www.librevista.com nº 48, setiembre 2022

Divagaciones sobre la vida y la muerte
(en un país de no-vivos y no-muertos)

x Maximo Cano[1]


Introducción

“Los hombres temen a la muerte como los niños tienen miedo a la oscuridad, y de la misma manera que este miedo natural de los niños es aumentado por las historias que se les cuentan, lo mismo ocurre con el otro”
Francis Bacon

Como uruguayo, de niño me acostumbré a escuchar que mi país es uno de los que tienen las mayores tasas de suicidios del mundo, por consecuencia, la idea de que en mi vida me crucé con al menos diez personas que tomaron tal decisión siempre rondó por mi cabeza.
Recuerdo que, apenas aprendí ese dato, caminé por la calle con mi capacidad infantil e intenté deducir entre las personas que cruzaba quién se suicidaría y quién no. Sí, era un niño con intereses preocupantes. Y aunque jamás confirmé que mis conclusiones eran correctas, me sentí un experto en descubrir a suicidas en potencia. Bueno… me equivocaba.
Solo conocí a dos personas que se quitaron la vida. El primero fue un amigo de un amigo que ya no es mi amigo, lo conocí una vez en su cumpleaños y a los años me enteré de que se había suicidado. Una vida complicada y una decisión determinante. La segunda persona fue alguien con quien sí tuve cierto contacto, fue una buena amiga de la escuela y del liceo. Alegre, positiva, energética. Bueno, así la describía hasta que un tiempo después de no vernos me enteré de su elección. Una joven con toda una vida de esperanza, pero que los problemas familiares y los conflictos internos de sus primeros años en este mundo la llevaron a preferir una conclusión premeditada. Nunca pensé que esas dos personas elegirían ese fin.
Por mi parte, no puedo considerarme un suicida. Soy muy testarudo y siempre intento una vez más, tampoco tengo la valentía de dañarme a mí mismo y, además, soy ególatra. Tuve mi etapa depresiva, donde las adversidades de la vida y el crecimiento parecieron poder más que yo, días de recorrido pensando en rendirme, en no levantarme de la cama, en dar un paso adelante. No lo hice, no porque en ese momento valorara mi vida, sino porque era tan cobarde que temía tanto a la vida como a la muerte. Desde mi perspectiva actual, solo me victimizaba y mi consuelo era creer que en cualquier momento podía terminar con todo. Mi vida, mi decisión. Pero nunca fui un suicida, apreciaba mi existencia desde lo más profundo de mi soberbio egocentrismo, si yo me perdía el mundo me perdía, así que no podía rendirme.
Creo que si bien fallé casi siempre al decir “esta persona se suicidará”, hubiera acertado más veces si dijera “esta persona alguna vez pensó en suicidarse”. Algo que aprendí como un adulto joven que siempre se cuestiona las cosas, es que los humanos tendemos a valorarnos tanto que cuando una contradicción nos supera extraviamos el sentido de nuestra existencia. Es decir, siempre nos creemos los mejores, en nuestra mayor humildad, hasta que algo mejor aparece y, ante la negación del ideal, nuestra soberbia se corrompe llevándose consigo el instinto de supervivencia que nos domina. Cuando la luz de la certeza que nos guía es opacada por una oscura verdad, todo es caos.
Mientras redacto esta improvisación de ensayo sobre la vida y la muerte, no sé si me enfocaré desde mi punto de vista como ex adolescente que tuvo la idea de morir, como ciudadano de uno de los países con más suicidios o como cristiano (tranquilos, no vengo a predicar, sino a cuestionar). Tal vez, sea el mejor momento para poner esos tres personajes de mi interior en un ring y ver cuál es el que da la mejor pelea mientras busco una razón dentro de la vida y una razón en lo profundo de la muerte.

