Dos invitaciones a entusiasmarse
x Alejandro Baroni Marcenaro
Si alguien tenía dudas acerca de si se están generando relatos y miradas globales acerca de la sociedad y la política, aquí hay dos textos que dicen que sí, que lo están. Así asoman tres autores que lo intentan y citan a otros que coinciden en el esfuerzo. Están investigando, documentándose, interpretando, reinterpretando, leyendo nuevos libros y releyendo. Y haciendo izquierda, estos atrevidos hartos de descripciones y actitudes defensivas.

El Instituto Central de Investigación y Diseño para la Robótica y Cibernética técnica (San Petersburgo, Rusia, 1987) Frédéric Chaubin, Cosmic Communist Costructions Photographed, Taschen, Bibliotheca Universalis, 2011.
Inventar el futuro: poscapitalismo y un mundo sin trabajo, Nick Srnicek y Alex Williams, Ed. Malpaso, Barcelona 2016.
Utopía para realistas, a favor de la renta básica universal, las semana laboral de 15 horas y un mundo sin fronteras, Rutger Bregman, Ediciones Salamandra, Barcelona, 2017.
Este es un comentario de estas dos recientes publicaciones, la primera de dos autores residentes en Gran Bretaña (Srnicek y Williams – en adelante SyW), la otra de un holandés (Bregman – será B). Ambos libros ya estampan sus propuestas en tapa con grandes coincidencias entre sí (renta básica universal, semana laboral corta, migraciones libres) y algunos matices. Los tres son europeos, y escriben desde Europa, admitiendo que hablan para occidentales. Sus lectores objetivo son diferentes y sus tradiciones intelectuales también. SyW instan a las izquierdas occidentales a abandonar lo que denominan “política folk” y apuntar a un mundo poscapitalista. B propone a las izquierdas occidentales que abandonen lo que denomina “socialismo perdedor” y a los “realistas” que apunten a un realismo utópico.
Invitando a leer ambos libros, haré una descripción y comentario breve de cada uno – con el fin de introducirlos, evidenciando desde luego mi ordenamiento y selección de prioridades –y colocaré luego un comentario conjunto.
Bregman no se anda con vueltas: “Para que no haya ningún malentendido: el capitalismo abrió las puertas a la tierra de la abundancia, pero el capitalismo por sí solo no puede sostenerla… El progreso se ha convertido en sinónimo de prosperidad económica, pero el siglo XXI nos enfrenta al reto de encontrar otras formas de impulsar nuestra calidad de vida…(al ganarnos) la insatisfacción y el descontento, tendremos que regresar otra vez a la política para encontrar una nueva utopía… el verdadero progreso es sabiduría sobre lo que significa vivir bien” (debemos) trascender ese espíritu de nuestro tiempo que nos limita…(y) tal vez entonces seremos capaces de mirar otra vez al mundo más allá de nosotros mismos… Allí veremos tal vez que el progreso sigue su marcha[1] triunfal. Veremos que vivimos en una época maravillosa, un tiempo en que cada vez hay menos hambre y guerra y aumentan la prosperidad y la esperanza de vida” Y les dice a “nosotros” occidentales: “pero también veremos cuánto nos queda todavía por hacer a nosotros (que) estamos entre el 10%, el 5% o el 1% más rico” (p.27)
B se pregunta y responde: “¿deberíamos renunciar a un mundo mejor? No, por supuesto que no. Pero eso es precisamente lo que está ocurriendo. Optimismo y pesimismo se han convertido en sinónimos de confianza de los consumidores y ausencia de ésta. Las ideas radicales sobre cómo cambiar el mundo se han convertido en algo casi impensable en sentido estricto…La política se ha diluído hasta convertirse en una mera gestión de problemas…lo que ahora separa a la izquierda de la derecha es un punto porcentual o dos en los impuestos sobre la renta” (p. 23)
Contra el “socialismo perdedor”
Pensando principalmente en un retroceso que ven en la socialdemocracia europea, aunque no únicamente, Bregman sostiene que los neoliberales se han adueñado de la razón, el juicio y la estadística y que los socialistas se reservan la emoción: “tienen un exceso de compasión y consideran profundamente injustas las políticas imperantes”, que “se obsesionan con las brechas que dividen el mundo”, sin embargo, ceden cuando se discute las premisas, que la deuda pública está descontrolada, que los impuestos ya son altos, que combatir la pobreza es caro, que se debe controlar las transferencias monetarias con contrapartidas, que damos lo que el presupuesto permite, etc. Y sobre todo, han olvidado el discurso de esperanza y progreso, y deberán abandonar la jerga de su supuesta superioridad moral y sus ideas trasnochadas, confiando más en las utopías que están al alcance.
¿Cuál utopía?
B arranca con la defensa de una especie de utopía (se afilia al pensamiento utópico “como guías de buenas prácticas”), sin percatarse de los evidentes aires de familia de sus planteos con los pragmatistas, o de la parte de ellos que defienden creencias, valores e ideología, de cuya etiqueta explícitamente desea distanciarse, probablemente afectado por los ya estériles debates europeos acerca de gestión, tecnología e ideología como compartimentos estancos.
Se separa explícitamente de la utopía metafísica – que denomina de “modelo cerrado” - tipo hombre nuevo, hombre ario, fascista, sociedades moralistas, religiosas, ordenadoras, fundamentalistas, la República de los sabios de Platón, la Ciudad de Dios de Agustín (San) de Hipona, la Ciudad del Sol de Campanella, esas que han sido o pudieron ser antesalas de crímenes, y menciona autores como Arendt y Popper que las han cuestionado adecuadamente.
Tampoco propone que nos hagamos más “humanos” como pretenden tradiciones que postulan un modelo de humano - o un “hombre bueno” o “natural” que solo necesita de condiciones - que no se sabe quién impone - para manifestarse. Converge con diálogos publicados fuera de Occidente acerca de bondades y maldades humanas que no deberían postularse. “Suponer que la naturaleza humana es mala se vuelve tan problemática como el insistir en que es buena. Un confuciano podría seguir el ejemplo de Confucio y decir lo menos posible acerca de la naturaleza humana”[2] .
En lugar de tales “modelos cerrados” de utopía, Bregman propone considerar a una utopía como “guía de buenas prácticas”[3] que nos inspire a cambiar, y coloca como ejemplo inadecuadamente a Tomás Moro para subrayar que no se las debe tomar demasiado en serio.
