margen de incertidumbre. De haber obrado de otra manera, habría sobrecargado el libro con una ilegible e innecesaria jungla de excepciones. Además, las predicciones sociales nunca son científicas ni se hallan exentas de valoraciones, por muchos datos computados que utilicen. La tercera ola no es una predicción objetiva y no pretende estar científicamente demostrada.

Sin embargo, decir esto no es sugerir que las ideas contenidas en este libro sean caprichosas o asistemáticas. En realidad, como no tardará en quedar de manifiesto, esta obra se basa en abundantes y sólidas evidencias y en lo que podría denominarse un modelo semi-sistemático de civilización y nuestras relaciones con él.
Describe la agonizante civilización industrial en términos de una “tecno-esfera”, una “socio-esfera”, una “info-esfera” y una “energo-esfera”; y, seguidamente, expone la forma en que cada una de ellas está experimentando revolucionarios cambios en el mundo actual. Intenta mostrar las relaciones de estas partes entre sí, así como con la “bio-esfera” y la “psico-esfera”, esa estructura de relaciones psicológicas y personales a través de la cual los cambios operados en el mundo exterior afectan a nuestras vidas más privadas.
La tercera ola sostiene que una civilización hace uso también de ciertos procesos y principios y que desarrolla su propia “super-ideología” para explicar la realidad y para justificar su propia existencia.
Una vez que comprendemos la interrelación existente entre estas partes, procesos y principios, y cómo se transforman mutuamente, provocando poderosas corrientes de cambio, adquirimos una comprensión mucho más clara de la gigantesca ola de cambio que está movilizando actualmente nuestras vidas.

La gran metáfora de esta obra, como ya se habrá advertido, es la de olas de cambio que chocan entre sí. Esta imagen no es original. Norbert Elias, en su obra The Civilizing Process, se refiere a “una ola de progresiva integración a lo largo de varios siglos”. En 1837, un escritor describía la colonización del Oeste norteamericano en términos de sucesivas “olas” ─primero los pioneros, luego los granjeros, luego los intereses empresariales, la “tercera ola” de migración. En 1893, Frederick Jackson Turner citó y utilizó la misma analogía en su clásico ensayo The Significance of the Frontier in American History. Lo original, por tanto, no es la metáfora de la ola, sino su aplicación al cambio que se está produciendo en la civilización actual.
Esta aplicación se revela sumamente fructífera. La idea de la ola no es sólo un instrumento para organizar grandes cantidades de información. Nos ayuda también a penetrar bajo la violenta superficie del cambio. Cuando aplicamos la metáfora de la ola, se vuelve claro mucho de lo que antes estaba confuso. Lo conocido aparece con frecuencia bajo una luz deslumbrantemente nueva.
Una vez que empecé a pensar en términos de olas de cambio que entrechocaban y se arremolinaban, provocando conflicto y tensión a nuestro alrededor, cambió mi percepción del cambio mismo. En todos los campos, desde la educación y la salud hasta la tecnología, desde la vida personal hasta la política, se hizo posible distinguir aquellas innovaciones que son meramente cosméticas, o simples extensiones del pasado industrial, de las que son verdaderamente revolucionarias.
Pero aun la metáfora más poderosa sólo es capaz de transmitir una verdad parcial. Ninguna metáfora cuenta toda la historia desde todos los ángulos, y, por ello, ninguna visión del presente, y mucho menos del futuro, puede ser completa o definitiva. Cuando yo era marxista, entre mi tardía adolescencia y mis tempranos veinte años —ahora hace más de un cuarto de siglo—, creía, como muchos jóvenes, tener todas las respuestas. Pronto aprendí que mis “respuestas” eran parciales, unilaterales y obsoletas. Más precisamente, llegué a comprender que la pregunta correcta es más importante que la respuesta correcta a la pregunta equivocada.

Es mi esperanza que La tercera ola, al mismo tiempo que suministre respuestas, levante también muchas preguntas nuevas.
La comprensión de que ningún conocimiento puede ser completo y ninguna metáfora perfecta es por sí misma humanizadora. Contrarresta el fanatismo. Concede incluso a los adversarios la posibilidad de una verdad parcial, y a uno mismo, la posibilidad de error. Esta posibilidad se halla especialmente presente en las síntesis a gran escala. Sin embargo, como ha escrito el crítico George Steiner, “formular preguntas más amplias es arriesgarse a obtener respuestas equivocadas. No formularlas en absoluto, es restringir la vida del conocimiento”.

En tiempos de cambios explosivos —en que las vidas personales se ven destrozadas, el orden social existente se desmorona y una nueva y fantástica forma de vida comienza a asomar por el horizonte—, formular las más amplias preguntas acerca de nuestro futuro no es una cuestión de curiosidad intelectual. Es una cuestión de supervivencia.
Lo sepamos o no, la mayoría de nosotros estamos ya empeñados en resistir —o en crear— la nueva civilización. La tercera ola nos ayudará, espero, a cada uno de nosotros, a elegir.║

 

Comentario del editor de librevista

Un desafío al pesimismo y la deserción, un remolino, una superlucha y el anuncio de una practopía.
Casandra la troyana, sacerdotisa, profetisa, amante del dios Apolo al que abandona, cargó con la maldición del despechado: sus profecías no serían creídas por la gente sería considerada loca y “enredadora de hombres”. Casandra profetizó que Troya caería por la acción de un caballo y el mito la hizo agorera. Sin embargo, era una avisadora sin escucha. El caballo de madera que introdujeron los griegos en Troya con soldados dentro implicó el inicio de la derrota troyana.