 

Bienvenidos al mundo de los cadáveres en potencia

“Después de todo, la muerte es solo un síntoma de que hubo vida”
Mario Benedetti

Durante cinco años viví en una zona donde había un accidente cada cierto mes. Algunos terminaban como una mala pasada, se llamaba al seguro y cada uno a su casa. El problema era cuando el asunto pasaba esa línea. Un herido grave que deberá ser amputado o un fallecido. No diré que siempre vi imágenes fuertes, la mayoría de las veces no presenciaba los accidentes y solo me enteraba por el boca-oreja, o no me dejaban acercarme porque era menor de edad y no estaba involucrado. Muy pocas veces alcancé a ver una cabeza partida o un estomago abierto, de lejos, pero los vi. El tema es que siempre hubo alguien que fue testigo o llegó a tiempo para presenciar el efecto de la catástrofe, ellos se encargaban de esparcir el rumor de la forma más macabra posible y sembrar una consciencia de muerte a todos los vecinos, así que a los doce años sabía que al cruzar la calle un camión podía salir de la nada y llevarme con él. Aun así, casi nunca miraba a ambos lados, no sé si era olvidadizo o le quitaba importancia.
A pesar de saber que en cualquier momento podía fallecer, en verdad apenas sufrí algunas pérdidas que lo demostraran. Soy de los pocos afortunados que casi nunca perdieron personas cercanas, aunque sí varios rostros conocidos. Por eso mi deducción sobre los tipos de muertes que se llevan más vidas era erróneo. Pensaba que la mayoría fallecía en accidentes, guerras y catástrofes naturales, no fue hasta la adolescencia que descubrí que las grandes cantidades también eran restadas por enfermedades, homicidios dispersos y suicidios. Los humanos tienen tanta libertad para vivir de cualquier manera, como para fallecer.
“El costo de la vida es la muerte”, una frase trillada que cada vez encuentro más a menudo, y no es sorpresa, el tema más tratado en los últimos años es el que estoy hablando. La vida y la muerte se volvieron los protagonistas de la filosofía, del drama y del humor. Todos sabemos que nos llegará el fin, hoy, mañana, la semana que viene, el próximo mes, año, década…, y por eso nos afanamos con interrogativas sin respuestas. Queremos saber qué nos pasará cuando nos volvemos un cadáver, además de perder veintiún gramos y acabar seis pies bajo tierra. ¿A dónde va el alma? ¿Qué hace el espíritu? ¿Nuestra existencia termina apenas damos el último suspiro?
En los pocos accidentes que presencié, donde una vida acaba, aprendí que cuando el corazón deja de latir lo que sigue es descomposición hasta volverse polvo. Fallecemos dejando todo atrás. Nuestros familiares y amigos nos lloran, nuestros sueños quedan a medias y lo que podíamos ser en el futuro jamás pasará. Ese es el destino de volverse nada, una futura soledad sin dolor ni placer. Triste, pero reconfortante.
Nací en una familia cristiana, siempre me predicaron que después de la vida carnal hay una vida espiritual eterna. Siendo sincero, esa creencia fue mi causa de estrés durante más de la mitad de mis días. Por eso, cuando concluí que después de la muerte había nada, sentí alivio. Tal vez no acabe en el cielo con Dios, pero tampoco en el infierno con Lucifer. No tenía que reprimirme en mis actos, podía golpear al que se pasa de listo y salir con la chica que apenas conocí. Bueno, podía, pero igual no lo hice, mi estilo de vida fue marcado desde mi concepción y eso llevó a que, a pesar de tener respuestas, siguiera con las dudas. Quería que el cielo no existiera, temía que lo hiciera. Ese fue el pensamiento que me llevó a cientos de preguntas que olvidé al crecer, junto a las respuestas encontradas.
Por otro lado puede preguntarse: ¿La vida humana solo tiene sentido gracias a una Meta-Existencia (Dios)? Luchamos toda una vida sabiendo que al fallecer solo nos llevaremos un traje caro y un ataúd. Tal vez la gracia del vivir no viene junto a las ganancias materiales. Algunos dicen que nuestro hospedaje en la tierra es solo una preparación para ir al cielo, a otra vida, alcanzar la iluminación o volverse energía. Nadie sabe qué va a pasar, solo tienen fe. Lo que todos saben es que vivir no tiene sentido en sí, no lograremos más que ensanchar la soberbia de la raza humana hasta destruirnos en busca de ser los mejores entre nosotros. Si Dios no existe, los humanos buscan ser dioses al crear armas, aumentar su poder y ver quién elimina a su competencia antes. Los humanos crean a los dioses a su imagen y semejanza, a menos que puedan convertirse en dioses. Aun así, esos dioses humanos fallecerán y se volverán polvo, completando el ciclo de la vida que inicia desde la concepción hasta el último palpitar. Sin una Meta-Existencia, el sentido de la vida es saciar el ego, vivir hasta que no podamos más. Un camino largo y solitario.