Moro titula su Utopía: DE OPTImo reipublicae statu, deque nova insula Vtopiae, libellus vere aureus, nec minus salutaris quam festivus, clarissimi divertissimique uiri thomae mori (en castellano: Sobre el mejor estado de una república y sobre la nueva isla de Utopía, libelo verdaderamente de oro, no menos saludable que festivo, por el ilustre e ingenioso Tomás Moro). El finalmente decapitado Moro – que es presentado como humorista en círculos del catolicismo – no era un tipo liviano de creencias, y no puede menos que pensarse que si él no planteaba su narración como un ingenioso divertimento, su salud correría graves riesgos por las críticas allí incluídas a la sociedad inglesa de1516[4] .
Bregman, siguiendo a Moro, observa que la utopía además de un no lugar puede considerarse como un buen lugar[5] , con las salvedades que hace acerca de su uso según los relatos históricos. Y la vincula al camino, apoyándose inadvertidamente en Eduardo Galeano según una de sus frases que coloca a la utopía linealmente, autónoma, sin alguna ida y vuelta: “La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se mueve diez pasos más allá. Por mucho que camine nunca la alcanzaré ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar[6] ” Para Bregman, sin embargo, hay utopías que pueden alcanzarse, como las que propone y plantea: la renta básica, la jornada laboral reducida y un internacionalismo radical con libertad para las migraciones humanas. No habla de cambios de sistemas, ni de paradigmas o modelos, plantea esas tres medidas que entiende tocarán duro el sentido común y que van a “proteger al capitalismo de los capitalistas”.
Su Utopía para realistas interpreto se dirige a un público que valoraría la información “real”[7] , entendiendo tal cosa, interpreto, como aquella ejemplificadora – señaladora, nunca completa – concreta, con insights históricos (como pueden ser relatos de experiencias locales y delimitadas de una renta básica, de “ayudas humanitarias” ineficientes), habla a los “realistas” que aprecian los “datos”, cuyos sueños sensatos no estarían “en el aire” ni incluídos en la metafísica ni en deseos estrafalarios ni poesía ni acciones de resistencia afectiva y eventualmente política, ni en espontáneas reacciones sin apoyos en los “datos” básicamente económicos y políticos tales como los elegidos para el libro.
Plagado de notas, muy informativas, mayormente referidas a investigaciones contemporáneas, con datos y conclusiones cuantitativas en cantidad, con las que intenta demostrar- con muchos argumentos y ejemplos convincentes - que las experiencias de renta básica no han generado necesariamente rechazos al trabajo, ni a la búsqueda de nuevos ingresos o gastos superiores a las prestaciones sociales tradicionales, que la reducción de la semana laboral es posible y conveniente ante la desocupación y la automatización, que un internacionalismo con libertades migratorias terminaría saliendo más barato en dinero que las actuales ayudas “humanitarias” desde Occidente hacia países pobres.
El autor utiliza bibliografía mayoritariamente publicada en la web, concentrándose entre 2008 y 2012, por lo que maneja info actualizada, además de referentes históricos: Keynes, Hayek, Friedman, Russell, con toques de la ciencia ficción y prospectivas de Clarke, Asimov, etc. El libro presenta un índice temático y autoral que no es común, lo que revela el interés del autor de que el lector preste atención y registre la amplia información, estudie y cruce el texto de aquí para allá.
B hace referencias a autores que deben ser motivo de una lectura aparte. En particular menciona a Esther Duflo[8] , una investigadora que utiliza los Random Control Tests (Pruebas de control aleatorio) antes de definir cuándo una política contra la pobreza es útil, oponiéndola a modelos humanos racionalistas y predeterminados por sus creadores según sus gustos particulares sin preocupación alguna por cruzar conocimientos con la psicología social, la antropología, y ciencias del comportamiento ni interés en recopilar tanto dato disponible en materia de comportamientos humanos[9] , o – si no los hubiera - crear series de datos random en el terreno para definir política. Por ejemplo, para establecer si es útil otorgar microcréditos a la gente pobre o no, o si es mejor regalarles un objeto que cobrárselo a bajo precio. Investigar no hace daño, nos dice B. Puede estar bueno que se realizara una investigación random para bajar el ausentismo docente en los liceos públicos uruguayos - disculpas por la reincidencia en el tema.
Otro economista y antropólogo que menciona y lo inspira es David Graeber[10] y sus bullshit jobs, esos trabajos de mierda que ejemplifica con los banqueros - esos creativos de los papeles tóxicos, enriquecidos y prescindentes.
Es un libro de tres propuestas cuyo autor confía demasiado fuertemente en el poder de las ideas – debilidad que compartimos aunque algo hayamos aprendido sobre el poder de los sentimientos y de las iniciativas prácticas inesperadas – aunque a continuación sostenga distraídamente respecto a lo anterior: “Si es cierto que las ideas no cambian las cosas en forma gradual, sino a trompicones, mediante cambios abruptos, la premisa básica de la democracia, el periodismo y la educación tal como la conocemos es completamente errónea. Significaría, en esencia, que el modelo de la Ilustración según la gente cambia sus opiniones – a través de la recopilación de información y la deliberación razonada – es en realidad lo que apuntala el statu quo. Significaría que quienes apoyan decididamente la racionalidad, los matices y el compromiso no entienden cómo las ideas rigen el mundo” (p221). Y, a continuación refiere a la historia de la liberal Sociedad Mont Pèlerin, iniciada en 1947, la de Hayek, Friedman y Ramón Díaz, que no convencía hasta que se le dieron las condiciones políticas para ser mainstream. Dice B: en menos de cincuenta años “gobernaba el mundo”. Este es uno de los aportes de fe más importantes del libro de B: es bueno fundamentar una idea, apreciarla, difundirla con plan y criterio, y arroparse de paciencia en espera de la oportunidad. En tiempos de migraciones masivas, avances feministas, de demandas por una vida mejor y equitativa duramente rechazadas por parte de los monstruos nacionalistas, que a la vez ven amenazas ya no tan extravagantes desde Asia y se abroquelan, si habrá que tener paciencia (enérgica, no contemplativa) y capacidades para convencer y tal vez soportar más naufragios escandalosos en el Mediterráneo para lograr al menos una liberación de fronteras.