Toffler señaló, con actualidad extendida al siglo 21, que se terminaba una civilización. Usa la palabra “civilización” para simplificar el relato, sabiendo que son los humanos los agentes decisivos del cambio civilizatorio. A diferencia de agoreros, pesimistas y desertores, sostuvo que dos civilizaciones están en disputa, según mareas y remolinos, en una “superlucha” de una civilización superior contra una inferior.
“Si bien la tercera ola trae consigo profundos desafíos a la humanidad, desde amenazas ecológicas hasta el peligro de terrorismo nuclear y de fascismo electrónico (anote, lector –ed.), no es simplemente una espeluznante prolongación lineal del industrialismo. Por el contrario, divisamos aquí la aparición de lo que podría denominarse una ‘practopía’, ni el mejor ni el peor de todos los mundos posibles, sino un mundo que es práctico y, a la vez, preferible al que teníamos…A diferencia de la mayor parte de las utopías, no es estática ni se halla petrificada en una irreal perfección. Y tampoco es reversionista, modelada sobre algún ideal imaginado del pasado”.
Alvin Toffler y Heidi Toffler escribieron este libro en 1980, a nueve años de la caída del muro de Berlín y a once años de la disolución soviética. Es un libro relativamente olvidado, en su momento menospreciado por las izquierdas clasistas y socialistas, que merece una relectura. Sorprenderá.


Entre todas sus ideas prospectivas, les resultó “difícil imaginar la disgregación de la Unión Soviética”, a pesar de ver sus múltiples dificultades. Sus tesis incluyeron al mundo capitalista y al mundo socialista real. No eran dos mundos antagónicos si se miraba sus formaciones sociales. Para el autor firmante y su compañera autoral, tanto el socialismo real como el capitalismo occidental circulaban según la “segunda” ola industrial, con todos los matices que las diferenciaban y enfrentaron. No importa demasiado si la definición “industrialista” es la mejor, o si una manera de hacer industria es lo que caracterizaba esa “civilización”. Es mejor detenerse en la descripción extensa y detallada del autor que en la definición.


Toffler, definido marxista en su juventud, si bien luego se separó de la teoría de la lucha de clases y el socialismo de raíces hegelianas, quedó adherido a la ambigüedad marxista de la creencia en el periplo determinante de las fuerzas productivas, aunque las miró de forma diferente. No concibió la marcha feudalismo-capitalismo-socialismo-comunismo sino utilizó la metáfora primera ola-segunda ola-tercera ola, en lucha con alguna resonancia hegeliana, una superlucha entre modos de vida, sin contrarios estrictos, sin síntesis. Con la expansión de las fuerzas productivas se promoverían nuevas “tecno-esferas”, “socio-esferas”, “info-esferas” y “energo-esferas”.
¿Están todos esos aspectos de la vida humana determinada, o inducida por el desarrollo de las capacidades y conocimientos? ¿Influyen en estos desarrollos los actos voluntarios e inconscientes de los habitantes del planeta? Una respuesta inicial es que no hay aquí falsa oposición. Ocurren ambos, simultáneamente, con malestares, alegrías y sin reglas.


Sin ingenuidades, dice el autor: “así como no existe una única causa productora de la civilización de la segunda ola, tampoco puede existir una única evaluación. He tratado de presentar una imagen de la civilización de la segunda ola, incluidos sus defectos. Si parece que por una parte la condeno y por otra la apruebo, ello se debe a que los juicios simples son engañosos. Detesto el modo en que el industrialismo aplastó a la primera ola y a los pueblos primitivos. No puedo olvidar la forma en que masificó la guerra, e inventó Auschwitz, y liberó el átomo para incinerar Hiroshima. Me avergüenzo de su arrogancia cultural y de sus depredaciones contra el resto del mundo. Me repugna el desperdicio de energía, imaginación y espíritu humanos de nuestros ghettos y suburbios”.
Las luchas se configurarían por el aterrizaje de la tercera ola y la resistencia de la cultura y modo de vida de la segunda, según la tesis expresada hace casi cincuenta años.


La segunda ola se delinearía por seis principios: uniformización, especialización, sincronización, concentración, maximización y centralización.
La tercera ola revolucionaria estaría atacando esos seis principios.
En palabras del autor: “Muchas cosas de esta emergente civilización contradicen a la vieja civilización industrial tradicional. Es, al mismo tiempo, altamente tecnológica y antiindustrial. La tercera ola trae consigo una forma de vida auténticamente nueva basada en fuentes de energía diversificadas y renovables; en métodos de producción que hacen resultar anticuadas las cadenas de montaje de la mayor parte de las fábricas; en nuevas familias no nucleares; en una nueva institución, que se podría denominar el “hogar electrónico”; y en escuelas y corporaciones del futuro radicalmente modificadas. La civilización naciente escribe para nosotros un nuevo código de conducta y nos lleva más allá de la uniformización, la sincronización y la centralización, más allá de la concentración de energía, dinero y poder. Esta nueva civilización, al desafiar a la antigua, derribará burocracias, reducirá el papel de la nación-Estado y dará nacimiento a economías semiautónomas en un mundo postimperialista. Exige gobiernos que sean más sencillos, más eficaces y, sin embargo, más democráticos que ninguno de los que hoy conocemos. Es una civilización con su propia y característica perspectiva mundial, sus propias formas de entender el tiempo, el espacio, la lógica y la causalidad”.


En la introducción, los autores se encargan de señalar las fortalezas y debilidades metodológicas de su libro, las simplificaciones que consideraron necesarias, los riesgos y las incertidumbres.

Lector, si ya leíste la introducción, sugiero que la leas de nuevo. ║

 

Palabras clave:

Alvin Toffler
Heidi Toffler
Practopía
Alejandro Baroni Marcenaro


[1] Traducción del editor de The third wave, William Morrow and Company, Inc., New York, 1980

 

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