Algunas personas parecen entender que no importa cuán lejos llegues en la vida, una vez todo acaba nada importa, e intentan ahorrarse años de experiencia sin sentido. Como una tarde que cerca de la estación de transportes públicos un hombre quiso finalizar su estadía en la tierra, se subió a una construcción y deliberó si saltar o no. Demoró tanto que cierto publico llegó a la escena, algunos deseosos de que se impulsara y otros gritando motivos para que se detuviera. No convencieron al hombre, pero él no falleció. Los bomberos llegaron y maniobraron tan rápido que no le dieron tiempo al sujeto de quitarse las dudas. Después del hecho, me lo crucé dos veces más, amargado y con la mirada perdida. No encontró sentido a su vida, pero no consiguió terminarla. Espero que, tras tantos años, si sigue aquí, halle una razón para levantarse otra mañana, sucesivamente.
Con mi mirada incrédula, despojado de las creencias impuestas desde que tengo memoria, deambulé como aquel hombre, como el amigo de mi amigo, como mi amiga de escuela. Sobreviví porque era mi deber, porque no me quedaba otra opción, aunque muchas veces deseé que un auto doble en dirección contraria, que se derrumbara un edificio, que se rompiera parte del suelo. No era un suicida, no quería matarme, pero si moría de improviso me ahorraba muchos problemas. Los típicos problemas: estudio, amor, falta de libertad, algunas pérdidas que en realidad no me afectaban, etc. Tampoco era que quisiera morir, solo quería un poco de paz, o menos dolores de cabeza. Querer morir no te vuelve un suicida, desear que todo acabe no es un síndrome, es lo más normal del mundo.
Eso me lleva a la siguiente pregunta: ¿qué lleva a alguien al suicidio? Mi respuesta: la esperanza. La gente desespera porque tiene esperanza, incluso la desesperación es una fuente de esperanza. Los humanos nos movemos solo hacia donde vemos salidas, ante mayor conflicto menos puertas de escape, pero nunca es como los problemas de matemáticas que solo hay un camino para la solución. Si sabemos que nos sigue alguien para robarnos podemos correr, gritar como locos, pelear, paralizarnos; tendemos a dejarnos someter y que se lleven nuestras cosas porque ante la desesperanza de perder nuestras pertenencias, mantenemos la esperanza de conservar la vida. Cuando una persona entra en coma puede rendirse, o luchar y extender su vida mientras los médicos hacen algo. ¿Qué nos lleva a pensar que, estando sanos y cuerdos, unos problemas no mortales tienen suficiente peso para que la única solución sea el suicidio? Que la desesperanza tranque todas las puertas de esperanzas, dejando solo una abierta. Entonces, el suicidio se convierte en la esperanza de los desesperanzados. Una esperanza que niega cualquier otra posibilidad futura. Cuanto más grandes sean las esperanzas perdidas, más grande será la desesperanza que guía al pensamiento del fin inminente.
Todos moriremos, ¿qué podemos hacer para que la muerte no sea lo único visible al final? Si tan solo descubriéramos el verdadero sentido de la vida, el suicidio no sería una opción, pero como no somos maquinas predeterminadas gracias a la diversidad de la raza humana, no puedo dar una respuesta que satisfaga a todos los lectores, apenas puedo responder por mí.