A diferencia de los Mont Pèlerin, B no ofrece un ordenamiento ideológico dogmático del capitalismo, ni parece interesarle. Hace un nuevo tipo de relato. Sin embargo, al final del libro (p 228), carga contra la supuesta anunciada caída de todos los “grandes relatos”, tal vez sin percatarse de que su libro inicia algo así sin titulares. Si bien coloca tres misiles en la línea de flotación del barco capitalista, a disposición de potenciales actores políticos innombrados, ellas no necesariamente afectarían (o sí) al gran relato del barco capitalista (mantengamos por ahora la tamaña abstracción “capitalista”), aunque sí su rumbo y futuro “que no está escrito”. La contingencia es el comienzo de todo gran relato contemporáneo. No se sabe si serán cambios abruptos o graduales, reformistas o revolucionarios, y no importa.
En el importante subcapítulo titulado El futuro del capitalismo (pp 181-183) se une a Thomas Piketty y su propuesta de un impuesto mundial progresivo sobre la riqueza, una “utopía útil” y redescribe sus torpedos nucleares: “redistribución de dinero (renta básica), de tiempo (una semana laboral más corta), de impuestos (sobre el capital en lugar de sobre el trabajo) y, por supuesto, de robots.
Dos de cal, dos de arena
Cal 1.- Desalineado correctamente respecto de la literatura económica y ensayística fetichista acerca de los “poderes” del mercado y la tecnología, sostiene: “Al final, no es el mercado ni la tecnología, sino la sociedad la que decide lo que de verdad tiene valor. Si queremos que en este siglo todos nos enriquezcamos, necesitamos liberarnos del dogma de que todo trabajo es significativo. Y, ya que estamos en ello, librémonos también de la falacia de que un salario más alto refleja automáticamente un mayor valor social” Entonces, es probable que nos demos cuenta de que, en términos de creación de valor, ser banquero no compensa.” (p 159)
Cal 2.- Bregman pone en duda la utilidad de la medición del Producto Bruto Interno y cita al diseñador del mismo, Simon Kuznets: “hay que tener en cuenta la distinción entre calidad y cantidad de crecimiento, entre costes y rendimiento y entre el corto y el largo plazo. Los objetivos de mayor crecimiento deberían especificar más qué tipo de crecimiento y con qué fines”.
No le gusta la cuantificación de una “felicidad interna bruta”, argumentando que es buena una cierta infelicidad e irritación para progresar. Pero ¿por qué se tiene que llegar a una cifra global? Puede cuantificarse infelicidad interna bruta, capítulos de felicidad y capítulos de infelicidad y no sumar, sólo conjuntar. ¿Cuántas veces te reís por día? ¿Cuántas llorás por semana? ¿Cuántas tenés tu pecho latiendo fuerte?
Arena1.- Mientras argumenta su propuesta de bajar la jornada laboral semanal a quince horas, adjudica a la “revolución feminista” la causa del aumento observado en horas laborales familiares, tomando los datos de incorporación masiva de mujeres al mercado laboral remunerado: “Incluso en países que han tenido una reducción en la semana laboral individual, las familias han experimentado la falta de tiempo. ¿Por qué? Todo tiene que ver con el acontecimiento más importante de las últimas décadas: la revolución feminista” (p.125) según B parecería que las mujeres salieron a laburar por razones “feministas”. Reredactá, Bregman.
Arena2.- Otro extraño manejo simplificador de datos “realistas” le conduce a afirmar que: (en 1930) “la pobreza era galopante, las tensiones internacionales se agudizaban e iba a hacer falta (sic,ed.) la maquinaria mortífera de la segunda guerra mundial para volver a insuflar vida a la industria global” (pp 119-120)
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Srnicek y Williams, además de las críticas por incompetencia a la socialdemocracia, que consideran prematuramente exhausta frente al neoliberalismo, a quien ven como la teoría “hegemónica” de hoy, explican el surgimiento en la primera década del siglo 21, de lo que denominan política folk, a la que señalan como mainstream actual en la izquierda de Occidente. La caracterizan como algo así: su preferencia por la escala local, pequeña (humana), su carácter reactivo y defensivo, apego al voluntarismo y la espontaneidad, ignorancia de la escala grande de un problema y su extensión, preferencia de lo cotidiano sobre lo estructural, sospecha de la representación y la mediación, evitar la abstracción, rechazar la intención deliberada de construir una contrahegemonía cultural o política. Si bien consideran que es una tendencia o multicorriente muy diversa y que esas características no se encuentran juntas necesariamente, encuentran sus rasgos en el movimiento Occupy Wall Street, el15M español, el movimiento que se vayan todos[11] en la Argentina del 2001, zapatistas y movimientos con tintes anarquistas, el movimiento por la comida lenta y el consumo ético, entre otros. No los rechazan, sino que consideran a ese conjunto de rasgos como un punto de partida, ineficiente y desarticulado, sosteniendo que “dada la naturaleza del capitalismo global, cualquier proyecto poscapitalista requerirá de un enfoque ambicioso, abstracto, mediado, complejo y global; un proyecto que los enfoques de la política folk son incapaces de ofrecer” (p 21). El punto de SyW es importante. En Europa y Uruguay existen personas desencantadas de la política representativa, gubernativa, electoral, que buscan refugio para sus ganas de hacer algo en militancias locales, temáticas (ejemplos: ambientales, saludables, musicales, religiosas, metafísicas, etcc.) y se desentienden o aún combaten políticas públicas que podrían potenciar sus intereses, adjetivando por principio como corrupta, burocrática, u oscura, a la política pública, esa que no es cueva de santos y tampoco de demonios. Es casi una regla que una política ambiental se ejecuta de la mejor manera cuando existen debates y acuerdos entre la militancia local/temática y los ejecutores de la política electos democráticamente.
Las bases de criterio de SyW expresan continuidad y discontinuidades con su anterior Manifiesto por una política aceleracionista, incluído en el libro Aceleracionismo, compilado por Armen Avanessian y Mauro Reis[12] . El Manifiesto se compone de una larga cantidad de puntos/tesis que incluyen – con disculpas, hay que leerlo todo – el anuncio de una crisis ambiental severa (cataclismo), agotamiento de recursos, incapacidad de generar nuevas ideas, el futuro anulado, el neoliberalismo 2.0 es hegemónico, fracaso de las socialdemocracias, incapacidad de los nuevos movimientos sociales, reconocimiento respetuoso a Nick Land[13] por su mentoría y críticas por sus expectativas acerca del capitalismo, crítica severa a la política folk, expresan que los aceleracionistas quieren liberar las fuerzas productivas latentes, aunque sin caer en un tecno-utopismo, que las izquierdas deben formarse en diversos campos técnicos y terminan con una discutible distinción entre el Adentro y Afuera – si es que hay un afuera a la fecha - del mundo globalizado. Dicen: “lo que el aceleracionismo promueve es un futuro más moderno; una modernidad alternativa que el neoliberalismo es intrínsecamente incapaz de generar. El futuro debe ser partido al medio otra vez para liberar y abrir nuestros horizontes hacia las posibilidades universales del Afuera”.
El Manifiesto bien merece un comentario particular, pero aquí estamos con Inventar el futuro, donde los autores abandonan las perspectivas catastrofistas ecológicas, apenas usan la palabra “acelerar” y reinvindican el populismo según las teorías de Ernesto Laclau.
Dicen en Inventar…: “las luchas políticas de hoy son luchas dentro del espacio de la modernidad y sus ideales. La modernidad debe ser disputada, no rechazada”. Examinan tres factores que ayudarían a elaborar una modernidad de izquierda “una imagen del progreso histórico, un horizonte universalista, y un compromiso con la emancipación” (pp103-104). Para entrever ese horizonte universalista y escapar del particularismo folk plantean un universalismo según Ernesto Laclau[14] : “Lo universal no debe identificarse con un conjunto establecido de principios y valores, sino, antes bien, con un referente vacío imposible de llenar de manera definitiva. Los universales surgen cuando un particular llega a ocupar esa posición a través de la lucha hegemónica” (p 114) y la lucha entre diferentes universales por la hegemonía es permanente, un viejo orden de ideas lucha contra un nuevo orden.
Para los autores, el progreso histórico no necesariamente son avenidas del capitalismo, como los modernizadores sostienen desde la caída de la Unión Soviética, sino hipersticioso: “una suerte de ficción, pero que apunte a convertirse en verdad” (p109) y nada predeterminado, sino resultado de una lucha política. La idea del universalismo, como ideas y valores que puedan sostenerse para todas las culturas debe replantearse, al haberse constituído el capitalismo como proyecto global, sin abstracciones de cualquier particularidad de raza, género o nacionalidad, sino más bien como un ideal trascendente, que no se encarna en alguna situación, sino que permanece “abierto a la lucha por algo mejor”. En su capítulo “filosófico”, los autores entienden la emancipación como el logro de la libertad “sintética” o “real”, una libertad con las condiciones para ejercerse, superadora de la libertad “negativa” de las democracias capitalistas. Admiten que su idea se “entrecruza” con la de Philippe van Parijs[15] y otros, subrayando en particular que la libertad “sintética” se consigue, y no es algo “natural” de la humanidad.
Neoliberalismo y liberalismo
Uno de los puntos de interés del libro Inventar…se encuentra en su capítulo tres titulado ¿Por qué están ganando ellos? La edificación de la hegemonía neoliberal. Allí establecen con sinceridad, bibliografía y relatos históricos, la indeterminación teórica del término neoliberalismo, aunque sin privarse de definirla la “ideología hegemónica” (sic). El relato histórico de la sociedad Mont Pèlerin, de Hayek, Friedman y Ramón Díaz es de un alto interés, comenzando por las distinciones necesarias entre el mentor teórico austríaco y los sucesores que oficiaron de asesores y funcionarios estatales[16] .
SyW sostienen correctamente que el neoliberalismo “difiere del liberalismo clásico por atribuir un papel significativo al Estado”, porque descartan la clásica naturalidad liberal de los mercados, entendiendo que deben construirse “de manera consciente”, deliberadamente, por la política económica. Los neoliberales están lejos de los anarquistas del capitalismo. Y si hubiera duda al respecto, basta con mirar el salvataje financiero y las regulaciones de mercados que siguieron, aún con vaivenes que vale la pena estudiar. Si interpreto bien, esos neoliberales se siguen enfrentando a los dilemas que se les presentaron cuando su fundación antikeynesiana posterior a la segunda guerra. Si esto es cierto, el neoliberalismo no podría adscribirse a una “veneración de los mercados libres”, al practicar la inserción de la competencia “donde sea posible”. David Harvey lo define como una guía para la práctica política[17] .
Tratando de delimitar el concepto, para SyW el neoliberalismo demanda que el Estado defienda los derechos de propiedad privada, haga cumplir los contratos, imponga leyes antimonopólicas, reprima la inconformidad social y mantenga la estabilidad de los precios a toda costa. E intervenga lo menos posible y sólo cuando sea conveniente para alguien. Uno puede preguntarse si estas no son los sesgos ideológicos de las formaciones sociales capitalistas desde hace tiempo. Describir al neoliberalismo como “hegemónico” en los diversos regímenes europeos y en particular latinoamericanos resta precisión para la dirección estratégica de las luchas sociales y por una mejor izquierda. Inferir que del “neoliberalismo” se deducen las conductas “hegemónicas” de jóvenes y millenials – si hubiera - es por lo menos estrecho o reductor. Una vez resuelta la cuestión de la inconveniencia del monopolio estatal en la generación de valor, no es útil mantener o retornar a una nostalgia suicida de esos caminos fracasados ni cerrar ojos ante la diversidad que surge luego. La aplicación de la teoría dependerá de los grupos con poder. Nuevamente, al pensamiento concreto: ¿cuáles son los grupos aspirantes o hegemónicos coyunturalmente en la economía, cuál es la mejor manera para la combinación estatal- privada, cuál es el mejor camino para un bienestar y buena vida de la gran mayoría?
Por utopías concretas
La pérdida del futuro y consecuentes ambiciones por parte de la izquierda es preocupación principal de los autores y establecen que “las utopías son la encarnación de las hipersticiones del progreso”. El “pensamiento utópico reconoce que el futuro está radicalmente abierto. Lo que puede parecer imposible hoy en día podría volverse muy posible. Y ajustan adecuadamente su aproximación conceptual, distinguiendo entre utopías “abstractas y concretas”: “las mejores utopías incluyen en sí mismas tensiones y dinamismo y no presentan una imagen estática de una sociedad perfeccionada”. Colocan el ejemplo de la propuesta de un impuesto global (a las transacciones financieras u otro) es una aparente pequeña demanda donde se encuentra “un impulso utópico implícito dado que las condiciones para hacerla posible requieren de una reconfiguración fundamental de las circunstancias existentes” (p 203) “Si bien el pensamiento utópico rechaza la melancolía y el miserabilismo trascendental[18] que caracteriza algunas partes de la izquierda contemporánea, también evoca su propio afecto negativo” como es la decepción. Finalmente, indican con interés que la utopía “manipula y modifica nuestros deseos y sentimientos y educa el deseo, brindando un marco diciéndonos cómo y qué desear, “al tiempo que libera estos elementos libidinales de las ataduras de los razonable”, trae el deseo de “algo más”.