 

El país de los no-vivos y no-muertos

“La muerte solo tiene importancia en la medida que nos hace reflexionar sobre el valor de la vida”
André Malraux

Uruguay, un territorio alegre. Los turistas llegan cada año a maravillarse con nuestra cultura y con la amistad de los ciudadanos. Los inmigrantes saben que no es el mejor país, pero sí una sencilla ruta de escape para encontrar un buen trabajo y sobrevivir. Los desconocidos no tienen problemas en juntarse y tomar mate juntos o jugar un partido de fútbol. Uruguay, un país pequeño. Sus calles apenas coloridas. Sus habitantes casi siempre vestidos de blanco y negro. No existen problemas graves, o no se ven. Uruguay, uno de los mejores países de América latina. Uno de los países con más depresión. Uno de los países con más suicidas.
Siempre me dio curiosidad cómo se mueve el mundo, cómo piensan las personas. Recuerdo estar mirando el informativo y ver una reacción más alarmada ante un homicidio que en un suicidio. En los casos donde el asesino también se autoelimina, la gente opina: “¿Por qué no se mató antes de joder a los demás?”, curioso. Mi opinión personal es que me resulta más preocupante cuando uno quita su propia vida que cuando quita la de otros. Antes de que se alarmen, daré una parte de mis argumentos.
Un homicida puede ser impulsado por muchas razones. Odio y amor. Traición e injusticia. Pérdida y desconsuelo. Etcétera y etcétera. A menos que la persona sufra algún trastorno de salud mental, siempre hay una razón o sentimiento fuerte que lo impulsa. Esas razones movidas por el rencor, egoísmo y la idea de una supremacía individual sobre la víctima, son el resultado de una apreciación elevada de la propia vida y una extrema desgracia recibida de parte de externos de los que, o se esperaba nada, o se esperaba mucho positivismo. Una persona cuerda solo mata por el instinto de supervivencia, con o sin placer, con o sin culpabilidad. Nunca es excusable un homicidio, pero siempre es razonable.
Ahora, un suicida solo es movido por una razón: el mundo lo defraudó. Un verdadero suicida no puede responder exactamente qué lo llevó a ser lo que es, solo puede decir que todo lo que vivió fue tan complejo que al final solo se sintió como una cosa: futilidad. Tras los fracasos se vuelve inútil volver a intentar. Tras los engaños es una pérdida de tiempo confiar en otro. Tras las decepciones es inservible ilusionarse. Una vez sumido en la gran desesperación, cualquier otra esperanza es vana. El mundo no puede entregar algo más que fraudes, la vida pierde su razón. Mientras que un homicidio es la búsqueda de saciar el ego o resolver un conflicto para conseguir la paz, el suicidio solo es el método de escape una vez que todo pierde significado y solo queda el vacío interior. ¿No es más terrorífico y preocupante que suceda este último? Solo pensar que, en este mundo, los humanos, las criaturas más soberbias, se quitan su propia vida, me estremece.