Los misiles que lanzan a la línea de flotación del buque capitalista (continuamos con la abstracción “capitalista”) son: la automatización plena que sustituya la fuerza de trabajo humana debería tomarse como un proyecto político de la izquierda, acelerándose una tendencia capitalista ya existente, reducción de la semana laboral, provisión de un ingreso mínimo, menoscabo de la ética del trabajo como valor central, propuestas concebidas como un programa integral.
Construir un pueblo
El capítulo 8, titulado Construir el poder, presenta la estrategia que SyW entienden mejor para llevar a la práctica sus propuestas. La pregunta es cuál es el agente activo o agente interesado en una sociedad pos trabajo. SyW plantean que la más obvia es la población excedente en crecimiento[19] , el precariato y aquellos que son excedentes y quedan libres de ser explotados. Plantean que esta población crece como un proletariado en sentido clásico marxista “bajo las presiones combinadas de la desindustrialización, la globalización de la producción, el alza de las economías de servicios, la expansión de la precariedad, el fin de los puntos de apoyo fordistas clásicos y la proliferación de identidades diversas, la clase trabajadora industrial se ha visto fracturada en forma severa (p226) “el sujeto revolucionario clásico ha dejado de existir y solo hay una variedad de intereses medianamente coincidentes y experiencias divergentes”… “la tarea es construir un nuevo ‘nosotros’ colectivo” que no está preexistente.
Resumen: “Con el fin de instalar un nuevo orden hegemónico, serán necesarias al menos tres cosas: un movimiento populista de masas, un ecosistema de organizaciones sano y un análisis de los puntos de ventaja.”(p 223)
El movimiento populista comienza a surgir según el modelo de Laclau[20] en su texto Por qué construir un pueblo es la tarea principal de la política radical, cuando, y le citan textualmente los autores: “una vez que se va más allá de cierto punto, lo que se pedía dentro de las instituciones se convirtió en reclamos dirigidos a las instituciones y en cierta etapa éstos pasaron a ser reclamos contra el orden institucional. Cuando ese proceso rebasa los aparatos institucionales más allá de cierto límite, comenzamos a tener el pueblo del populismo”. Si entendemos bien, sorprende leer que la lógica del populismo operaría cuando las instituciones (Constitución, sistema de leyes, Parlamento, partidos, etc.) quedan rebasadas o inoperantes ante las demandas que se articulen. Presento una limitada introducción a la obra de Laclau en nota al pie[21] .
La visión de Srnicek y Williams parece algo disonante con la populista “rebasadora” de instituciones que expresa Laclau en alguno de sus textos. Para SyW “los movimientos de masas y los partidos deberían ser vistos como herramientas para un mismo movimiento populista, cada uno con capacidades para lograr cosas distintas (p 242) El libro fue publicado por primera vez en 2015 sin haber registrado fracasos y decepciones posteriores, así colocan como ejemplos al financiamiento crowd-funding (por pequeñas contribuciones) de Podemos en España, las comunas barriales del chavismo venezolano y el PT de Brasil abierto a orígenes disímiles como cristianos, marxistas, sindicales, movimientos campesinos, etc.
Introducen luego lo que denominan “puntos de ventaja” u oportunidades de acción que otorguen ventajas al movimiento populista, reconociendo la necesidad de “experimentación y renovación estratégica” y de descartar tácticas que resultan ya neutralizadas por la tecnología y la brutalidad combinadas.
Comentario conjunto de los dos textos
hay buenos misiles y otros faltantes
Los tres autores apoyan una renta básica universal, la reducción de la semana laboral, un mundo sin fronteras, la robotización de la producción, con diferentes énfasis y matices, proporcionando resultados de sus investigaciones. Todas ellas propuestas de gran interés, estudio e investigación para la izquierda internacionalista.
Coinciden en su admiración por la metodología, génesis y desarrollo estratégico de la Sociedad liberal Mont Pèlerin y acarician la idea de una Mont Pèlerin de izquierda, explícitamente.
Srnicek y Williams parecen desengancharse algo de sus proyectos “aceleracionistas” y subestiman capacidades del “capitalismo”: “a pesar de su apariencia de liberación y universalidad, ha refrenado estas fuerzas (humanas) en un interminable ciclo de acumulación, osificando los verdaderos potenciales de la humanidad y limitando el desarrollo tecnológico a una serie de innovaciones marginales banales” (p261). Un proyecto político no debería basarse en cuasi delirios y miopías enormes como la que postulan Deleuze y Guattari en su Anti Edipo: “La escritura nunca fue algo propio del capitalismo. El capitalismo, de hecho, es intrínsecamente iletrado”. Por su parte, Bregman asienta sus utopías en plataformas y datos que permiten una excelente catapulta.
Los dos libros refieren a Occidente, con la política folk, el socialismo perdedor, la renta básica es una propuesta para occidentales y ni hablar de la semana laboral corta y la migración libre. Nada de eso está cercano en China, un “vecino” de Occidente tan interconectado, con su productividad laboral exacerbada, largas semanas laborales y falta de libertad de movimientos, aunque se sabe de numerosos movimientos sociales. ¿Cuáles serían las propuestas que puedan aplicarse a éste y otros países asiáticos? ¿Es que alguien puede creer que el futuro depende exclusivamente de lo que haga Occidente y el mundo es un rompecabezas en el que la China es una pieza que se acomoda a Occidente con fronteras intocables?
En Shanghai el Este y el Oeste ya muestran un vago destino aunque indisoluble, nos dice Nick Land. Para la izquierda occidental internacionalista es vital conocer mejor al “capitalismo” chino - el complejo Estado capitalista dirigido por el Partido Comunista, la industrialización y no la desindustrialización, a las luchas que se llevan adelante, así como los contactos, confluencias y divergencias entre el pensamiento occidental y el chino.
Los tres autores depositan básicamente su confianza en el poder de las ideas, SyW introduciendo teorías populistas para llevarlas a la práctica, Bregman instando a líderes, partidos y movimientos a abandonar resignaciones. Son planteos políticos y económicos fundamentalmente. Pero ¿cómo juega aquí la revolución feminista? como esa que está surgiendo también en la China y ¿cómo juega el pensamiento de tipo religioso? Si los seres humanos no son buenos o malos por definición, ¿cómo juegan los impulsos destructivos en lucha con los constructivos? ¿qué pasa con las nuevas generaciones? ¿?
Tanto B como SyW toman al “neoliberalismo” como idea “hegemónica” o que “gobierna el mundo”. Aceptan sin prudencia el fin de la socialdemocracia y su estado de bienestar. Más cauto, captando dinámicas y movimientos capitalistas, Mark Fisher – por cierto vinculado en vida a SyW sostiene adecuadamente en su libro Realismo Capitalista que “es un sistema en el que ninguna Ley trascendente gobierna.. Ningún fiat soberano fija los límites del capitalismo, que más bien se definen (y redefinen) de forma pragmática, sobre la marcha”. Mark Fisher, Realismo capitalista ¿no hay alternativa? Caja Negra Editora, Buenos Aires, 2016 p.27
A los misiles que disparan los tres autores, con la puntería que tienen y el programa informático que los guía, podrían sumarse a otros, con mucha tecnología al alcance que los hace posible.
Por ejemplo, es tiempo de hablar de ciudadanía global. Todos, todas, en el Congo o California somos ciudadanas/os del mundo. Además de la gran potencia de una renta básica y poder circular libremente por el globo, y las ayudas complementarias educacionales, sanitarias y de cuidados definidas por ejemplo según los métodos random, deberíamos poder votar para elegir un gobierno mundial.
Los autores, enfrascados en la acción política y económica, podrían añadir un misil que destruya todos los arsenales nucleares. Todos.
Un satélite a poner en órbita con potencia puede ser la votación ciudadana global, en formato digital, con miles de millones participando, chinos e indios incluídos, acerca de la pacificación en Medio Oriente, Siria y la formación de Estados que resuelvan sus controversias por medio del diálogo y la negociación ¿Qué pasaría con la destrucción de Siria si la rechazaran miles de millones de votos?
Desde luego, y aquí coinciden los tres autores, un misil eficiente para ese gobierno global será una recaudación de impuestos progresiva, con una base de datos de miles de millones de personas, incluídos el 1% más rico, cuyas contabilidades son hartamente conocidas.
Ninguno de los dos textos centra su propuesta en el cuidado del ambiente, aunque lo tienen presente. SyW abandonan una posición catastrofista mostrada en su anterior Manifiesto aceleracionista, y mencionan al final de su libro la propuesta de que la izquierda descarbonice la economía. Para Bregman es una temática marginal aunque no deja de mencionarla.
Invito a pensar en más misiles. ║
[2] Sor-hoon Tan - A Confucian response to Rorty’s Idea of Community, en Richard Rorty, Pragmatism and Confucianism, State University of New York Press, Albany, 2009, p. 166.
[3] Los planteos de B presentan un aire de familia con los socialistas “utópicos”, como Fourier y Owen (menciona a éste último), duramente menospreciados por Engels en su infeliz ensayo “Del socialismo utópico al socialismo científico” donde ubica a la “ciencia” de su lado, y marcando aún a pensamientos contemporáneos y otros positivistas que no reconocen a Engels.
[4] Al final del Libro segundo, y luego de presentar el divorcio entre los utopianos, entre otras cosas, Moro muestra cautela: “al terminar de hablar Rafael (Hitlodeo, el que relataba y testificaba acerca de la isla de Utopía, ed.) me vinieron a la mente no pocas reflexiones sobre cosas que me parecían absurdas en sus leyes e instituciones…sobre todo, lo que está en la base de todo ello, es decir, su vida y gastos comunes sin intervención alguna del dinero. Con ello se destruye la raíz de la nobleza, la magnificencia y el lujo, y la grandeza, cosas que en el común sentir constituyen el decoro y el esplendor de un Estado.” pp 248-49 Tomás Moro, Utopía, Alianza editorial, Madrid, 2012.
[5] En su “libelo”, Moro presenta un poema “sexteto” A la isla de Utopía de autor ficticio Anemolii (anemos = viento): Me llamaron los antiguos, por insólita, Utopía. Competidora de aquella ciudad que Platón pensara y vencedora quizá, pues lo que en ella tan solo en las letras se esbozara superelo yo con creces en personas y recursos y al dictar mejores leyes. Siendo así que deberían, en justicia, desde ahora, darme el nombre de Eutopía. p 64, ibídem.
[6] Buscando entre referencias locales a utopías: el economista Mario Bergara interpreta algo mejor que Galeano lo que quiere mostrar Bregman, al añadirle el adjetivo cambiante, aunque la piensa lejana: “Los procesos nunca son idílicos y nunca se llega a la utopía, siempre cambiante y lejana. Por eso los caminos son lo relevante: la orientación, la construcción democrática con la sociedad, los avances, la capacidad de consolidarlos y de regenerar agendas progresivas que refuercen el proceso”. https://ladiaria.com.uy/articulo/2018/6/los-caminos-de-la-izquierda-son-lo-que-yo-esperaba/
[7] No puedo ingresar aquí en la discusión acerca de lo real o irreal. Impregna mucho los discursos contemporáneos por lo que habrá que dedicarle tiempo en algún momento.
[9] Un ejemplo cercano aligerado es el modelo institucionalista racionalista del comportamiento económico humano con ciertas correcciones que sigue Mario Bergara y en parte inexplícitamente Danilo Astori (sin que éste reconozca a aquél como su seguidor o continuador - interesante) que ha encontrado notorios límites por ejemplo para erradicar la pobreza e incentivar inversiones productivas endógenas estratégicas, al mismo tiempo que haber logrado un ordenamiento institucional más transparente que los anteriores y aguantado estoicamente el notorio comportamiento rentista y especulador del empresario/a tipo uruguayo.
[11] http://boletinlaovejanegra.blogspot.com/2016/12/2001-que-se-vayan-todos-2016.html En este link se expresan algunos rasgos de lo que SyW denominan folk. Los autores citan fuentes que afirman “en los cálculos más optimistas hubo cerca de doscientas cincuenta fábricas (autogestionadas) que incorporaron a poco menos de diez mil trabajadores, con una fuerza laboral de dieciocho millones… esto significa que mucho menos del 0,1% de la economía estaba participando en fábricas controladas por trabajadores” (p 59) Muestran datos acerca del trueque y el funcionamiento de asambleas de barrio y economías alternativas que “declinaron en forma drástica” luego.