En mi adolescencia conocí diferentes tipos de personas, pero como nunca me identifiqué con los positivistas me junté más con personas de pensamiento realista tirando a depresivos. Ellos tenían amigos que se juntaban en plazas a drogarse y hacer locuras porque no les importaba sus vidas, eran metaleros, góticos, emos; todos tenían un punto de vista diferente y profundo para ser extremistas. Siendo sincero, muy pocas veces me junté con ellos, algunas muñecas cortadas incomodaron mi inocencia, pero me reía de sus chistes denigrando al mundo, la vida y las cosas agradables (siempre disfruté el humor negro). Miraba alrededor, fuera del círculo de los diferentes, y veía un mundo monótono. Adolescentes con peinados y ropas similares, trabajadores estresados, desconocidos que con solo un vistazo podía deducir media vida de ellos sin temor a equivocarme. Me impactó darme cuenta de que, en la variedad humana, la mayoría sufría una alienación. Pero esos adolescentes alocados, vestidos de negro y con pensamientos oscuros eran más libres que el resto, simulaban ser iguales entre ellos, pero cada uno vivía a su manera. Siempre decían que querían morir, pero vivían más alegres que muchos.
Eso me llevó a razonar una cosa. La mayoría luchamos por ser gente normal, es decir, seguir ciertas reglas de convivencia impuestas en silencio por la sociedad. No gritarás en medio de la calle. No correrás a menos que pierdas el transporte público. No bailarás sin música. Reglas tontas que restringen la libertad. Solo las personas que saben que no están hechos para la normalidad son capaces de hacer lo que quieren cuando y donde quieren. Por ejemplo, ese grupo de oscuros amigos, que entre chistes alocados y bromas suicidas captaban la atención de todos los que vivían el aburrimiento de una rutina. Gritaban, corrían y peleaban como niños. También aprendí otras dos cosas: Primero, para los normales, cualquier humano diferente resulta un llamador de atención, los hacen reír y envidiar esa libertad que solo ellos tienen. Segundo, para los diferentes, cualquier humano normal es invisible, ellos solo viven para complacer sus gustos y los de sus iguales, no pierden el tiempo en personas que aprecian tanto la vida que no saben vivirla.
Y ahora viene el problema. En las pocas reuniones que tuve con ellos, me enteré de algunas cosas de sus vidas. Eran las personas que más reían y no por eso las que menos sufrían. Algo que descarté, al ver la locura con la que se divertían, fue que muchos de ellos deseaban morir y, otra vez, me equivoqué. No se cortaban para matarse porque sabían que no pasaría así, pero algunos incluso agarraron una pistola y la apoyaron en su sien antes de darle al mundo otra oportunidad. Las personas que envidié por cómo vivían eran adolescentes que no apreciaban sus vidas, por eso hacían lo que querían. Y me enseñaron la lección que cambió mi vida: Uruguay es un país donde solo hay no-muertos, no-vivos. Pensándolo mejor, casi todo el mundo es así.
Los que cumplen la rutina para sobrevivir son los no-vivos, sus corazones laten, pero sus vidas se pierden a cada segundo sin buscar un sentido más allá de comer otra noche. Los que anhelan morir son los no-muertos, y como ya nada les importa pueden llevar sus días de una forma que el resto envidia.
Uruguay, el mundo, necesita hallar los puntos medios. Los matices. Gente que luche para sobrevivir, pero que no se afane tanto y pueda vivir de una forma envidiable. Sacando toda negación para que solo queden los vivos y los muertos. Humanos que vivan con todo su esplendor hasta que llegue su fin.

 

La vida según una Meta-existencia

“Cuando la muerte se precipita sobre el hombre, la parte mortal se extingue; pero el principio inmortal se retira y se aleja sano y salvo”
Platón

Desde que tengo conciencia mi madre me llevó a la iglesia. Canté en el coro de niños siendo la voz principal, ahora de grande perdí el talento. Estuve en un grupo de niños que bailaban coreografías con música cristiana, ahora estoy en el de adolescentes-adultos. Algunas veces predico en grupos pequeños, me dicen que siga así y me convierta en pastor. No puedo negar que soy cristiano, lo llevo en la sangre y, aun así, soy una de las personas más incrédulas que conozco. Cuestiono todas las prédicas, todas las oraciones, todos los testimonios, toda La Biblia; cuestiono a Dios casi siempre y es común encontrarme seguido dudando de su existencia. Me dijeron varias veces que el humano jamás entenderá a Dios, pero creo que esta incredulidad me llevó a comprenderlo más que la mayoría de los cristianos con una fe ciega. Aunque, tras veintitrés años de vida cristiana, es cierto que no lo sé todo. Muchas preguntas solo tendrán respuesta cuando no volvamos a abrir nuestros ojos, lo peor es que existe la posibilidad de que no podamos tener un próximo pensamiento para decir que acertamos o nos equivocamos.
Los creyentes en Dios, o en cualquier otro ser divino, se apoyan en la fe para convencerse de que están en lo correcto. Si no tienes fe, es tu error. Así evitan ciertas cuestiones que, en mi opinión, pueden servir como un paso más o un giro de 180º en la vida. Por esa razón, si les preguntan cómo se sentirían si descubrieran que todo lo que creen saber es falso, que Dios es una creación humana o Él nos mintió sobre sí mismo, si les cuestionan que pudieran estar equivocados, solo tardarían en responder antes de decir que no saben cómo se sentirían, ni qué harían. Pero todos sabemos la respuesta, una inadmisible: si Dios fuera mentira, los creyentes serían los más desgraciados. Apoyando la vida, las esperanzas y el propósito en la fe, esta se convierte en el pilar de la existencia. Dios se convirtió en una razón para vivir y para morir, pero hay que enfrentar una realidad cruda en la que no todas las religiones pueden ser verdaderas, pero sí cabe la posibilidad de que todas fueran falsas. Por más que algunas pruebas respalden la teoría de una Meta-existencia, por algo se sigue llamando un acto de fe aceptarla. No habrá pruebas suficientes para aprobarlo ni para negarlo.
Incluso así, cientos preferimos investigar y afirmar hechos. Profecías que se cumplen, sucesos históricos comprobables, milagros actuales con cientos de testigos. Eso convierte a la comunidad creyente en los predicadores de una verdad única, una que afirma la esperanza de que tras la muerte hay vida. Es decir, según la teoría cristiana, si nos mantenemos firmes y aceptamos al Señor, después de fallecer viviremos mejor que en la tierra. Por conclusión, ¿no es el ideal cristiano el que más tienta a acabar la vida propia por ese placer mayor? A pesar de que se repudia al suicidio dentro de varias religiones, todas mantienen la esperanza después de la muerte. Morir para salvarse. Entonces, si alguien está seguro de que será salvo y no quiere continuar en el mundo material, ¿está bien que ascienda al plano espiritual por voluntad propia?
Jesús predicó, según Marcos en el capítulo 9, en los versículos del 43 al 47: “Si tu mano te hace pecar, córtatela. Más te vale entrar en la vida manco que ir con las dos manos al infierno, donde el fuego eterno nunca se apaga. Y, si tu pie te hace pecar, córtatelo. Más te vale entrar en la vida cojo que ser arrojado con los dos pies al infierno. Y, si tu ojo te hace pecar, sácatelo. Más te vale entrar tuerto en el reino de Dios que ser arrojado con los dos ojos al infierno”. Fue muy claro al afirmar que es mejor quitar la causa del pecado antes de ser condenado por este. Eso me vino a la cabeza hace unos días cuando escuché un testimonio curioso, un hombre dijo que pecó tanto en su vida que un día deseó suicidarse para no continuar el pecado. Le rogó a Dios que no contara su suicidio como falla, sino como fidelidad y búsqueda de la pureza. Ese hombre estaba deseoso de dejar su vida carnal y pecaminosa para dirigirse al reino espiritual y puro. Si lo hubiera hecho no lo contaba, pero me dejó la duda. Si se suicidaba por ese acto noble, ¿sería aceptado en el reino de Dios? Si de pronto todos los cristianos se suicidaran en búsqueda de la santidad y de no repetir sus pecados, ¿serían mártires salvados o necios que se condenaron solos?
Supongo que la prohibición del suicidio fue una medida desesperada para evitar que todos formen clubs suicidas y den “un salto de fe”. De todas maneras, muchas religiones son unas creencias suicidas, vivir en fe para morir de la mejor manera. Elegir cómo vivirás también es una especie de suicidio, indirecto y prolongado, si afecta el cómo morirás. Tal vez una alternativa más esperanzadora sería dejar de vivir buscando el cielo espiritual en la muerte y, en cambio, vivir para convertir a este mundo en el cielo, ¿no es tentadora la idea?
No importa la religión que sigan, ni siquiera si siguen una religión o las niegan con todas sus fuerzas, todos los humanos pueden purificar este mundo o ensuciarlo todavía más. Como me gusta decir: discutimos tanto por agradarle a Dios que lo más probable es que ya lo hayamos decepcionado con nuestra actitud; si debemos pelear tanto por ir al cielo, ¿qué nos hace pensar que seremos aceptados por Dios? ¿No es mejor vivir de la mejor manera, sin ser unos idiotas y amando cuanto podamos?
En mis veintitrés años presenciando al cristianismo e investigando algunas otras religiones me di cuenta de que por las malinterpretaciones (o no) los dioses pueden ser tanto la salvación como las causas de los mayores suicidios masivos. Amigos, si algo aprendí de Dios, es no quiere que muramos para ser salvados, quiere que vivamos salvos.