[12] https://cajanegraeditora.com.ar/libros/aceleracionismo/ Resumen los editores en la contratapa del libro: El aceleracionismo es una herejía política: sostiene que hay deseos, tecnologías y procesos que el capitalismo hace surgir y de los que se alimenta, pero que no puede contener; y que es necesario acelerar estos procesos para empujar al sistema más allá de sus límites. Teniendo como antecedentes teóricos al notable “Fragmento sobre las máquinas” de Marx, los volúmenes sobre capitalismo y esquizofrenia de Deleuze y Guattari, y la ficción especulativa de autores como Samuel Buttler, William Gibson y J.G. Ballard (para quien “el futuro es una mejor guía para el presente que el pasado”), los aceleracionistas se preguntan cómo liberar las fuerzas productivas cautivas bajo la ideología neoliberal, para redirigirlas hacia objetivos comunes. En este proyecto, la actual base material no necesita ser destruida, sino que es reapropiada como plataforma de lanzamiento hacia un futuro postcapitalista. Pues, ciertamente, aún no sabemos lo que un cuerpo tecno-social moderno puede hacer.
[13] https://www.librevista.com/critica-del-miserabilismo-trascendental.html La crítica del miserabilismo trascendental de Nick Land es referencia obligatoria para la corriente aceleracionista.
[14] https://programaddssrr.files.wordpress.com/2013/05/butler-j-laclau-e-c5beic5beek-s-contingencia-hegemonia-universalidad-2000_ocr.pdf obtenible al 26/4/2019, Contingencia, Hegemonía y Universalidad, Diálogos contemporáneos en la izquierda, Judith Butler, Ernesto Laclau, Slavoj Zizek, FCE, Buenos Aires, 2014, pp 88-93. Interesante libro donde la autora y autores formulan sus preguntas al comienzo del mismo que luego son respondidas.
[15] http://www.redrentabasica.org/rb/rrbantigua_56/ Philippe Van Parijs es el actual secretario de la Basic Income European Network (BIEN) y la persona internacionalmente más conocida de los defensores de esta propuesta social que es la Renta Básica. En el sitio se hallan links a textos actuales sobre la temática.
[16] Ramón Díaz fue Subsecretario de Industria durante parte del gobierno pachequista – de una gestión en general para nada liberal – director de la Oficina de Planeamiento y Presupuesto, y presidente del Banco Central uruguayo durante el gobierno de Lacalle Herrera. Fue fundador del semanario Búsqueda y activo periodista que no sé si conoció la obra de Ernesto Laclau, pero puede sostenerse que bregó por la construcción de una clase capitalista hegemónica activa y prometedora en el Uruguay e intentó construir articulaciones entre las demandas de sus componentes. No puedo seguir esto aquí, pero hay evidencia y argumentación suficiente para mostrar que fracasó. Sus públicos objetivo no lo leyeron, ni escucharon ni se interesaron (como fracasaría cualquier entusiasta que quisiera articular una gestión gubernativa con el movimiento “ruralista” Un solo Uruguay). Su Historia Económica del Uruguay debe leerse, y conocer su insistencia en la prosperidad y pujanza uruguaya entre 1830 y 1870 que denominó “la gran expansión”, subrayando lo que ve como el declive posterior con la aplicación de un modelo estatista.
[17] “El neoliberalismo es, ante todo, una teoría de prácticas político- económicas que afirma que la mejor manera de promover el bienestar del ser humano consiste en no restringir el libre desarrollo de las capacidades y de las libertades empresariales del individuo dentro de un marco institucional caracterizado por derechos de propiedad privada fuertes, mercados libres y libertad de comercio. El papel del Estado es crear y preservar el marco institucional apropiado para el desarrollo de estas prácticas. Por ejemplo, tiene que garantizar la calidad e integridad del dinero. Igualmente, debe disponer las funciones y estructuras militares, defensivas, policiales y legales que son necesarias para asegurar los derechos de la propiedad privada y garantizar, en caso necesario mediante el uso de la fuerza, el correcto funcionamiento de los mercados. Por otro lado, en aquellas áreas en las que no existe mercado (como la tierra, el agua, la educación, la atención sanitaria, la seguridad social o la contaminación medioambiental), éste debe ser creado cuando sea necesario mediante la acción estatal” David Harvey, Breve historia del neoliberalismo, Ediciones Akal, Madrid, 2007, pp6-7. Para Harvey es una teoría que guía prácticas “político- económicas que alguien aplica, suponemos. El “correcto funcionamiento de los mercados” y el mercado “debe ser creado cuando sea necesario” son parte de las indeterminaciones.
[19] En debate con Negri y Hardt quienes sostienen adecuadamente que el concepto de mano de obra excedente por fuera del capitalismo ha perdido sentido, SyW argumentan que la población excedente definida como aquella que está fuera de las remuneraciones capitalistas incluyendo a la mano de obra informal “que no está bajo condiciones capitalistas de producción”, sí conserva su interés teórico.
[20] http://biblioteca.clacso.edu.ar/gsdl/cgi-bin/library.cgi?e=d-11000-00---off-0ve%2fveZz-003--00-1----0-10-0---0---0direct-10---4-------0-0l--11-es-Zz-1---20-about---00-3-1-00-0--4----0-0-01-00-0utfZz-8-00&a=d&c=ve/ve-003&cl=CL3.6&d=HASH6d33863352c9dab04e52f9.2 En este ensayo publicado originalmente en la revista Critical Inquiry, Laclau debate con Slavoj Zizek según el texto que éste tituló Contra la tentación populista, aparecido en la misma publicación. Las referencias en detalle están en el link. Es recomendable su lectura completa, allí aparecen enormes diferencias entre estos pensadores contemporáneos, que no podemos comentar aquí, sin dejar de observar la demolición que hace Laclau de la postura de Zizek.
[21] Esta es una oportunidad para detenerse poco e insuficientemente en la obra importante y extensa de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe. En particular en dos libros, el primero Hegemonía y estrategia socialista, hacia una radicalización de la democracia, de ambos autores, Ed. Siglo XXI, Madrid, 1987 (HyES) (publicada en inglés por Verso en 1985) y el segundo La razón populista, de Laclau, Fondo de Cultura Económica, Madrid 2016, (LRP) (en inglés, Verso, 2007), que tiene mayor presencia para este comentario. Son textos que adoptan el “giro lingüístico”, dándole al lenguaje el rol central interpretativo, sin confundir la interpretación con lo “real”, despreocupándose por lo “esencial” que consideran inalcanzable, y subrayando la construcción de sentidos, otorgando a la política y las acciones teóricas la capacidad de construir un “pueblo”, con cierta metodología a partir de las demandas que surjan. Las influencias teóricas son variadas, en particular Lacan y el Wittgenstein de las Investigaciones filosóficas, para elaborar su modelo lógico del funcionamiento político. No es el lugar aquí para hablar del amplio arco de influencias sobre estos grandes lectores. No sé si Srnicek y Williams (SyW) anotan que Laclau no es seguidor del programa de la modernidad, como ellos, ni del iluminismo, aunque rezongue contra las expresiones más tragicómicas de algún posmodernista descreído de la política y de los relatos. Sí coinciden en el juego del deseo que aportan vía Deleuze y que Laclau denomina afectos, según una tradición más sajona. En el libro Inventar el futuro se recoge el inicio de la teoría populista de Laclau y en lo que tiene que ver con la construcción del “pueblo”, sin embargo no siguen esa teoría en su lenguaje (significantes, equivalencias, investiduras, etc) ni se las ve aplicadas en sus propuestas o interpretaciones.
Laclau tampoco es un racionalista universalista con categorías a priori sino que el universal está siempre abierto (sin “suturar”) lo que satisface a SyW. No puedo hilar más fino aquí. Aprecio una tensión entre el libro HyES y LRP. En el primero Laclau y Mouffe insisten en que los sujetos políticos no están completamente definidos, y están descentrados, móviles, incompletos, en el segundo Laclau cierra más la indeterminación y casi que coloca al pueblo, si bien abierto, vestido de sujeto, con fronteras duras que luego ablanda. A SyW les interesa La razón populista, si no interpreto mal, por su lógica unificadora de demandas sociales, lógica que determina dos campos que luchan por la hegemonía, el pueblo construido por la articulación de demandas versus su enemigo que presentan irreconciliable, que tal vez permita abandonar las luchas ineficientes e inconexas que muestra la política folk, o por lo menos lo que ellos ven en los movimientos del siglo veintiuno, por una cierta unidad teórica y práctica. El desarrollo de LRP se inicia con expresiones como “nos enfrentamos desde el comienzo con una división dicotómica entre demandas sociales insatisfechas, por un lado, y un poder insensible a ellas, por el otro”…”la brecha es insalvable” (p113), de totalidades: “el enfoque hegemónico rompe decisivamente con esa lógica social esencialista. El único horizonte totalizador posible está dado por una parcialidad (la fuerza hegemónica) que asume la representación de una totalidad mítica) En términos lacanianos: un objeto es elevado a la dignidad de la Cosa” (p 149). La lucha por la hegemonía (superioridad, dominio, control, rodeo, limitación de otra) en términos de política, economía, culturales de un campo sobre su adversario, que puede tomar modos violentos y pacíficos, parece tener aspectos estructurales y por ende relativamente fijos en el tiempo, fotográficos. No puede dudarse que si bien puede haber hegemonía en determinados campos económicos por parte de un cierto bando, la universidad, el carnaval y el teatro puedan responder al otro, y siempre en tanto que sean dos campos y no tres o cuatro, ejemplificando pueblo, oligarquía, capitales extranjeros, capitales rentistas, y nacionalismo, internacionalismo, latinoamericanismo, Chinadomination, etc. Así como puede haber empates, largos o cortos, sin hegemonía. El estructuralismo tiene la debilidad de su pereza y la seria tentación de introducir los cambios, emergencias, desviaciones, como una última instancia, esa que postula que ocurre cuando antes hubo caos interpretativo en la estructura anterior a la última, esa que tranquiliza al teórico/a.
Laclau toma luego cuenta de la abstracción de su modelo y se pregunta qué pasa si la frontera entre el campo del pueblo y el otro poder no es tan estable como supuso, y también se pregunta qué pasaría si surgieran nuevas demandas que no puedan ser incorporadas (a la “cadena equivalencial” según su terminología) sin antagonismo en el seno del pueblo (p 157) En particular, no se le escapa que la frontera hasta puede desplazarse y las demandas que intentan llenar y configuran el pueblo (“el significante vacío” pueden superponerse y hasta cambiar de portadores (“el significante flotante”). Estas concreciones habilitan a una mejor interpretación de procesos, y le permiten colocar ejemplos interesantes de interpretación histórica, como la conquista por parte de Marine Le Pen de bastiones tradicionalmente afines al Partido Comunista francés. En América Latina presenciamos la confluencia de algunas izquierdas y derechas en posturas nacionalistas y antimperialistas, “flotantes”, con sus matices, desde luego, quienes pueden llegar a enfrentarse duramente en elecciones. En ejemplo inolvidable, un Ministro del Frente Amplio fue “Mi general” para sus subordinados. Ahora bien, si la frontera entre el pueblo y el imperialismo la establecen posturas nacionalistas, ¿de qué lado de la frontera quedan los dictadores o los represores anticomunistas, o los homofóbicos antifeministas, todos ellos/as nacionalistas? ¿Cuál es la construcción de pueblo en la actual Venezuela? La robotización acelerada que promueven Srnicek y Williams está lejos de ser una demanda que encaje exclusivamente en las articulaciones de las izquierdas y “flota” hacia ciertas articulaciones de las derechas.
Laclau y Mouffe en su esfuerzo teórico y categorial intentan mostrar que “el populismo es la vía real para comprender algo relativo a la constitución ontológica de lo político como tal”. Lo de la “vía real” aplicado a un modelo teórico lógico parece un lenguaje contradictorio con sus otras certezas epistemológicas antiesencialistas, como es su distinción entre “discurso” y “realidad”. Además, la confianza que depositan en la lógica de construcción de pueblo por parte de un centro pensante, partido, coordinadora, confluencia, etc., que contraponen a lo que ellos consideran “inmanencias”, demandas nuevas de actores de los que se espera reacciones que surjan de las luchas, la vida, que parecen menospreciadas ante las lógicas de ese centro, quien deberá incorporarlas si es que puede al “pueblo”, si es que las descubre, está de acuerdo y es posible hacerlo. Algo así como las personas excedentes para Srnicek y Williams.
La discusión que Laclau presenta al final de LRP contra Hardt y Negri, quienes esperan y asignan iniciativa a la multitud, parece ser un ejercicio que Vaz Ferreira denominaría de “falsa oposición”. La distinción a rajatabla entre razón y voluntad, entre teoría elaborada y acciones prácticas es el campo de los racionalistas y el de los espontaneístas, algo que sin embargo parecen querer evitar SyW.
Dicho lo anterior, el modelo populista de Laclau es una herramienta de comprensión e interpretación mejor que una herramienta guía para la acción. Puede proporcionar interpretaciones, aunque con serios problemas acerca de la delimitación del “pueblo”. El problema del rezago interpretativo respecto a la práctica social (y también en otras ramas de conocimiento) es inevitable. El observador y el militante, el mirón y el práctico, la teórica y la experimentalista, son dicotomías que de plantearse complican el conocimiento y la acción.