 

Menos que una conclusión

“Así como una jornada bien empleada produce un dulce sueño, así una vida bien usada produce una dulce muerte”
Leonardo da Vinci

Dar una razón a la vida y a la muerte es imposible. No soy una deidad que conoce los secretos del universo, ni siquiera soy un científico, biólogo o psicólogo capaz de explicar teóricamente varios aspectos del desarrollo humano. Solo soy un aficionado con tiempo libre que busca una respuesta que lo deje dormir por las noches y despertar cada mañana con un motivo.
La vida es efímera, por eso es atractiva. Un día puedes salir a hacer mandados y ser atropellado, o ser una víctima mortal en un robo. Una tarde tal vez estés hablando con un amigo y te enteres que cierta persona tomó la decisión de acabar su sufrimiento de una forma terminal, o tal vez tú lo estés pensando en estos momentos. La vida es frágil y es nuestra fuerza principal para enfrentar problemas enormes, inesperados y fuera de nuestro control. Situaciones imposibles de resolver de forma simple.
Este ensayo no fue escrito con el fin de responder a lo que, en vida, es imposible conocer. La única meta es que, así como yo al escribir, quien me lea reflexione y alcance la conclusión que más le agrade sobre el asunto. Una búsqueda propia entre lo absurdo del vivir y la congruencia del morir. Cada uno se encarga de darle el propósito y el sentido a su existencia, la razón de ser varía en cada individuo, eso les da mayor valor a los humanos.

Ninguno de mis tres puntos de vista halló una respuesta satisfactoria para todos. Mi Yo que tuvo la idea de suicidarse sigue tomando la vida como una vanidad, un sinsentido que cada individuo decide si disfrutar o no. Mi Yo ciudadano del país con uno de los mayores números de suicidios solo desea permanecer indiferente, mientras no le toque el fin inminente solo quiere seguir su rutina sin preocuparse demasiado. Mi Yo cristiano solo tiene más preguntas, incrédulo y creyente, quiere hallar la respuesta que afirme que la vida eterna existe y, encima, explique cómo alcanzarla. Pensándolo de un modo objetivo, cuanto más crecemos, más nos acostumbramos a la idea de vivir porque nos toca y fallecer cuando nos tocará. Que pase lo que deba pasar. ¿No es una idea más que desgraciada?
No hay respuestas objetivas, solo los muertos las tienen. A los vivos solo nos queda seguir, afanados por respuestas o felices en la ignorancia, pero seguir. Buscar un objetivo, dejar algunos planes. Dar un paso adelante, alguno que otro atrás. Reír, llorar. Alegrarse, frustrarse. Tener fe, negatividad. Mantener la esperanza, desesperanzarse. Vivir, morir.
La vida es efímera, ¿qué cuesta vivirla un poco más antes de conocer su razón?
“Si todavía no sabemos qué es la vida, ¿cómo puede inquietarnos la esencia de la muerte?”
Confucio          ║

www.librevista.com nº48, setiembre 2022

[1] El autor ser presenta a sí mismo:
Soy Maximo Cano, uruguayo nacido el 18 de marzo del 1999 en Montevideo. Estudié Administración de empresas por dos años, pero al final decidí estudiar Recreación y deportes, siempre me gustó hacer ejercicio en equipo.
Compartí el Primer Premio librevista de ensayo del año 2021 con Sobre el bien, el mal, y eso que hay en el medio  (https://www.librevista.com/sobre-el-bien-el-mal-y-eso-que-hay-en-medio-x-maximo-cano-premio-librevista-de-ensayo-2021.html )
Sobre mi formación como escritor, hice un curso de escritura creativa en la Escuela Carne, donde pasé de escribir por hobby a hacerlo más profesional. Tras eso, estudié en Vanir Academy y Domestika. Como siempre dicen, nunca hay que dejar de formarse.
Trabajo como auxiliar de servicio y hago voluntariado en programas del MSP contra el consumo problemático de drogas, suicidio, depresión y embarazo adolescente.
Mi pasión por los libros está presente desde que tengo memoria, en la escuela usaba mis ratos libres en leer, pronto quise crear historias, pero no encontraba mi propia voz. En secundaria creaba y regalaba cómics, dibujados a mano y fotocopiados del cuaderno, a mis amigos cercanos. Cuando llegué a bachiller, deseaba escribir un libro, no quería morirme antes de intentarlo, así que pulí mi escritura y técnica. No tengo una publicación profesional, pero disfruto al redactar las historias nacidas en mi cabeza, metido en la mente de personas que invento.
Desde los once años bailo Break dance, seguir un ritmo es tan emocionante como crear una historia. Amo la música rap, rock y metal, sobre todo cuando sus letras son conscientes. Como pasatiempo, a veces escribo poemas y ensayos como éste.

 

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